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A

Nunca pensé que esta forma de vida pudiera existir, que todos mis pensamientos estuvieran orientados hacia una sola idea. En realidad suele ocurrir casi siempre. Aprendemos un determinado patrón de nuestra familia y nuestra sociedad. Difícilmente cambiará nuestro pensamiento y nuestra condición social a menos que nos esforcemos mucho. Nos educan con un determinado rol y casi nunca lo violamos. Procuramos ser lo que esperan de nosotros y consideramos que es un deber moral. Si diferimos, siempre vivimos con un conflicto, con un sentimiento de culpa. Rara vez he valorado el mérito de conseguir algo de aquellos que se encuentran rodeados de personas que lo consiguen. Todo esfuerzo merece ser respetado pero muchas veces lo relaciono con la falta de personalidad y la obediencia. Tiene mérito quien lucha por algo distinto a lo que le han educado, a lo que le rodea. Pero hay pocos así y la mitad de las veces lo hacen por la búsqueda de la excentricidad o del martirio. Aunque por supuesto hay excepciones. Mi caso es la no excepción. Yo sería un chico que se deja llevar por las circunstancias y que toma, en cierto sentido, la lógica fácil para cada situación. Antes de que empezara lo que ahora contaré, era de lo más normal. Estaba estudiando mi carrera y me disponía a trabajar. No era ni bueno ni malo, uno más. Tenía mis aficiones, yo diría que muchas(mi familia que demasiadas) que me hacían soñar y huir de un mundo un tanto aburrido. No tenía realmente claro lo que quería hacer y por lo tanto, no ponía demasiado empeño(lo cierto es que nunca puse empeño en nada). Ni siquiera me esforzaba en seducir a las chicas. Muchas veces, no me importaba ofenderlas soltando lo primero que se me pasara por la cabeza. Me costaba demasiado esfuerzo adoptar el rol de chico encantador, que las hace reir. Cuando era más joven, las veía como criaturas misteriosas que me llenaban de inquietud. Fue una mera cuestión de ignorancia. Incluso si nunca sabré lo que piensan o lo que sienten en cada momento, si que fui viendo claro lo que necesitan. Y eso me llenaba de tristeza y desilusión. Aunque ciertamente, tanto yo, como muchos otros tampoco escogíamos a la más apropiada, pues nos sentíamos atraídos por una cara bonita y una excelente figura. Claro que confundíamos menos el amor, con el deseo, aunque también me ocurrió alguna vez y fueron meses muy largos.
Ahora, que había comenzado todo el lío de la guerra, todos esos pensamientos servían como entretenimiento, casi como una fantasía lejana de algo imposible. Pensaba en todos esos problemas cotidianos mientras esperaba, normalmente durante muchas horas en el mismo sitio. Ahora todo eso resultaba trivial, aunque curiosamente luchaba por ese pasado que quería que fuera futuro. Pero en mi caso, como el de muchos, esto se había convertido en una forma de vida. Realmente no concebíamos algo distinto. Nos habíamos criado entre bombas, refugiado en alcantarillas. Habíamos visto a nuestras familias fusiladas o deportadas a un sitio desconocido. Presenciamos las torturas, los asesinatos y los gritos de horror cada noche que se llevaban a alguna familia. Parecía que el mundo ya fuera así siempre, por lo que no llorábamos. Casi nos alimentaba más la sed de sangre. Siempre había pequeñas aberraciones. Un joven, que corriendo entre las bombas, divisó unos gatitos. Los cogió y acarició, indiferente a las personas que gritaban heridas, indiferente a los soldados que se le acercaban. La sangre de su cabeza regó a los felinos. Ahora yo sonreía con cinismo, mientras esperaba a mi siguiente amigo. Una persona cuya vida me sabía de memoria y a la que tenía que matar en breve. Semanas estudiando sus hábitos y averiguando todo lo posible sobre su vida y sus presumibles reacciones. Todo