Ya no podía más. Aquel dolor se había vuelto insoportable. Se levantó de la cama de un salto y se vistió con lo primero que encontró dentro del desorden que reinaba en la habitación. Se miró al espejo y… ya no era él. Sin vacilar abrió la puerta principal y la cerró de un portazo. Sabía que había dado un paso del que ya no podría dar marcha atrás. Caminó durante 5 minutos y se detuvo justo encima de las vías del tren. Se recostó y al poco pudo escuchar en la lejanía el silbato de la locomotora. Pensó en su familia, sus amigos de verdad; pero cuando apenas le separaban unos metros del tren, la última imagen que se dibujó en su mente fue aquella por la que estaba allí. Después definitivamente su sufrimiento acabó.
La habitación del hospital estaba llena de familiares. Desde hacía unas horas todo había empeorado drásticamente. Desde la cama apenas podía cerciorarse de todo aquello quela rodeaba. Su nivel de conciencia era muy débil. De vez en cuando un rayo de lucidez la volvía en si, pero quizás eso era incluso peor, pues así se daba cuenta de la realidad. De la triste realidad.
Finalmente se rindió. No podía seguir luchando como había hecho hasta ese momento. Poco a poco cerró los ojos y expiró. El silencio se adueñó de la habitación, sólo roto por las gotas de lluvia contra el cristal.
Parte II
Dos años antes
El cielo estaba estrellado. Aquella noche de verano todo era perfecto. Tirado en la playa junto a sus amigos, recordando las mil y una anécdotas que habían vivido desde pequeños, David no pedía nada más. Era feliz.
A sus 22 años le quedaba toda la vida por delante, y a pesar de no haber tenido pareja nunca, no tenía prisa. Siempre decía “a tu media naranja no hay que buscarla, ella aparecerácuando menos te lo esperes”.
Decidió quedarse en la playa un rato más, mientras, sus amigos volvían al camping para empezar a preparar todo lo necesario para acomodarse en las tiendas de campaña. Quería seguir disfrutando de aquel cielo chispeante y del susurro envolvente del mar. En ese momento de soledad escuchó una voz a su espalda. Al volverse, sólo pudo vislumbrar la silueta de lo que parecía una joven con una linterna en la mano.
-Hola, me llamo Elisa, ¿puedo sentarme contigo?
-Si, claro. Apenas pudo articular nada más. Siempre que hablaba con las féminas, se ponía nervioso y tartamudeaba un poco.
-¿Qué haces solo en la playa?
Armándose de valor, David pudo contestar no sin sentir un escalofrío por la espalda.
-Le he dicho a mis amigos que quería estar un rato solo, viendo las estrellas y escuchando el sonido del mar. Por cierto, me llamo David.
-Pues creo que hemos coincidido ambos, porque he bajado a la playa por lo mismo, aunque si te soy sincera esperaba encontrarme a alguien, porque estar aquí sola con esta oscuridad pues no es lo más agradable del mundo.
Tras este comienzo dubitativo David fue cogiendo confianza y poco a poco fue abriéndose y mostrándose como era verdaderamente. La noche se fue en un suspiro y cuando se quisieron dar cuenta el sol comenzaba a asomar por el horizonte. Volvieron juntos al camping, y durante todo el trayecto apenas se dijeron dos palabras, sus sonrisas lo decían todo.
Antes de despedirse con un simple “hasta mañana y que descanses” se citaron la tarde siguiente en la playa. Ambos querían que tanto el uno como el otro conociesen a sus amigos. No hubo beso, pero en el pensamiento de los dos más de una vez había pasado la idea de dar ese paso. La timidez es un muro que distancia el corazón de la cabeza.
Eran cerca de las 8 de la mañana pero David no conseguía conciliar el sueño. Estaba sintiendo algo dentro de él que no había sentido jamás. El mundo se había parado a su alrededor y en su mente sólo estaba ella. Además, de su rostro no podía quitarse esa sonrisa de oreja a oreja. Estaba experimentando la sensación del primer amor. En esos momentos cerró los ojos y deseó que ese instante no terminase nunca. El cansancio por fin entró en escena y David terminó quedándose dormido en la tienda de campaña.
