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Viaggio in Italia



Viaggio in Italia

Una iglesia de Roma. Suena una orquesta mientras se cantan arias con cierta picardía, de óperas como Carmen o La Traviata. Los intérpretes se intercambian miradas cómplices y hacen gestos de coquetería.
Hay dos jóvenes entre el público, una pareja. Se emocionan con la música, sienten deseos de cantar, las lágrima saltan de sus ojos, mientras sus manos se estrechan con fuerza. Terminan las arias y el público pide a gritos un bis. Vuelve a sonar y todos cantan. El público rompe en aplausos. Están conmovidos, excitados. Salen agarrándose de la cintura, sin parar de mirarse. Llevan la música en el corazón, el erotismo que sugieren las arias. Se apartan hacia la zona trasera de la iglesia y empiezan a besarse en la penumbra, mientras su respiración se entrecorta.
Extasiados por la música, la iglesia, la oscuridad, no pueden evitarlo. Se besan por el cuello, se acarician. Él la alza contra la pared y la penetra con ferocidad mientras ella gime levemente, esforzándose en que nadie les oiga. Al final, ella pega un grito y él continúa ya sin pensar en el entorno. Se han olvidado por completo de lo que hay alrededor.
Se van al hotel, cogidos de la mano, felices, mientras ella apoya la cabeza en el hombro de él.

Una banda ambulante toca tangos con un acordeón, una guitarra y un saxo, en la Piazza Navona. Ellos dos se ponen a bailar como si nadie más existiera. Sin cruzar una palabra, mirándose enamorados y dejándose llevar por la plaza en Roma. La ciudad eterna, de italianos emocionales, apasionados del arte y de la música. Cada calle un poema, cada iglesia una obra maestra. Todo exquisito y refinado, mezclado con un delicioso caos. Y dónde lo más hermoso, son ellos dos.

La habitación de un sencillo hotel, de noche. Están discutiendo. Uno de tantos malentendidos. Él se frustra al ver que ella no parece escucharle, entenderle. Las mismas explicaciones acerca de algo que no debiera tener más importancia. Aún no se conocen lo suficiente. Se gritan un poco. Al final deciden irse a la cama, cada uno a un lado, casi sin hablarse. Pasado un rato, ella olvida por completo la discusión. Él, sorprendentemente es el que no puede dejar de pensar en ello.
Ella se le acerca con palabras cariñosas,voz sensual y sintiendo apetito sexual. Quizás por la discusión, quizás porque sabe en el fondo cuánto le quiere y que nada de lo que él diga o haga, tiene una mala intención. Pero él no está por la labor. Se siente herido, que ella le juzgue le ha dolido. El hecho de que la persona a la que quiere, no parezca comprenderle por mucho que se lo explique. Ahora ella ya le comprende, pero él es orgulloso y la rechaza. Ella insiste. Ni siquiera él puede decirle que no. Es su hombre, le pertenece. Busca darle y tomarlo todo. El rechazo de él no la amilana y al final, él no puede resistirse más y se entrega. Por haber luchado por lo que es suyo, esa noche la admira y quiere más que nunca.

Un restaurante en la Plaza de San Marcos. Es muy caro, típico para turistas. Ella misma se inquieta de que se peguen ese lujo absurdo. Se está muy bien observando la vida de la hermosa ciudad, desde un sitio cómodo, con músicos tocando, velas en cada mesa y manteles de rojos colores. A él ya no le importa el dinero. Hubo un día que sí, pero ahora está con ella. Quiere verla feliz, al menos durante un día, tirar el dinero le parece algo trivial. Le basta con estar con ella.


Florencia. Caminan por el Ponte Vequio, atestado de turistas. No les importa. El puente les encanta, con sus luces, sus vistas del enorme río que atraviesa la ciudad y los variopintos personajes que cruzan por ahí. Pasan cerca del descomunal Palacio viejo, para llegar a la plaza del Duomo, dónde se sientan a comer un vulgar calzone mientras observan la belleza de la catedral. Varias veces la han visto antes, pero nunca estando enamorados. Y todo parece más hermoso.
Ascienden a lo alto de la cúpula del Duomo. Desde allí hay una vista panorámica de la ciudad. Ella se apoya en la barandilla para mirar a la gente que hay abajo. El viento hace ondear su larga cabellera. Él sólo puede observarla sonriendo. Ella le devuelve la sonrisa y le clava sus preciosos ojos, sin apartar la mirada. Él nota cómo se desmonta su espíritu. No ha sentido mareos viendo una de las ciudades más hermosas del mundo, pero ahora sí, sintiendo en lo más profundo de su ser aquellos ojos felinos, inteligentes, llenos de valor y cariño. Se marea tanto, que se cae por la barandilla al vacío, ante el espanto de ella.


Es Madrid. Aún no ha pasado nada y están conociéndose. Apenas se han visto en los últimos años. Quedan para tomar una cerveza y hablan un poco de todo. Él no consigue estar tranquilo y saca los temas de conversación más dispares, demasiado incisivos como para que ella no se sienta incómoda, acosada y juzgada. Cuanto más intenta solucionarlo él, más se pone en evidencia, más saca un lado suyo que no es del todo propio de él. Sus amigos y amigas dicen que enamora cuando habla, pero ante ella no es capaz de ser natural. Es la única mujer que consigue inquietarle, atraerle. Teme y desea cada minuto que pasa con ella y todo le sale mal. Tras despedirse de ella, se pasará días y semanas pensando en que esta vez ya la ha perdido para siempre, que no están hechos el uno para el otro y se hundirá en la tristeza.