ello, para finalizarlo con un tiro. La segunda parte consistía en poder escapar. Cuanto mayor era la presa, menores mis posibilidades. Cada vez me mandaban a misiones más difíciles. Hacía tiempo que el mando me veía como una causa perdida a quien ya no importaba perder la vida. Vieron que disfrutaba con lo que hacía y que ponía todo mi empeño. Casi parecía que quisieran mi muerte, por si un día cambiaba repentinamente de blanco. Aunque supongo, que la paranoia es mi oficio, fomentarla es imprescindible y eso conlleva el pensar en cosas realmente variopintas. Por muy enfermizo que parezca, es cierto que disfrutaba con ello. Antes aún de la guerra, yo estaba por completo desencantado de la vida y las personas. Mi (quizás) egocentrismo me impedía ver que la mediocridad y la mentira que me rodeaban, solo podían vencerme si yo dejaba de buscar esa chispa de vida que hay hasta en las cosas más triviales. Pero elegí la opción fácil, la de la desidia y el desprecio. Eso en parte me hizo meterme en algo como esto más que por el patriotismo o la defensa de la vida de mi familia(claro, que yo ya no tenía). De alguna forma sabía que iba a morir. Solo esperaba el momento más sublime para hacerlo.
Resulta realmente entretenido pensar en estas cosas, mientras se observa detenidamente una ventana durante largas horas, desde un balcón. Lo único que cuesta es no dormirse, pero supongo que ser paranoico ayuda a no hacerlo. El mínimo ruido o golpe de viento me hace saltar la adrenalina.
Sigo pensando en las mujeres que han pasado por mi vida. Las esperanzas que puse en algunas, al igual que en los amigos. La soledad que buscaba constantemente y sin embargo la añoranza del amor, de abrazar a una persona por las noches o tomar una cerveza con los amigos. No podía vivir sin esas cosas, sin embargo, parecía que estuviera en permanente enfrentamiento con ellas. Sin embargo, sentía fascinación por la vida, por las personas y sus conflictos. Me encantaba conocer a fondo a todos los que me rodeaban, descubrir sus inquietudes y emociones. De mi amigo también lo sabía todo. Dónde vivía, quien era su mujer, sus tres hijas. Dónde estudiaban estas. Conocía incluso las aficiones familiares prácticamente toda su rutina. Casi me deleitaba observando la vida tan dichosa que llevaban. Podía observar por las noches, como tocaba una de las hijas el piano, mientras los padres bailaban. Sus cenas familiares a la luz de las velas. Y todo lo que puede hacer una familia presuntamente feliz. En cierto sentido les envidiaba. Tenía una doble razón para matarle. También pensaba mientras miraba su vida, que todo podía ser una inmensa mentira(como tantas otras cosas que deseamos creer para que nuestra vida parezca menos mediocre). Me puse a imaginar cómo se enamoraron. Él, un apuesto oficial, ella, una chica guapa y de buena familia. Él le ofrecía un uniforme que le hacía apuesto y que daba renombre a la familia, además de una posición social cómoda. En buena parte, para ella lo importante sería la imagen proyectada que cumplía los tópicos sociales y le haría enorgullecerse ante sus familiares y amigas. Ella también cumplía las normas. Una chica preciosa para satisfacer la lujuria, pero con la apariencia de honradez y buena ama de casa. Lo demás ya no importaría. En un principio ella no se sentiría frustrada por la incapacidad(por falta de voluntad o cariño) del marido por satisfacerla. Ni a él le molestaría estar casado con una estúpida a la que nada podía contar de sus problemas para que no se pusiera histérica, quien además le forzaría a hacer constantes esfuerzos para darle todas las comodidades posibles, exigidas por la posición social. Todo eso, no sería importante al principio. Pero cuando el opio de la lujuria acabara y el ego de la imagen se esfumara, solo quedaría la mediocridad