Por su parte Elisa había sufrido una reacción muy parecida, pero ella no pudo reprimir la necesidad de contárselo a su mejor amiga. A pesar de la hora, la despertó y sin perder un segundo le contó cada instante de aquella noche, sin lugar a dudas la mejor de su vida. Después se acostó, y a pesar del nerviosismo que la acompañaba, consiguió conciliar el sueño.
No muchas horas después comenzó el baile de entradas y salidas de la tienda de campaña que terminó por despertar a David. Apenas había dormido un par de horas y en un primer momento no sabía ni dónde estaba ni si esa sensación extraña que tenía era fruto de algún sueño o realmente aquella noche había pasado algo. De todas formas no tardó en recordarlo, ya que sus amigos comenzaron con la sorna y las bromas a preguntarle dónde y con quién había pasado toda la noche.
Finalmente, y a pesar de que no era muy partidario de contar ese tipo de cosas, les relató lo que había pasado y les comunicó que esa misma tarde se la presentaría en la playa. Sus amigos se dieron cuenta a la primera de que David, de quien por su timidez no pensaban que pudiera ligar jamás, por fin había dejado a un lado el miedo a ser rechazado. Su cara lo decía todo, y eso a pesar de las ojeras por la falta de descanso.
A pesar de haber quedado con Elisa y sus amigas por la tarde, David no pudo reprimir la necesidad de estar tanto tiempo sin verla. Así que con determinación, subió la pequeña rampa que separaba ambas mitades del camping y tomó rumbo a la zona donde ella tenía su tienda de campaña. En realidad no sabía ni qué le diría al verla. A medida que se acercaba al lugar comenzó a sentir ese cosquilleo en el estomago que se siente cuando te enfrentas a algo que no eres capaz de dominar. Pero no duró mucho más, porque al llegar se dio cuenta que por el orden reinante y por el silencio Elisa y sus amigas posiblemente ya estuviesen en la playa. Tras un resoplido en el que se vació por completo, decidió volver con sus amigos, pues tenían que bajar al pueblo a comprar algo de carne y carbón para la barbacoa que querían hacer esa noche en la playa.
La tarde llegó irremediablemente y el calor era ya insoportable. David estaba de los nervios y ya era la quinta vez que miraba su reloj en el último minuto. Sus amigos con toda la parsimonia del mundo habían alargado el almuerzo con una partida de cartas que a David le parecía no tener fin. Pero el calor era ya tremendo incluso a la sombra y finalmente la pandilla al completo tomó camino hacia la playa.
Ensimismado en sus pensamientos David estaba inmerso en un mundo paralelo al del resto de los mortales. En su cabeza se había imaginado una y mil veces como sería ese reencuentro con Elisa, y en todas ellos sentía que el corazón le latía como si le pidiese salir de su cuerpo.
Bajaron la cuesta que comunicaba el camping con la playa y se situaron casi en la orilla del mar. Al principio no la vio, pero fue ella agitando la mano la que le indicó su situación. Ambos grupos se unieron y se fueron sucediendo las presentaciones pertinentes entre ellos. Hubo risas, comentarios susurrantes y el buen rollo reinante se podía comprobar a kilómetros de distancia. Todavía los enamorados, como así los consideraban ya sus amigos, no habían tenido la oportunidad de tener un momento de soledad, pues ambos habían sido los maestros de ceremonias. Pero el momento llegó por fin, se alejaron unos metros del grupo y se saludaron cariñosamente con los respectivos besos en las mejillas. En ese momento un grito unánime se escuchó en toda la playa; sus amigos celebraron ese beso como si hubiesen ganado un premio reconocido mundialmente. Los enamorados, avergonzados por el griterío, decidieron dar un paseo por la playa y así poder disfrutar de la intimidad que allí no iban a tener.
