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Saguia el Hamra ( El Río Rojo)



                                    SAGUIA EL HAMRA ( El Rio Rojo)
                                                         
      Mi último reducto, los recuerdos. Cuanto más atrás más diáfana mi vieja memoria. Desde esta casa del risco de la playa de Tufia levanto la gastada mirada por encima de la Bahía de Gando sobrevolando el Atlántico hasta la desembocadura en Fuim el Uad. Una gaviota añeja remontando la seca cuenca del rio de mi infancia hasta la Sahia el Hamra, en la puerta de mi casa camino de la fuente donde todos iban a por agua, conversación y noticias.
      No se parece la cara de mi nieto a la de los hijos de mis vecinos del El Aaiún , los hermanos Uld Bachir y Uld Enduf, Ataf y Moyan, sus ojos negros tan brillantes y distintos de los grises que me miran, que me están mirando desde la carita pegajosa y que me dice no se qué, que no te entiendo, que no te escucho hijo.
     Mi padre era maestro albañil y canario, capataz al cargo de un equipo de doce hombres, los mejores los de Fuerteventura, majoreros todos menos dos de su mismo pueblo Gran Canario, Telde. Se encargaban del trazado de los muros, la colocación de las reglas y miras, del cierre de los cargaderos y del rasado. Construyeron la mayor parte de las casas junto al acantilado, detrás de la Plaza teniente Coronel de Oro, calles estrechas, casas con techos de abovedados y ventanas enjutas.
     Viviamos en la bajada de la Saguia caminito  de la fuente, mi madre, mi padre y yo, una niña de doce años. Por compañeros de juego las cabras , el barro del rio y mis vecinos, el poeta Ataf y Moyan, el serio cuidador de los camellos de su padre. Nuestro sitio preferido bajo las dos palmeras junto al pozo frente al castillo encantado, un cuartel que parecía palacio si lo mirabas con los ojos semi cerrados entre el tamiz alquímico de las pestañas.
     Seis meses estuve sin colegio que no había aún maestro en Aaiún hasta el año cuarenta y seis que vino Don Antonio Porras y puso escuela y vivienda propia en la Avenida del Ejército. Mi padre la hizo enseguida para que los pocos niños y niñas aprendieran de letras y cuentas y no como él que no sabia casi nada, solo levantar casas en el desierto y me viene a la cabeza una canción de una cupletista que decia de mira como crecen caballeros las violetas del desierto,cómpreme una violeta o una duna, no sé ¡soy tan vieja ya que todo se mezcla!
     Ataf miraba al rio y verseaba. Ataf miraba mis pies descalzos y verseaba, Ataf le hacia un verso a las moscas, no abria la boca sin que una poesía, una frase hermosa saliera de ella. Se rascaba la cabeza, seguro llenita de piojos y de su boca colgaban versos. Ataf el poeta me queria mucho pero eso no me lo decía.
     Vivia la familia Uld en una casa como la nuestra, el resto de la familia, sus numerosos primos, tios y tias, abuelos, más primos y primas y tios y tias, lo hacian en el frig de jaimas donde años más tarde mi padre y sus hombres hicieron la plaza de Africa, frente a la Iglesia de San francisco. Algunas veces iba con los dos hermanos a ver a la familia. Me recibian las mujeres como si fuera una princesa. Una niña flacucha, con la ropa vieja de jugar en el rio y unas grag , chancletas con suelas de corcho. Nadie nunca me había tratado con esas corteses maneras desviviéndose por servirme y agradarme. Dejaban las mujeres las tareas que estaban haciendo sentándose a mi lado, sonrientes, tocándome las despeinadas trenzas y hablando entre ellas tan rápido que no las entendia, solo palabras sueltas en Hasania, como niña, rubia, española, te, hierbabuena, Baraka, suerte mulana, salam, que dios te acompañe y que te abra el corazón, suerte mulana, barakalofi. Me recibian en la parte izquierda reservada para ellas, separada del resto por una fuerte tela tupida llamada hechba, sentada sobre la quefia enseguida me servian té con nana, hierbabuena olorosa y en unas hojas de palma dátiles y a veces, con suerte merís o chicha, harina cebada tostada que me recordaba al gofio de millo canario, pero este más rico y dulce ¡dónde va a parar! Parecía que te metias de repente el cielo en la boca.
