Se escuchaban los truenos a lo lejos. Hacia ya algunas horas que desde mi habitación, había visto como se avecinaba la tormenta y ahora desprendía toda su furia. Era un invierno duro y frío allá por las montañas, yo era tan solo un labrador que desconocía aquello que no se encontrara en aquellos viejos montes, y esa arbolada de pinos que podía ver bajando por el camino. Todo transcurría con normalidad, pero cierto día pensé que sentido tenia vivir en tanta paz si no podía disfrutarla con nadie, empecé a pensar que podía hacer para solucionar aquello, el campo era mi vida, me había dado tantas alegrías, pero ahora no sé muy bien por que me sentía vacío y triste, fue tal mi sentimiento que decidí abandonar aquello que había labrado desde mi infancia para buscar lo que tanto anhelaba… un amor.
Pase días y días por fríos y angostos montes, no sabia donde iba, lo único que me guiaba era mi afán por conseguir compartir mi vida con alguien semejante a mí.
A los dos días de andar encontró el joven pastor un pueblo, era pequeño de apenas diez habitantes, pero era lo suficientemente grande como para albergar lo que el tanto ansiaba, allí se encontraría su amor.
El humilde pastor busco un trabajo donde poder comenzar con su nueva vida, no poseía nada mas que lo que llevaba consigo, pero aun así comenzó a trabajar y poco a poco comenzó a tener sus reses. Había visto que la que el decía seria su prometida trabajaba en la floristería con su padre.
-Hola soy Gedbun, me establecido hace poco a aquí, y aun estoy conociendo a todas sus gentes.
-Hola, yo soy Hiem y aquella de allí es mi hija Sisve-. Ella sonrió un poco enojada y siguió recogiendo flores.
-Encantado nuevamente Hiem, saludos Sisve-. Tras una reverencia de cortesía se marcho camino de las demás gentes.
-Parece un buen chico, educado al menos, ¿no es eso lo que piensas tu Sisve?
-Si padre, aunque tendremos que desconfiar, nunca se sabe como es nadie hasta que no se le conoce.
-Es cierto hija, aunque me temo que no es de mala calaña.
Pasaron días y el joven labrador ya se había afincado como uno mas de allí, había conocido algo mas a Sisve y algo había surgido por parte del joven, ella en cambio, parecía que aunque percibiera algo no lo hiciera notar.
Una mañana cuando se encontraron los dos tras un saludo cordial Gedbun se atrevió a decirle sus sentimientos, ella quedo perpleja ante aquello pero con unas palabras sinceras aunque dolorosas le dijo lo que pasaba.
-Lo siento Gedbun, has hecho por mi lo que nadie nunca ha hecho, se que no eres malo y que realmente me quieres, pero mi corazón no es tuyo, nunca lo ha sido, pertenece a Omar y yo no quiero quedarme con el tuyo para destrozarlo-. Después de eso el chico quedo atónito ante la nueva situación, no sabia que decir, ni como actuar ante aquello, tan solo supo decir.
-Tranquila es normal que no sientas nada por mi, comienzo a entender tantas cosas que antes me habían sido ocultadas, no has de preocuparte por mi, se el camino de vuelta si es que merezco vivir, hace ya tiempo que pienso que nací para estar solo y por eso nací allí.
-Pero Gedbun, no tienes la culpa de tus sentimientos, lamento no habértelo podido decir antes y así evitar esto, pero… no puedo hacer nada-. La miro por última vez a la cara y la dijo: - Cada vez que oigas el murmurar del eco será la voz de mi soledad la que te llama por que jamás te olvidara-. Se fue sin mirar a tras como si nunca hubiera existido.
Los días que acontecieron a este la gente se preguntaba que había sucedido con el joven labrador y al poco comprendieron lo que había ocurrido.
El humilde labrador volvió a su hogar y vio con fría amargura que es lo único que poseía. Estoy destinado a vivir aquí, ese es el deseo de todos, no merezco mayor paz que la de vivir en la ausencia, carece de sentido tanta lucha por ningún ideal, para que quiero vivir con esta agonía en mi pecho si cada vez que digo algo solo sale tu nombre y sangro por ello, voy acabar con aquello que nunca debió empezar, no debo vivir, pues no lo es si es sin ti.