La tarde se fue como la noche anterior, casi en un suspiro y sin darse cuenta se vieron inmersos en los quehaceres habituales a la hora de preparar una barbacoa en la playa. Es decir, buscar maderas y paja, encender el fuego y preparar el tema de la comida y la bebida.
Fue una velada genial, todo salió perfecto y aunque ni David ni Elisa tuvieron ni un segundo para ellos el ambiente era de fiesta por parte de todos los que estaban presentes. Una vez se terminó la bebida se fueron haciendo pequeños grupitos dependiendo de los gustos y afinidades de unos y de otros. Evidentemente la parejita terminó junta casi en el mismo sitio donde la noche anterior estuvieron disfrutando de una conversación eterna. Pero esta vez no fue precisamente eterna la conversación y sí ese beso que llevaba latente desde hacía varias horas. Sin hablar, sus labios se unieron. Era el primer beso para los dos, y a pesar de temer por no saber actuar como la situación lo merecía, ambos pusieron todo el interés y la pasión posible.
Era ya tarde, y todos decidieron que era el momento de volver al camping. Entre todos recogieron los restos de la barbacoa y apagaron las últimas llamas de la hoguera. En el camino de vuelta Elisa tuvo que atender a una de sus amigas que no se encontraba bien y apenas tuvo ocasión de hablar con David, aunque él comprendió la situación y no le dio la menor importancia, pensó que al día siguiente ya tendrían tiempo para ellos. Cuando se encontraban a apenas unos metros de su tienda, Elisa se volvió y con un “hasta mañana” adornado de un guiño se despidió de David. Él con una sonrisa pícara le devolvió el guiño y continuó su camino junto a sus amigos.
Apenas hacía dos minutos que se habían despedido y ya anhelaba esa sonrisa deslumbrante, esos labios carnosos y esos ojos que brillaban como estrellas del firmamento. Sentía una sensación nueva. Algo que estaba seguro que nunca había sentido, algo que le hacía sonreír sin motivo, que le hacía soñar despierto. Revivía una y otra vez cada instante al lado de ella y en cada nueva ocasión sentía que no cambiaría ese instante por ningún otro. Simplemente David era, en esos momentos, el ser más feliz del universo.Apenas sin hablar con sus amigos, se recostó en el colchón. Necesitaba digerir solo todo lo que le estaba sucediendo. Sus amigos por su parte decidieron alargar la noche con una buena partida de cartas que los entretuvo durante un par de horas, así que entre sus pensamientos y las risas de sus amigos David terminó por quedarse dormido.
El sol de la mañana le despertó dándole en la cara. Había dormido de un tirón y se sentía realmente bien. La misma sensación agradable con la que se acostó la noche anterior le seguía acompañando. Necesitaba verla, así que preparó su mochila con todo lo necesario para un díade playa y se encaminó hacia la tienda de campaña de Elisa. Sus amigos continuaban acostados, así que les dejó escrita una nota diciéndoles que estaría en la playa.
Estaba nervioso. Pensaba en cada frase que utilizaría al verla, en si debía besarla o mantener un poco las distancias. Todas estas situaciones eran nuevas para él y sentía un miedo atroz al tener que enfrentarse a ellas pero…tenía que verla.
De pronto algo le sacó de sus pensamientos y le hizo sentir un escalofrió por toda la espalda. La plaza donde estaba Elisa con sus amigas estaba vacía. No había nada de nada. En lo primero que pensó David es que se había equivocado de parcela pero no, junto al bordillo se leía perfectamente: “plaza 25”. Y sabía perfectamente que era la suya.
Extrañado se dirigió a la oficina del camping, quería obtener alguna información, alguna explicación a la situación (la noche anterior Elisa le comentó que estarían una semana más en el camping).
Una mujer ya entrada en edad y con unas pintas no muy serviciales, atendía el mostrador. Al preguntarle le comentó, no sin desgana, que los propietarios de la plaza 25 se habían marchado a primera hora de la mañana y eso a pesar de tener hecha la reserva hasta la semana siguiente. Pero eso fue todo, por mucho que insistió no obtuvo nada más, ni un teléfono de contacto ni una dirección ni nada; la mujer le comentó que toda esa información seguía un código de privacidad y no saldría del ordenador del camping.