de convivir para siempre con un desconocido. Intentando que todo eso pasara desapercibido antes sus hijas y su entorno de supuestos amigos. Donde jamás se diría la verdad para creer en la más absoluta normalidad. Me empecé a reir por dentro mientras pensaba en todo eso, aunque no sin la duda, de si siempre ha de ser así. Por breves momentos, me frustraba no vivir esa mentira, al igual que me frustraba en algunas ocasiones, no haber seducido a la más guapa por no haberle dicho lo que quería oir. Al efectuar ese decisivo disparo, era como si intentara destruir esa duda, como si negara esa realidad. Mil veces lo ví y muchas otras lo hice. Cosas como negar a Dios, para no tener el temor de que observa nuestros crímenes. O de forma mucho más triste, negar la validez de una persona por la sencilla razón de que nos ignoró. Pensar con soberbia que si alguien no nos quiere es porque no nos valora. Negar en tantas ocasiones, ese punto de reflexión de si somos válidos para los demás y no solo ante nuestro ego.
Lo cierto es que ese punto de autocrítica no era necesario para mi trabajo, todo lo contrario. Necesitaba visualizar a mi amigo, de la peor forma posible. Pensar en la repugnante vida que llevaba, aparte de recordar sus crímenes y a quien servía. No podía pensar que estaba matando a una persona, solo una sombra de ella. Ni que iba a destruir una familia, sino que la iba a liberar de una mentira. Aunque lo cierto es que poco importaba lo que fuera a destruir, porque al fin y al cabo se lo merecían. Todos, incluso las hijas, por formar parte de una estirpe tan canalla.
A veces pensaba si no era yo igual, porque aunque me justificaba con la idea de justicia o supervivencia, lo cierto es que disfrutaba haciéndolo y mi vida cobraba mucha más importancia de la que hubiera tenido antes, aunque fuera a costa de un gran precio. Por primera vez en mi vida, creía hacer algo importante, aunque fuera algo horrible. Constantemente se repetía en mi cabeza que ningún ideal, ninguna verdad es tal, si se tiene que defender por la fuerza. Pero bueno, ellos empezaron y contra el instinto de supervivencia no hay filosofía que lo contradiga.
Sin embargo, seguía viendo a personas, con sus ilusiones y miedos, con sus defectos y mentiras, pero con las mismas ganas de vivir.
Ellos tomaron una decisión y yo ahora tomaba la mía. Acaricié el fusil, sentí el aceite, el olor a metal y madera. Observaba a través de mi mira telescópica la ventana de ese hombre. La vida se reducía a un cristal circular, donde se decidía en breves segundos el destino de un hombre. La sensación de poder, concentrada en esa máquina al mismo tiempo tan tosca, pero tan perfecta en su cometido. Acariciaba el cañón y la culata con devoción, buscando la máxima comodidad y sujeción. Observaba, únicamente visualizando el blanco como un objeto más del entorno, pero sin olvidar a los guardias de la puerta o cualquier movimiento en las demás ventanas. Llegaba el momento más crítico, donde todo el entrenamiento y la preparación psicológica, se concentraban en un breve instante que llevaría de la calma a la histeria y la locura. En breves instantes pasaría de cazador a presa y debía tenerlo muy en cuenta. Por fin pude ver su rostro en la ventana, esperé a que estuviera tan bien posicionado, que pudiera repetir el disparo si fallaba el primero.
Disparé, cargando con rapidez y volviendo a apuntar, pero ya no quedaba más que un rastro de sangre en la pared. Me desplacé tumbado hacia atrás para preparar mi huída. Sabía perfectamente dónde me buscarían y por dónde vendrían. En un par de minutos estaba a varias manzanas de allí, con el arma escondida y paseando con la indumentaria de un metalúrgico que se dirige a su fábrica.
Una vez más, acabé con una vida en un intento simultáneo de acabar con una duda.

