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CARTA A MI QUERIDA NARCISA



 Mi adorada Narcisa,  Te escribo estas parcas líneas desde la desesperación que me invadió al observar ayer tu reflejo en la bruñida luna del espejo, y desde el temor quizás infundado, de que se me hubieran agotado las palabras para regalarte. Han sido tantos los halagos que han brotado del saco que late en mi pecho, que pensé que éste pudiera estar tan exprimido como se hallaban ya mis labios, exudando cansancio deseado de tanto clamar tu gracia. No sabría ahora mismo como expresar de cualquiera de las maneras el amor, y a veces también el odio, que profeso hacia tu persona y que abraza mi alma en mortal estrangulamiento, negando su manifiesto mientras reposa plácidamente en ella. Miro ese reflejo de tu figura que a veces semeja ironía y otras hipócritas satisfacciones, tachándolo siempre como un oscuro sentimiento de lo más indefinible, que se abriga en mí con ingente terror. No sé si mi alma, que es la tuya, estaba más allá de la línea de los cuerdos o de los locos, pero sea lo que sea estaban las dos tan firmes y unidas que me era imposible romper su exaltada copulación, generando un sempiterno conflicto entre amor y furia que hasta hace poco no sabía cómo resolver. Mientras lees, apreciarás en mis palabras una declaración de amor enfurecido hacia tu persona, asumido de por vida, y tan fuerte que ni el más mordaz de los huracanes podría destruir, porque si así sucediera, sería el anuncio de la llegada inexorable de mi muerte eterna, de nuestra muerte eterna. Mi adorable Narcisa, con tus ojos rebosantes del brillo de la inocencia cuando se enfrentan a los míos, con tu pelo crespo enredado entre nuestros  dedos, mientras la cabeza me arde de tanto pensar en qué hacer contigo cuando te muestras insolente y despectiva…. ¿Qué hago en esos momentos crueles, querida mía, donde me traicionas con insistencia cuando quiero halagarte y no me salen las palabras, dejándome yacida en el  lodo de la desesperanza; donde me mientes frente al espejo que refleja impunemente tu bello rostro de reina cuando debería ser de sota; en los que te escondes entre embutidos vaqueros, reprimiendo las carnes magras que de ellos quisieran huir para enfundarse vestidos ligeros; y, sobretodo, en los que haces fluir el rubor a mis mejillas, al escuchar las adulaciones que te obsequian bocas divagantes que en nupcias con codiciosos ojos, consienten que estos te miren sin conocimiento, de que más que mujer eres diosa, mortificando mi espíritu con silencio robado mientras surge la chispa de odio escondido hacia ti, al comprender que realmente no llegas a mostrarte como la musa que eres? Es, amada mía, en esos lacerantes trances cuando más ganas me entran de abandonar tu presencia, que solo me crea duda y desasosiego.Estoy, como verás, en medio de una vorágine que no me deja avanzar ni retroceder en nuestro idilio, sabiendo que cuando leas estas líneas persistirás en seguir siendo el reflejo de la Narcisa que siempre he conocido. Mientras, mi mente vagará soñando en poder cambiar sobremanera tu forma de ver la vida, con la ardua esperanza de que se mitigue esta crisis de angustia que me oprime, y poder amarte más de lo que ahora lo hago. Espero arrancar de mi alma la chispa de odio encerrado que a veces me impregna, y que el salto que voy a dar aleje de mí el mal recuerdo de lo que antaño me hiciste sufrir, permitiendo el despliegue de mis entristecidas alas que yacen escondidas bajo mis sentimientos, para que puedan llevarme volando hacia la cumbre de la calma que reina sobre el Olimpo.Sin más, mí querida, me despido de ti con la mezcolanza que produce la niebla de la tristeza  y la bruma de la alegría rondando a mí alrededor. Tengo que marchar hacia un destino incierto y lejano, donde pretendo que el sueño rompa la mentira con la que hasta ahora he vivido y donde mi alma tratará la reconciliación consigo misma. Ya se oye el  trillar de bisagras en la puerta de mi desolada habitación, violadas por la estampa de una mujer de cabello áureo y simple presencia, que embutida en blanco traje con salpicaduras de yodo, pretende forzar el paso con la intención de raptar mis carnes. Ya tengo que dejarte, porque se me enajena la mente al oír como se desuella el blanco mármol del enlosado, mientras la intrusa arrastra una chirriante camilla en la que me transportará a una gran sala repleta de brillantes luces, donde sabias manos harán todo lo que en ellas estén, en la pretensión de retocarte.Siempre tuya,Narci.

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