Cuando David salió de la oficina el mundo se le vino encima, se arrepentía de no haberle pedido el móvil, ni su dirección de correo electrónico. Ni siquiera recordaba el nombre de su pueblo. A medida que pasaban los minutos se daba cuenta que la había perdido. Que nunca más la volvería a ver. Conpaso cansino volvió con sus amigos. Ya cuando llegó algunos estaban preparándose el desayuno. Les comentó lo sucedido e intentaron animarlo, pero ni en ese momento ni durante el resto del día David pudo cambiar su semblante. Su primer amor había desaparecido sin ni siquiera decir adiós.Sus amigos, medio obligándolo, se lo llevaron a la playa. Era su último día y no querían que se lo pasara lamentándose y solo. Pero a pesar de todo, la mañana se hizo eterna en la playa para David, no paraba de pensar por qué se habría ido así de repente, sin un mísero adiós y sobre todo por qué marcharse con la reserva hecha hasta la semana siguiente.
Después de almorzar sus amigos decidieron volver a bajar a la playa pero esta vez no pudieron convencer a David. Necesitaba estar solo y pensar en sus cosas. Durante horas, sentado en la puerta de la tienda de campaña, permaneció con la mirada perdida. Poco a poco iba asimilando la realidad de la situación. Esa no era otra que mañana partirían de vuelta y que todo lo que había ocurrido en esos días se iría perdiendo en los confines de la memoria hasta que un día terminaría por desaparecer del todo. Una lágrima le recorrió la mejilla, la cara de Elisa se dibujaba en su mente con tal perfección que dudaba si era real o no. Recordaba cada instante a su lado, su primer beso, su primer abrazo, su primer “te quiero”…
El sol se iba poniendo pero entonces, algo le sacó de su letargo. Algo le estaba deslumbrando. Se levantó y miró hac
Parte I
Ya no podía más. Aquel dolor se había vuelto insoportable. Se levantó de la cama de un salto y se vistió con lo primero que encontró dentro del desorden que reinaba en la habitación. Se miró al espejo y… ya no era él. Sin vacilar abrió la puerta principal y la cerró de un portazo. Sabía que había dado un paso del que ya no podría dar marcha atrás. Caminó durante 5 minutos y se detuvo justo encima de las vías del tren. Se recostó y al poco pudo escuchar en la lejanía el silbato de la locomotora. Pensó en su familia, sus amigos de verdad; pero cuando apenas le separaban unos metros del tren, la última imagen que se dibujó en su mente fue aquella por la que estaba allí. Después definitivamente su sufrimiento acabó.
La habitación del hospital estaba llena de familiares. Desde hacía unas horas todo había empeorado drásticamente. Desde la cama apenas podía cerciorarse de todo aquello que la rodeaba. Su nivel de conciencia era muy débil. De vez en cuando un rayo de lucidez la volvía en si, pero quizás eso era incluso peor, pues así se daba cuenta de la realidad. De la triste realidad.
Finalmente se rindió. No podía seguir luchando como había hecho hasta ese momento. Poco a poco cerró los ojos y expiró. El silencio se adueñó de la habitación, sólo roto por las gotas de lluvia contra el cristal.
Parte II
Dos años antes
El cielo estaba estrellado. Aquella noche de verano todo era perfecto. Tirado en la playa junto a sus amigos, recordando las mil y una anécdotas que habían vivido desde pequeños, David no pedía nada más. Era feliz.
A sus 22 años le quedaba toda la vida por delante, y a pesar de no haber tenido pareja nunca, no tenía prisa. Siempre decía “a tu media naranja no hay que buscarla, ella aparecerá cuando menos te lo esperes”.