 

 

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B

 

La noche fue desagradable. Aún no había conseguido dejar de tener remordimientos por más que me esforzaba. Era incapaz de dormirme por lo que salí a dar un paseo. La nieve estaba en las calles y apenas se veía un alma. Caminaba entre árboles desnudos, casi en la oscuridad, iluminado por alguna solitaria farola, intentando no visualizar la cara tan viva que horas antes había tenido tan cerca de mi vista. También pensaba en lo joven que era, en cómo hasta hace poco estaba lleno de ilusiones y proyectos y como, en un determinado momento de mi vida había pasado del sueño a la realidad y la madurez, en cierto sentido como casi todo el mundo en esta vida. Una realidad que significa morir por dentro. La pérdida de la inocencia y la entrada en las obligaciones casi siempre representa una parte frustrante en la vida de una persona. A menos que ya se tengan las cosas muy claras, las responsabilidades rara vez son divertidas. Yo no disfrutaba excesivamente con mi trabajo, pero sí me lo tomaba como algo muy serio, una especie de ritual donde buscaba la armonía de todo lo que hacía. Cada uno de mis movimientos estaba estudiado e incluso la repetición de una serie de ideas para concienciarme también. Había un malévolo placer en hacer algo tan bien, que en realidad era algo horrible. Pronto volvería a recibir órdenes y la espera siempre era algo desagradable, como si mi vida no tuviera sentido…
De repente, escuché una música proveniente de un sótano. Me acerqué a escuchar. Parecía una sala de baile donde sonaba jazz, blues y fox-trot. No tenía ganas de estar con gente, pero me embriagó el sonido y ví una oportunidad de no pensar en mis tonterías. Mientras entré capté el olor de la madera de las paredes y las mesas. Una especie de incienso flotaba en el ambiente y el aire estaba más cargado aún por el tabaco. Había unas mesas al comienzo, una sala de baile en el centro y una orquesta tocando una melodía melancólica, al piano y al saxo, con un contrabajo de fondo y un trombón acompañando. Decidí sentarme para embriagarme del ambiente. Rara vez ponía atención a la música en si. Me dedicaba a observar el entorno. La cuidadosa decoración del local y los rostros de los parroquianos. Ví a una chica sentada en una mesa a solas. Llevaba un sencillo vestido negro con un corte en la falda que dejaba ver sus jóvenes y atractivas piernas. Toda mi atención se centró en ella. Era morena, de tez muy pálida y enormes ojos marrones. Su belleza cobraba fuerza con la luz y la música del local. No podía parar de mirarla y descubrir que aún había algo vivo en mí, algo vital. En ese momento no sentía deseo alguno, simplemente estaba contemplando algo fuera de lo común que rara vez aparecía en mi mente: Veía una belleza que solo sugería cosas hermosas en la vida. Era incapaz de visualizar a una persona con miedos y vicios. Solo veía un rostro, un ente que prometía el cielo y que me hacía olvidar todo lo demás.
Sentía la paz observando su calmado rostro y al mismo tiempo la inquietud de no saber que había tras él. Intenté pensar en otras cosas y atender a la música para controlar mi turbación.
De repente la música me pareció diabólica, casi como la que me retumbaba en la cabeza cada vez que hacía una misión. Parecía que la música me incitara al pecado, a la posesión, a los impulsos más vitales. No pude evitar mirarla otra vez y pegué un respingo al ver que me estaba mirando fijamente a los ojos. Que mirada tan desafiante, tan sugerente, tan viva. Apenas podía yo mantener la mirada unos segundos para apartarla con disimulo, pero ella no la apartaba y decidí que yo tampoco debía hacerlo.