Está cansado de su juego. Lleva años intentando verla más, comprenderla, conocerla, pasar tiempo a su lado. Pero no lo consigue. Demasiadas obligaciones, demasiados amigos con los que competir y de los que escuchar monsergas acerca de lo maravillosos que son. No entiende por qué si lo son, ella tiene diversos momentos de debilidad y le habla de cosas que no debiera, que en otro momento le ocultaría. Se siente usado, un mero juguete en manos de ella, que parece querer tenerle pendiente o quizás darle otra oportunidad. Él no lo sabe, pero está cansado. Son ya demasiados años perdidos, por un sueño imposible, por una fantasía difusa. Decide quedar con otra chica, más guapa, mucho más amable y que sí que muestra un cierto interés aunque lleven ya tiempo hablando de quedar. No le prestó suficiente atención por el recuerdo del que parecía ser el amor de su vida, pero está harto y decide quedar con ella.

Él ha quedado con otra. Ella lo sabe, porque casualmente le ha preguntado lo que haría ese fin de semana. Una de tantas de sus contradicciones. Siempre le pregunta lo que va a hacer, a pesar de que luego no tiene intención o posibilidad de verle. Él intenta disimular. Le fastidia decirle que queda con otra. Quizás porque ella rara vez le habla de su vida privada. Quizás, porque le parece un poco infantil intentar ponerla celosa con algo así. Pero ella parece intrigada, fingiendo no importarle, pero intrigada, e insiste en preguntarle en con quien ha quedado. Él le dice que con una conocida, aparentando no darle importancia a contárselo. A ella parece fastidiarle, pues no le pregunta más, ni hace alguna broma al respecto. Él duda. Es capaz de cancelarlo todo, si ella le muestra una mínima posibilidad. Pero ambos son demasiado orgullosos.

Ha quedado con otra. Ella lo sabe, pero no dice nada y sorprendentemente le desea el mismo día, que se lo pase muy bien. Todo suena raro, acostumbrados a hablar con poca frecuencia a pesar de los años. Su relación siempre ha sido rara, absurda en muchos sentidos. Ni son amigos, ni son amantes. Meros conocidos que hablan de vez en cuándo y discuten con fiereza, pero nada más. No confían el uno en el otro. Él cree seguir amándola. Ella no se sabe lo que quiere. Pero ha quedado con otra y se la lleva a un local flamenco, como tenían pensado. Se lo pasa estupendamente con esta chica con la que no había salido nunca antes y con la que no se siente tenso, ni frustrado al no poder hacerse entender. Todo fluye de forma natural y agradable, mientras la otra, se queda en casa, rechazando los múltiples planes que le han propuesto, sintiéndose rara o quizás algo molesta.

10º

Ella le llama al día siguiente de que él quedara con la otra. Está nerviosa y no sabe qué decir. Algo la corroe. Él está asombrado de que le llame. Se vieron no hace mucho y espera no verla hasta dentro de bastante y eso, sólo si él va a dónde ella esté con otra gente o se invente algún plan fabuloso para tentarla. Ella le habla de quedar para hacer algo que tuvieran pendiente. Él ya daba por sentado que eso estaba cancelado. De todos modos, no pueden ir el mismo día, por lo que le explica que habrá que concretar un día. Ella le dice de quedar hoy, para hablarlo. Él no entiende nada, pero acepta, aunque sólo sea por curiosidad.
Quedan en un irlandés, se sientan en una mesa y hay mucho ruido de fondo. Ella no sabe cómo empezar. Él, por una vez, no dice nada a pesar de que siempre se siente obligado a empezar cualquier conversación estúpida de la que luego se arrepentirá. Pero está callado, mirándola a los ojos, a pesar de que siempre rehuía su mirada. Sigue enamorándole con esos ojos, que reflejan tristeza, aunque tras la maravillosa noche anterior, se encuentre mucho más relajado en presencia de ella, pues ya todo le da un poco igual. Ella tampoco sabe lo que decir y rompe a llorar. Él por fin comprende e instintivamente la abraza para darle consuelo, sin saber qué más hacer. Se besan dulcemente, con lágrimas en los ojos de ambos.

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Pero resultó que nada de esto había ocurrido. Sólo era el producto de la imaginación de un borracho amargado que perdió el amor de su vida hace tiempo y no supo encontrar otro.
La vida se le habrá escapado en un suspiro y también la de ella, que no valoró su amor y se pasó el resto de sus días dejándose usar por sueños imposibles de una adolescente reprimida.
Y ambos se irán a la cama con deseo, sintiendo que la mejor parte del día es cuando duermen y sueñas estas bonitas historias, algunas fruto de la imaginación de ella y otras de la de él, entremezcladas como una sola historia de ficción de dos cobardes imbéciles.

 

 

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