Unas semanas después llego un mensajero con noticias al pueblo de Fuoner, el mensajero narraba como había encontrado una casa abandonada en lo alto de la montaña y allí estaba tendido un hombre en el suelo, vio que todo estaba cubierto de sangre y como escrito con ella misma escribió una carta en la que decía:
No has de mirar el pasado cuando la incertidumbre te llegue
vive el presente con aquel que dice que te quiere
no soy mas que algo pasajero en ti
he malvivido intentando tenerte
no he sabido ver que nunca podría tenerte
pero de algo estoy seguro
y es el habido conocerte
mi alma jamás pertenecerá a ningún mundo
el único infierno que existe era el de tu mirada
el único cielo que conocía era el de tus ojos
pero te entrego mi corazón
pues no sabe latir si no lo hace junto a ti
no necesito mas que lo que la frívola locura me ofrece
me agarrado a la barca de Caronte por siempre
ya navego errante hacia mi libertad
esa misma que se forjo con tu ser.
Tras un largo silencio la joven comprendió que aquel hombre era Gedbun y que realmente lo había amado mas que a nada, pero ahora arrepentida y sola sabia lo que era estar con la mas triste soledad, pero esto no duro mucho pues después de llorar incesantemente nadie pudo evitar que por el barranco se arrojara sin mirar atrás, sin despedida alguna. Los que la intentaron salvar dicen que lo último que oyeron fue:
Voy hacia ti mi amor, siento haber estado ciega.
¿Te ha gustado este escrito?
Si es así, usando los iconos siguientes puedes incluir este relato en tu blog,
añadirlo a tus favoritos, imprimirlo, enviarlo
a un amigo o añadirlo a tu del.icio.us.
¡También puedes seguir leyendo más escritos de Wallace!
Se escuchaban los truenos a lo lejos. Hacia ya algunas horas que desde mi habitación, había visto como se avecinaba la tormenta y ahora desprendía toda su furia. Era un invierno duro y frío allá por las montañas, yo era tan solo un labrador que desconocía aquello que no se encontrara en aquellos viejos montes, y esa arbolada de pinos que podía ver bajando por el camino. Todo transcurría con normalidad, pero cierto día pensé que sentido tenia vivir en tanta paz si no podía disfrutarla con nadie, empecé a pensar que podía hacer para solucionar aquello, el campo era mi vida, me había dado tantas alegrías, pero ahora no sé muy bien por que me sentía vacío y triste, fue tal mi sentimiento que decidí abandonar aquello que había labrado desde mi infancia para buscar lo que tanto anhelaba… un amor.
Pase días y días por fríos y angostos montes, no sabia donde iba, lo único que me guiaba era mi afán por conseguir compartir mi vida con alguien semejante a mí.
A los dos días de andar encontró el joven pastor un pueblo, era pequeño de apenas diez habitantes, pero era lo suficientemente grande como para albergar lo que el tanto ansiaba, allí se encontraría su amor.
El humilde pastor busco un trabajo donde poder comenzar con su nueva vida, no poseía nada mas que lo que llevaba consigo, pero aun así comenzó a trabajar y poco a poco comenzó a tener sus reses. Había visto que la que el decía seria su prometida trabajaba en la floristería con su padre.
-Hola soy Gedbun, me establecido hace poco a aquí, y aun estoy conociendo a todas sus gentes.
-Hola, yo soy Hiem y aquella de allí es mi hija Sisve-. Ella sonrió un poco enojada y siguió recogiendo flores.
-Encantado nuevamente Hiem, saludos Sisve-. Tras una reverencia de cortesía se marcho camino de las demás gentes.
-Parece un buen chico, educado al menos, ¿no es eso lo que piensas tu Sisve?
-Si padre, aunque tendremos que desconfiar, nunca se sabe como es nadie hasta que no se le conoce.
-Es cierto hija, aunque me temo que no es de mala calaña.