Decidió quedarse en la playa un rato más, mientras, sus amigos volvían al camping para empezar a preparar todo lo necesario para acomodarse en las tiendas de campaña. Quería seguir disfrutando de aquel cielo chispeante y del susurro envolvente del mar. En ese momento de soledad escuchó una voz a su espalda. Al volverse, sólo pudo vislumbrar la silueta de lo que parecía una joven con una linterna en la mano.
-Hola, me llamo Elisa, ¿puedo sentarme contigo?
-Si, claro. Apenas pudo articular nada más. Siempre que hablaba con las féminas, se ponía nervioso y tartamudeaba un poco.
-¿Qué haces solo en la playa?
Armándose de valor, David pudo contestar no sin sentir un escalofrío por la espalda.
-Le he dicho a mis amigos que quería estar un rato solo, viendo las estrellas y escuchando el sonido del mar. Por cierto, me llamo David.
-Pues creo que hemos coincidido ambos, porque he bajado a la playa por lo mismo, aunque si te soy sincera esperaba encontrarme a alguien, porque estar aquí sola con esta oscuridad pues no es lo más agradable del mundo.
Tras este comienzo dubitativo David fue cogiendo confianza y poco a poco fue abriéndose y mostrándose como era verdaderamente. La noche se fue en un suspiro y cuando se quisieron dar cuenta el sol comenzaba a asomar por el horizonte. Volvieron juntos al camping, y durante todo el trayecto apenas se dijeron dos palabras, sus sonrisas lo decían todo.
Antes de despedirse con un simple “hasta mañana y que descanses” se citaron la tarde siguiente en la playa. Ambos querían que tanto el uno como el otro conociesen a sus amigos. No hubo beso, pero en el pensamiento de los dos más de una vez había pasado la idea de dar ese paso. La timidez es un muro que distancia el corazón de la cabeza.
Eran cerca de las 8 de la mañana pero David no conseguía conciliar el sueño. Estaba sintiendo algo dentro de él que no había sentido jamás. El mundo se había parado a su alrededor y en su mente sólo estaba ella. Además, de su rostro no podía quitarse esa sonrisa de oreja a oreja. Estaba experimentando la sensación del primer amor. En esos momentos cerró los ojos y deseó que ese instante no terminase nunca. El cansancio por fin entró en escena y David terminó quedándose dormido en la tienda de campaña.
Por su parte Elisa había sufrido una reacción muy parecida, pero ella no pudo reprimir la necesidad de contárselo a su mejor amiga. A pesar de la hora, la despertó y sin perder un segundo le contó cada instante de aquella noche, sin lugar a dudas la mejor de su vida. Después se acostó, y a pesar del nerviosismo que la acompañaba, consiguió conciliar el sueño.
No muchas horas después comenzó el baile de entradas y salidas de la tienda de campaña que terminó por despertar a David. Apenas había dormido un par de horas y en un primer momento no sabía ni dónde estaba ni si esa sensación extraña que tenía era fruto de algún sueño o realmente aquella noche había pasado algo. De todas formas no tardó en recordarlo, ya que sus amigos comenzaron con la sorna y las bromas a preguntarle dónde y con quién había pasado toda la noche.
Finalmente, y a pesar de que no era muy partidario de contar ese tipo de cosas, les relató lo que había pasado y les comunicó que esa misma tarde se la presentaría en la playa. Sus amigos se dieron cuenta a la primera de que David, de quien por su timidez no pensaban que pudiera ligar jamás, por fin había dejado a un lado el miedo a ser rechazado. Su cara lo decía todo, y eso a pesar de las ojeras por la falta de descanso.
A pesar de haber quedado con Elisa y sus amigas por la tarde, David no pudo reprimir la necesidad de estar tanto tiempo sin verla. Así que con determinación, subió la pequeña rampa que separaba ambas mitades del camping y tomó rumbo a la zona donde ella tenía su tienda de campaña. En realidad no sabía ni qué le diría al verla. A medida que se acercaba al lugar comenzó a sentir ese cosquilleo en el estomago que se siente cuando te enfrentas a algo que no eres capaz de dominar. Pero no duró mucho más, porque al llegar se dio cuenta que por el orden reinante y por el silencio Elisa y sus amigas posiblemente ya estuviesen en la playa. Tras un resoplido en el que se vació por completo, decidió volver con sus amigos, pues tenían que bajar al pueblo a comprar algo de carne y carbón para la barbacoa que querían hacer esa noche en la playa.