Se levantó con paso decidido y pude admirar su figura moldeada. Hacía tiempo que no veía semejante feminidad en unos movimientos. Y unos ojos tan abiertos y penetrantes. Se acercó a mi y me cogió de la mano para salir a bailar. Yo admiraba su talle y el vestido que resbalaba por sus redondas caderas mientras caminábamos a la pista. Comenzamos por el ritmo melancólico que estaba mandando en ese momento, bailando en silencio y mirándonos fijamente a los ojos. Yo intentaba mirar hacia otro sitio para controlarme y ella al notarlo apoyó su cabeza en mi hombro con ternura. Continuamos así durante unos minutos cuando, de repente comenzó a sonar algo mucho más fuerte y rítmico. Ella se agarró a mi con fuerza y yo la cogí de la cintura, casi con deseo. Nuestros cuerpos se aferraban mientras seguíamos un ritmo frenético e increíble. Notaba como nos íbamos fusionando en un solo cuerpo y sentía toda su presencia…sus movimientos, su olor, los latidos de su corazón. Nunca me había sentido tan vivo y todo gracias a la silenciosa presencia de una mujer desbocada en movimientos y formas. Parecía que en la vida no hubiera otra cosa que ese baile, que esa mujer, que ese rostro salvaje y esa figura contundente. Me había olvidado por completo de mí mismo y del objeto de mi vida en la actualidad. Necesité volver a mirarla y ella me respondió con ojos brillantes, mientras sus labios se entreabrían húmedos y ardientes. No pude evitar besarla mientras nuestro baile continuaba, mientras nuestros cuerpos se aferraban casi espasmódicamente. El deseo llamaba a mis puertas con ese beso y me desvivía por descubrir el cuerpo que había tras ese vestido, la mente que controlaba ese cuerpo. Acerqué más su cuerpo al mío y sentí sus pechos contra mí, rebosantes y firmes, casi maternales. Mis brazos la envolvían y buscaba descubrir todas sus formas posibles. Era para mí una figura inabarcable e inalcanzable al moverse con esa violencia. Nuestro beso continuaba y solo veía oscuridad alrededor. Ya no sabía ni dónde estaba, pues solo veía ese beso. Notaba esa cintura que no quería soltar, ese movimiento que reflejaba la esencia misma de la vida. Yo ya no era nada, era ella, su reflejo, una extensión de su cuerpo y de su mente…
Salimos apresuradamente y la llevé a mi habitación, muy cerca de allí. Nos costó horrores llegar por no parar de besarnos y acariciarnos. Ella subía las escaleras con un suave meneo de caderas y mirándome seductoramente. Que poder tenía esa mujer sobre mí. Nos fundimos en un abrazo en la oscuridad de mi habitación. Aún no habíamos cruzado una sola palabra, pues toda nuestra comunicación se basaba en gestos, miradas y caricias. Mientras yacíamos en la cama, éramos como instrumentos de una banda de jazz, donde se improvisaba sobre la marcha mientras el otro hacía el acompañamiento y la armonía era siempre perfecta. La guerra nos hacía libres, nos quitaba los prejuicios, los miedos, las normas sociales y las justificaciones de nuestra mediocridad. Lo que antes podía ser perversión ahora era descubrimiento e improvisación. No había límites para el placer y nos embargaba un constante juego de vitalidad. Nunca había fin, nunca parecía tener fin. Las mentes se comunicaban de todas las formas posibles, menos la verbal. Había un acuerdo tácito de no hablar y no lo rompimos incluso cuando terminamos.