Pasaron días y el joven labrador ya se había afincado como uno mas de allí, había conocido algo mas a Sisve y algo había surgido por parte del joven, ella en cambio, parecía que aunque percibiera algo no lo hiciera notar.
Una mañana cuando se encontraron los dos tras un saludo cordial Gedbun se atrevió a decirle sus sentimientos, ella quedo perpleja ante aquello pero con unas palabras sinceras aunque dolorosas le dijo lo que pasaba.
-Lo siento Gedbun, has hecho por mi lo que nadie nunca ha hecho, se que no eres malo y que realmente me quieres, pero mi corazón no es tuyo, nunca lo ha sido, pertenece a Omar y yo no quiero quedarme con el tuyo para destrozarlo-. Después de eso el chico quedo atónito ante la nueva situación, no sabia que decir, ni como actuar ante aquello, tan solo supo decir.
-Tranquila es normal que no sientas nada por mi, comienzo a entender tantas cosas que antes me habían sido ocultadas, no has de preocuparte por mi, se el camino de vuelta si es que merezco vivir, hace ya tiempo que pienso que nací para estar solo y por eso nací allí.
-Pero Gedbun, no tienes la culpa de tus sentimientos, lamento no habértelo podido decir antes y así evitar esto, pero… no puedo hacer nada-. La miro por última vez a la cara y la dijo: - Cada vez que oigas el murmurar del eco será la voz de mi soledad la que te llama por que jamás te olvidara-. Se fue sin mirar a tras como si nunca hubiera existido.
Los días que acontecieron a este la gente se preguntaba que había sucedido con el joven labrador y al poco comprendieron lo que había ocurrido.
El humilde labrador volvió a su hogar y vio con fría amargura que es lo único que poseía. Estoy destinado a vivir aquí, ese es el deseo de todos, no merezco mayor paz que la de vivir en la ausencia, carece de sentido tanta lucha por ningún ideal, para que quiero vivir con esta agonía en mi pecho si cada vez que digo algo solo sale tu nombre y sangro por ello, voy acabar con aquello que nunca debió empezar, no debo vivir, pues no lo es si es sin ti.
Unas semanas después llego un mensajero con noticias al pueblo de Fuoner, el mensajero narraba como había encontrado una casa abandonada en lo alto de la montaña y allí estaba tendido un hombre en el suelo, vio que todo estaba cubierto de sangre y como escrito con ella misma escribió una carta en la que decía:
No has de mirar el pasado cuando la incertidumbre te llegue
vive el presente con aquel que dice que te quiere
no soy mas que algo pasajero en ti
he malvivido intentando tenerte
no he sabido ver que nunca podría tenerte
pero de algo estoy seguro
y es el habido conocerte
mi alma jamás pertenecerá a ningún mundo
el único infierno que existe era el de tu mirada
el único cielo que conocía era el de tus ojos
pero te entrego mi corazón
pues no sabe latir si no lo hace junto a ti
no necesito mas que lo que la frívola locura me ofrece
me agarrado a la barca de Caronte por siempre
ya navego errante hacia mi libertad
esa misma que se forjo con tu ser.
Tras un largo silencio la joven comprendió que aquel hombre era Gedbun y que realmente lo había amado mas que a nada, pero ahora arrepentida y sola sabia lo que era estar con la mas triste soledad, pero esto no duro mucho pues después de llorar incesantemente nadie pudo evitar que por el barranco se arrojara sin mirar atrás, sin despedida alguna. Los que la intentaron salvar dicen que lo último que oyeron fue:
Voy hacia ti mi amor, siento haber estado ciega.
¿Te ha gustado este escrito?
Si es así, usando los iconos siguientes puedes incluir este relato en tu blog, añadirlo a tus favoritos, imprimirlo, enviarlo a un amigo o añadirlo a tu del.icio.us.
¡También puedes seguir leyendo más escritos de Wallace!
O lee otras lecturas relacionadas con labrador, llanto, orgullo.

Escrito por Wallace13-05-2008 , , Registrado
mXcomment 1.0.5 © 2007-2008 - visualclinic.fr
License Creative Commons - Some rights reserved