La tarde llegó irremediablemente y el calor era ya insoportable. David estaba de los nervios y ya era la quinta vez que miraba su reloj en el último minuto. Sus amigos con toda la parsimonia del mundo habían alargado el almuerzo con una partida de cartas que a David le parecía no tener fin. Pero el calor era ya tremendo incluso a la sombra y finalmente la pandilla al completo tomó camino hacia la playa.
Ensimismado en sus pensamientos David estaba inmerso en un mundo paralelo al del resto de los mortales. En su cabeza se había imaginado una y mil veces como sería ese reencuentro con Elisa, y en todas ellos sentía que el corazón le latía como si le pidiese salir de su cuerpo.
Bajaron la cuesta que comunicaba el camping con la playa y se situaron casi en la orilla del mar. Al principio no la vio, pero fue ella agitando la mano la que le indicó su situación. Ambos grupos se unieron y se fueron sucediendo las presentaciones pertinentes entre ellos. Hubo risas, comentarios susurrantes y el buen rollo reinante se podía comprobar a kilómetros de distancia. Todavía los enamorados, como así los consideraban ya sus amigos, no habían tenido la oportunidad de tener un momento de soledad, pues ambos habían sido los maestros de ceremonias. Pero el momento llegó por fin, se alejaron unos metros del grupo y se saludaron cariñosamente con los respectivos besos en las mejillas. En ese momento un grito unánime se escuchó en toda la playa; sus amigos celebraron ese beso como si hubiesen ganado un premio reconocido mundialmente. Los enamorados, avergonzados por el griterío, decidieron dar un paseo por la playa y así poder disfrutar de la intimidad que allí no iban a tener.
La tarde se fue como la noche anterior, casi en un suspiro y sin darse cuenta se vieron inmersos en los quehaceres habituales a la hora de preparar una barbacoa en la playa. Es decir, buscar maderas y paja, encender el fuego y preparar el tema de la comida y la bebida.
Fue una velada genial, todo salió perfecto y aunque ni David ni Elisa tuvieron ni un segundo para ellos el ambiente era de fiesta por parte de todos los que estaban presentes. Una vez se terminó la bebida se fueron haciendo pequeños grupitos dependiendo de los gustos y afinidades de unos y de otros. Evidentemente la parejita terminó junta casi en el mismo sitio donde la noche anterior estuvieron disfrutando de una conversación eterna. Pero esta vez no fue precisamente eterna la conversación y sí ese beso que llevaba latente desde hacía varias horas. Sin hablar, sus labios se unieron. Era el primer beso para los dos, y a pesar de temer por no saber actuar como la situación lo merecía, ambos pusieron todo el interés y la pasión posible.
Era ya tarde, y todos decidieron que era el momento de volver al camping. Entre todos recogieron los restos de la barbacoa y apagaron las últimas llamas de la hoguera. En el camino de vuelta Elisa tuvo que atender a una de sus amigas que no se encontraba bien y apenas tuvo ocasión de hablar con David, aunque él comprendió la situación y no le dio la menor importancia, pensó que al día siguiente ya tendrían tiempo para ellos. Cuando se encontraban a apenas unos metros de su tienda, Elisa se volvió y con un “hasta mañana” adornado de un guiño se despidió de David. Él con una sonrisa pícara le devolvió el guiño y continuó su camino junto a sus amigos.
