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Música y olvido estético



 

Ocurrió el 20 de marzo de 2007, ni siquiera era fin de semana ni la climatología era especialmente buena, pero tal vez fuera esa la razón para que me cogiese de sorpresa lo que me esperaba en aquella sala del Ateneo de La Laguna. Fue algo especial.

       Como quien sube caminando en una espiral eterna, la escalera del susodicho lugar prometía algo más que un simple concierto, prometía una explosión sensorial que empezaría con la vista, pues al llegar a mi destino me encontré con la grata sorpresa de una exposición pictórica bastante buena, de cuyas obras me llamó espacialmente la atención un paisaje de una aldea nocturna, plasmada sobre un palé de madera. Fíjate, sobre un palé, si es que el arte reside en cualquier lugar, lo que ocurre es que, como decía Schopenhauer, necesitamos de genios que rasguen el velo de Maya, y nos muestren el verdadero camino de la libertad y las ideas neoplatónicas que impregnaban su pensamiento.

       Tras haber disfrutado de la exposición, fui engullida por las sillas, unas sillas que debían ser tan antiguas como el compositor de la primera obra interpretada por el violonchelista Mark Peters, Johann Sebastián Bach; quien sabe, quizá fueron regalo de él mismo a cambio de que su música se siguiese tocando mientras estas perduraran; y los responsables del Ateneo, temerosos de perder la música del barroco genial, siguen manteniéndolas.

       Si, como he dicho la banda sonora de esa noche fue comenzada con Bach, en concreto con su Suite nº 5 en do menor, BWV 1011 para violoncello solo, y fue en ese momento en el cual me di cuenta de lo que iba a pasar a continuación, ya sea por el virtuosismo del intérprete el cual tocaba en medio de un pleno éxtasis místico, porque sus manos se convirtieron en arañas que tramaban una tela tan fina que te atrapaba por completo, o porque parecía que hacía el amor con su instrumento acariciándolo a modo del cuerpo femenino fotografiado por  Man Ray.
Fue una ejecución perfecta, pero a pesar de esto no llegó ni al mínimo de lo que me esperaba a continuación con la entrada de su compañera, la violinista Adriana Winkler, quien como rumana nos acercó a la música eslava con una interpretación del desconocido Zoltán Kodály y su Dúo para violín y violoncello, Op.7. Pero no es de la ejecución de esta pieza de la que hablo con tanta dicha como emoción, sino de la de un músico que se me presentó esa noche tras tanto haber oído hablar de él, Maurice Ravel.

       Ravel, cómo puede ser que tu obra más famosa sea el manido Bolero, quién fue el que lo escogió para que tu nombre quedase unido a él para siempre en multitud de discos popurrí. No te hizo un gran favor, o quizá fuese por desconocimiento, pero a partir de esta noche quiero que sepas que tu música ha abierto algo en mi interior, tu fantástica Sonata para violín y violoncello. A la memoria de Claude Debussy, bajo la interpretación de una pareja maravillosa, ha conseguido que de nuevo Schopenhauer regrese esta noche para que bajo su filosofía y tu música, yo me convierta en sujeto puro de conocimiento y el olvido estético  me ayude a, por primera vez en mi vida y supongo que última, me desembarace de la voluntad y me rinda plenamente a un momento y un lugar, aquel. Fue algo increíble, mi cuerpo no me respondía, mi alma brillaba con más fuerza que la vela eterna de la vida, estaba completamente erizada, con los ojos a punto de llorar, pero de repente la mala fortuna hizo que una cuerda del  delicado violoncello no aguantase más el primitivismo de la obra y cediese rompiendo la magia. Así me encontré en un coitus interruptus hasta que el norteamericano Peters, que no se si conocerá las habilidades ejecutivas de Paganini, fue a cambiar el instrumento.

       En ese momento no pude más que hablar de mi experiencia a mis compañeros, mientras el músico iba a buscar su nuevo violoncello, y tuvo que ser como alma incomprendida que afronté la otra parte del concierto. Que pena que ellos no hubiesen podido sentir así, no entiendo como algo tan obvio como la genialidad no les fuera perceptible. Fue tan bueno que aún no me lo creo, y daría lo que fuera por volver allí, por disfrutarlo de nuevo.

       Magia, la buena música es magia, y es ahora cuando entiendo que se la califique como la más alta de las artes, la más pura por abstracta. Fue en su vestido, el de Adriana, granate y brillante como su forma de tocar el violín, donde mi mente se perdió para recorrer unos laberintos geométricos que me ayudaron a seguir la música, que me ayudaron a que esta me atrapara como a Teseo en Creta, solo que a diferencia del héroe ático, yo no quería seguir el hilo de lana que Ariadna le había dado, yo no quería salir de allí.

       Tuve que irme, la experiencia no se repitió con la última interpretación pese a mis esperanzas, la de la Sonata nº 3 “Balada”. Dedicada a George Enescu, de Eugene Ysaye, de la que nada puedo decir, pues para mi, tras la fuerza de experiencia anterior, ya nada era válido.

Ahora, y para concluir, sólo me resta decir que estos dos músicos, Adriana Winkler y Mark Peters, se han ganado mi más profundo respeto. Enhorabuena y gracias por la velada.

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Fue una experiencia …

Fue una experiencia maravillosa.


| Enviado por Yurena el Mar, 29/01/2008 - 13:45.
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MÚSICA Y OLVIDO ESTÉTICO

En casa hemos leído tu escrito y están totalmente en lo que dices sobre Ravel


| Enviado por mejorana el Vie, 01/02/2008 - 21:52.
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yurema

magia la buena musica es magia.......cuanta verdad te felicito besos.


| Enviado por MONICA DENIS el Dom, 05/10/2008 - 19:50.

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