Al amanecer, ella no estaba, solo su recuerdo que ya parecía haber si un sueño. De repente comencé a odiar esta guerra y odiar lo que hacía. Me parecía que mi misión era algo banal en comparación con la experiencia de amar. El sexo, el amor, el desenfreno habían conseguido nublar mi mente…
Realmente no era nada de eso, era ella, única entre únicas. Una mujer vital, pura, libre, increíble.
Me pasé la mañana pensando y mirando por una ventana mientras nevaba. Por la tarde se pusieron en contacto conmigo. Volvía a la vida, pero ya lo hacía con náusea. Por la noche me reuní con el mando. Era una misión de lo más peculiar. En este caso debía matar a un espía, pero aún no tenían datos claros de él. Había conseguido asesinar a algunos de los mejores hombres de forma fulminante. Nadie sabía como conseguía la información. Pero era ahora nuestro peor enemigo. Alguien fuera de lo común de una efectividad espantosa. Me pusieron sobre alerta para que avisara de cualquier nuevo contacto que adquiriera estos días. No les comenté lo de la chica. Quería apartarla por completo de mi realidad. Que no se ensuciara con mi vida, necesaria aunque terrible. Los siguientes días los pasé esperando órdenes. Estaban vigilando todos los edificios oficiales y las tapaderas del enemigo para ver si podían averiguar quien era el espía que nos estaba asesinando. Salí en varias ocasiones a la sala de baile, pero ella no aparecía. Por fin llegó el material esperado. Las fotos del espía y sus referencias. Los siguientes días tendría que buscar el sitio ideal para cazarle. Abrí el sobre con tranquilidad y observé las fotos. Me entró una convulsión al verlas y las estrujé con mis dedos temblando y apunto de romperse de la fuerza ejercida. No podía creérmelo, aunque por otro lado tenía que ser así. El espía era ella. No fue casualidad nuestro encuentro. Posiblemente llevaba algún tiempo rondándome sin que me diera cuenta y consiguió que pareciera una casualidad. Lo que no entendía es por qué no me había matado y si deseaba averiguar más, por qué no la había vuelto a ver. No podía con el dolor ni la ira. La mujer más auténtica que había conocido era mi siguiente víctima. No quería hacerlo, pero sabía que debía hacerlo.
Ella había matado a algunos de los mejores y más valientes hombres que había conocido. Posiblemente también les sedujo como a mí. Así se acercaba a esos hombres necesitados de una razón para vivir o por la que luchar. Hombres que preferían no estar casados y a los que se escogía entre otras cosas por no estarlo. Tardé unos minutos en sobreponerme y salí a la calle a cumplir mi misión.
Primero estuve observando el edificio al que supuestamente iba cada mañana. Me oculté bien en uno de los muchos pisos abandonados que había enfrente. Mientras observaba las puertas y las ventanas rompí a llorar pensando en lo que debía hacer. Cuanto más tiempo estaba ahí, menos quería hacerlo. Con ella no tenía justificaciones posibles. En los demás clientes siempre me buscaba una historia que inventarme, para no ver a la persona que mataba. Con ella no podía, era la mujer más viva que había conocido en mi vida. Sin lugar a dudas era una persona plena e iluminada. No podía creer que ella estuviera de su parte, ni podía creerme que todo lo que hizo fue una actuación, un juego. No concebía que una persona a quien tanto amé y que tanto pareció amarme, estuviera a favor de hacer cosas tan horribles. Me negaba a mí mismo esa dualidad de la condición humana. Una dualidad que también estaba presente en mi. Pero ella no, ella no podía ser así. Seguía reflexionando hasta que la ví salir. En sus ojos percibí la tristeza y cierta inquietud. No parecía la misma que aquella noche. Parecía que supiera que iba a morir, que se resignaba a ello. Andaba lentamente con la vista muy fija en un punto. La seguí discretamente por la ciudad. Los datos que me dieron fueron de lo más precisos. Todo cuadraba. Me sorprendía que fuera tan previsible en sus itinerarios. Tan visible y fácil de cazar. Quizás en eso radicaba su arte, su naturalidad para ejercer su misión. La estuve siguiendo durante días y dando informes al mando. Uno de esos días que la observaba conseguí abrir los ojos y darme cuenta de que una mujer tan excepcional en lo bueno, también había de serlo en lo malo. Fue una idea dolorosa de asumir, pero muy clara. Con la misma disciplina y precisión que siempre tracé mi plan de caza y de huída. Apunté todos los tiempos y las zonas de peligro. Y llegó el día…
Nuevamente un balcón, nuevamente mi arma(casi mi mejor amigo) en mis brazos, nuevamente la sensación en la espalda, el olor del aceite y del metal, el peso de la máquina. Una nueva misión bien orquestada, o no tanto porque me seguía inquietando la razón de por qué estaba vivo.
La ví salir como cada día por la misma puerta. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y una tremenda duda sobre lo que estaba ocurriendo. Contemplé su precioso rostro por la mira telescópica, el rostro que había besado, acariciado, contemplado y amado. Contuve la respiración, las lágrimas y el temblor de mis dedos. Un instante y la sangre brotó de su cabeza descompuesta. Apenas pude levantarme para huir y cumplir la segunda parte del plan. Por fin me recompuse e hice maquinalmente lo que tantas otras veces. Me dirigí al tránsito…
Esta vez no había intentado matar una duda, esta vez había matado la razón de mi existencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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muy bueno!! es el pr…

muy bueno!! es el primer relato tuyo que leo, voy a leer los demas y escribir mis comentarios, de verdad me gusto


| Enviado por Pisquiote el Sáb, 09/02/2008 - 07:03.
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INCREÍBLE!!!

Me duele incluso a mi, estoy en tu mente; siento lo que dices. Me vuelvo loca. Es tan real... Enorabuena!!! Me voy a por otro! Un beso!


| Enviado por Perleta el Vie, 23/05/2008 - 07:19.

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