Apenas hacía dos minutos que se habían despedido y ya anhelaba esa sonrisa deslumbrante, esos labios carnosos y esos ojos que brillaban como estrellas del firmamento. Sentía una sensación nueva. Algo que estaba seguro que nunca había sentido, algo que le hacía sonreír sin motivo, que le hacía soñar despierto. Revivía una y otra vez cada instante al lado de ella y en cada nueva ocasión sentía que no cambiaría ese instante por ningún otro. Simplemente David era, en esos momentos, el ser más feliz del universo.Apenas sin hablar con sus amigos, se recostó en el colchón. Necesitaba digerir solo todo lo que le estaba sucediendo. Sus amigos por su parte decidieron alargar la noche con una buena partida de cartas que los entretuvo durante un par de horas, así que entre sus pensamientos y las risas de sus amigos David terminó por quedarse dormido.
El sol de la mañana le despertó dándole en la cara. Había dormido de un tirón y se sentía realmente bien. La misma sensación agradable con la que se acostó la noche anterior le seguía acompañando. Necesitaba verla, así que preparó su mochila con todo lo necesario para un día de playa y se encaminó hacia la tienda de campaña de Elisa. Sus amigos continuaban acostados, así que les dejó escrita una nota diciéndoles que estaría en la playa.
Estaba nervioso. Pensaba en cada frase que utilizaría al verla, en si debía besarla o mantener un poco las distancias. Todas estas situaciones eran nuevas para él y sentía un miedo atroz al tener que enfrentarse a ellas pero…tenía que verla.
De pronto algo le sacó de sus pensamientos y le hizo sentir un escalofrió por toda la espalda. La plaza donde estaba Elisa con sus amigas estaba vacía. No había nada de nada. En lo primero que pensó David es que se había equivocado de parcela pero no, junto al bordillo se leía perfectamente: “plaza 25”. Y sabía perfectamente que era la suya.
Extrañado se dirigió a la oficina del camping, quería obtener alguna información, alguna explicación a la situación (la noche anterior Elisa le comentó que estarían una semana más en el camping).
Una mujer ya entrada en edad y con unas pintas no muy serviciales, atendía el mostrador. Al preguntarle le comentó, no sin desgana, que los propietarios de la plaza 25 se habían marchado a primera hora de la mañana y eso a pesar de tener hecha la reserva hasta la semana siguiente. Pero eso fue todo, por mucho que insistió no obtuvo nada más, ni un teléfono de contacto ni una dirección ni nada; la mujer le comentó que toda esa información seguía un código de privacidad y no saldría del ordenador del camping.
Cuando David salió de la oficina el mundo se le vino encima, se arrepentía de no haberle pedido el móvil, ni su dirección de correo electrónico. Ni siquiera recordaba el nombre de su pueblo. A medida que pasaban los minutos se daba cuenta que la había perdido. Que nunca más la volvería a ver. Con paso cansino volvió con sus amigos. Ya cuando llegó algunos estaban preparándose el desayuno. Les comentó lo sucedido e intentaron animarlo, pero ni en ese momento ni durante el resto del día David pudo cambiar su semblante. Su primer amor había desaparecido sin ni siquiera decir adiós.Sus amigos, medio obligándolo, se lo llevaron a la playa. Era su último día y no querían que se lo pasara lamentándose y solo. Pero a pesar de todo, la mañana se hizo eterna en la playa para David, no paraba de pensar por qué se habría ido así de repente, sin un mísero adiós y sobre todo por qué marcharse con la reserva hecha hasta la semana siguiente.
Después de almorzar sus amigos decidieron volver a bajar a la playa pero esta vez no pudieron convencer a David. Necesitaba estar solo y pensar en sus cosas. Durante horas, sentado en la puerta de la tienda de campaña, permaneció con la mirada perdida. Poco a poco iba asimilando la realidad de la situación. Esa no era otra que mañana partirían de vuelta y que todo lo que había ocurrido en esos días se iría perdiendo en los confines de la memoria hasta que un día terminaría por desaparecer del todo. Una lágrima le recorrió la mejilla, la cara de Elisa se dibujaba en su mente con tal perfección que dudaba si era real o no. Recordaba cada instante a su lado, su primer beso, su primer abrazo, su primer “te quiero”…
El sol se iba poniendo pero entonces, algo le sacó de su letargo. Algo le estaba deslumbrando. Se levantó y miró hac