     Mi madre se enfadaba cuando se enteraba de estas incursiones. No le gustaba que andara molestando a estas personas que se veian obligadas a dejar sus tareas y atender a una niña tonta y presumida con aires de grandeza. Malika, una de las tantas primas era la prometida de Moyan desde que nació, el serio cuidador de camellos de la tribu de Ulad Delim y todos vivian en la misma mahsar, el campamento familiar. Malika estaba muy orgullosa de su jaima, la mayor de todas, formada por siete paños hilados con pelo de dromedario y ganado cabrío. Bien fresquita que era. El suelo cubierto de esteras de esparto y en la parte principal alfombras. El juego de plata del té, el martillo dorado de bronce para partir el duro pilón de azucar de forma cónica, una pirámide blanca ente los los vasitos de cristales tallados azules y verdes reluciendo en un rincón. Mucho más bonita la jaima de Malika que mi húmeda casa.
     La paredes de mi casa tenían dibujos rojos y verdes. No son dibujos, decía mi madre desesperada con el cubo de la cal en la mano y la brocha de albear, es la maldita humedad del rio. Mi padre entonces puso frisos de madera de más de un metro de altura en los cuartos. Al cabo de unos meses los rejos del monstruo hinchaban las tiras de madera reventando los clavos, parecía que viviamos dentro de un tonel a punto de estallar. A mi me gustaba mucho las minúsculas burbujas como zarpullidos que asomaban sus cabecitas blancas por encima de los frisos, luego, con los dias, se convertian en bolsas tersas y transparentes a punto de eclosión, justo cuando más tentadoras estaban. Ni se te ocurra tocarlas- decía mi madre. Con la puntita del dedo las tentaba y se rajaban igual que los huevos de las gallinas del corral que teniamos en la parte de atrás del patio. Yo no fui mamá, se reventaron solas. ¿Qué culpa tenía yo de que la pared me llamara? Cuando vi la peli de cenicienta, ya una señorita, en el Cine Candela junto a la iglesia castrense diez años después, pensaba que la rueca era igualita que las paredes de mi casa: Niiiiñaaa veeeen tocaaame que no pasa nada, veeeeen, tocaaaameee niñaaaa Pero ¡Ay! Si que pasaba, si.
      Abuela, abuela...y escucho bajito un tercer abuela tironeandome de las faldas. Tengo que volver del rio y de la jaima y de la poesía que me estaba recitando Ataf en su lengua gutural y hermosa, entre el y yo un borrego y que decía que el desierto era como el vientre de una mujer blanca y las dunas los pechos infinitos. Su serio hermano se reia y en Hasanía le regañaba- ¡qué sabrás tu de vientres y de pechos y de mujeres!. La cara de mi nieto tan rosada reclamandome no se bien que cosa, que no le escucho apenas y mete su manita sucia en el bolsillo grande pescando dos caramelos. Me grita, que ya sabe él que esta abuela no oye bien, no oye casi nada.
     En el horizonte de este suave atardecer de enero en Tufia, mientras acaricio la cabecita rubia de un chiquillo revoltoso, el vaivén de una vela se hincha y se desinfla al conjuro del Alisio.

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Imagen de anaisnin
Sahia

y yo como una boba pensando ¿ Y le gustará a alguien esta historieta? ¿Le gustará al escritor Aquiles? ¡Uf! Pues menos mal.


| Enviado por anaisnin el Dom, 27/01/2008 - 18:15.
Imagen de anaisnin
Sahia

y yo como una boba pensando ¿ Y le gustará a alguien esta historieta? ¿Le gustará al escritor Aquiles? ¡Uf! Pues menos mal.


| Enviado por anaisnin el Dom, 27/01/2008 - 18:15.
Imagen de mejorana
Saguia el hamra

Perfecto. Te ha quedado una prosa perfecta, y me encantan las puntadas de humor, sobre todo lo de las violetas. Estaba esperando este escrito. Una técnica perfecta. Y de muy agradable lectura. Muy tierna, entrañable. No me canso de ponerle calidades. Muchos besos


| Enviado por mejorana el Dom, 27/01/2008 - 22:56.