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A.

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A., mujer de 39 años de edad. Natural de O., pequeña ciudad al oeste de Bulgaria. Sus padres trabajaban en una fábrica, los dos. Ambos procedían de distintas aldeas del interior del país. Eran poblachos con cobertizos hechos de tablones de madera, a los que llamaban casas. Procedían, igualmente, de familias de campesinos pobres. Generaciones de labriegos atados por la necesidad a una tierra que solo dejaba de ser estéril por el trabajo sin descanso de sus propietarios. Los padres de A. Eran hijos tardíos de proles numerosas, constantemente acosados por las enfermedades. Con el desarrollo del país, y de todo el continente europeo después de la Segunda Guerra Mundial, se empezó a industrializar toda una zona que subsistía con una agricultura y una ganadería tradicional. Al estar Bulgaria dentro de la órbita de poder soviético recibió muchas ayudas e inversiones para mejorar la economía deficiente del país.

Se colectivizaron las explotaciones agrícolas y se crearon fábricas modernas en varias ciudades. Dentro de un control, por parte del estado, muchos jóvenes búlgaros pudieron abandonar las comarcas rurales y conseguir puestos de trabajo en las factorías, confiando en que les depararía un porvenir más alagüeño.

Los padres de A. Fueron unos de entre ellos. Coincidieron en la misma fábrica, se enamoraron y se casaron. Las autoridades les concedieron un piso en un barrio de nueva construcción, hecho ex profeso para todos los campesinos que llegaban a la ciudad. No era un apartamento lujoso, pero contenía en versión reducida y barata todas las comodidades que vendía como tales la vida moderna. La joven pareja estaba feliz con su cambio de vida, con su mejora en el status social. También sus respectivos padres estaban orgullosos y contentos, por lo que no tardaron en tener hijos. Planificaron tener dos, un niño primero y después una niña, si era posible; no querían imponerse las enormes cargas que habían soportado sus progenitores. Pero tampoco hubieran podido tener más, ni sus sueldos ni el pequeño apartamento lo permitían.

En 1967 nació su primer hijo B., un varón. Fue motivo de gran júbilo por parte de las dos familias. Se reunieron para celebrarlo con una comida en un pequeño restaurante en el propio barrio en el que vivían los nuevos padres. Los abuelos llegaron en autobus, después de un viaje de más de siete horas, con un sobre pequeño que contenía gran parte de sus ahorros. Ese dinero serviría para ayudar en sus estudios al pequeño B. Toda la familia tenía muchas espectativas sobre el futuro del pequeño. Desgraciadamente los abuelos tuvieron que repetir el viaje a los pocos meses. B. murió aquejado de una enfermedad repentina.

Sin embargo en 1969 la mujer volvió a dar a luz. En esta ocasión nació A. Una niña. No hubo reunión familiar para celebrar su nacimiento, ya fuera por evitar recuerdos dolorosos o por una especie de temor supersticioso.

A. creció son problemas y con relativas comodidades, debido a que era hija única, que no primogénita, y a que sus padres nunca volvieron a plantearse la posibilidad de un nuevo embarazo. Solo un descuido fue el responsable de que la madre de A. dejara el luto y la depresión que no la abandonaría nunca.

A. estudió en el instituto químico de la ciudad. Eran los estudios que cursaban la mayoría de los adolescentes, pues coincidían con las características de las industrias de la región. A. tenía, sin embargo, aptitudes para poder acceder a una facultad de química en la capital de país, pero la cada vez peor situación económica y política solo le permitieron terminar dos cursos. Sus notas fueron brillantes, y sus profesores la apoyaron hasta el final, pero eran un caso como otros miles.

Recurriendo a los ahorros que heredó de su difunto hermano b. y gracias a unos pariente que desde después de la guerra vivían en Italia, consiguió un permiso especial para continuar sus estudios en una pequeña universidad del norte de Italia.

Salió de Bulgaria en el verano de 1990, dejando un país que daba inequívocos síntomas de colapso. Aprendió italiano con soltura, pero sus parientes no tenía ingresos suficiente como para costear sus estudios y tuvo que renunciar a parte de sus clases para trabajar como limpiadora en una pequeña empresa.

La situación en Bulgaria empeoró mucho. Cerraron muchas fábricas, entre ellas en la que continuaban trabajando sus padres. Se vieron obligados a vivir en la aldea de los abuelos maternos de A. Pero sus ingresos eran casi nulos. A. suspendió temporalmente sus estudios y se dedicó en exclusiva al trabajo para poder mandar algo de dinero a sus padres.

En Italia se relacionaba principalmente con la pequeña comunidad búlgara que había allí. También tenía amigos italianos, compañeros de trabajo, y asistía a cursos gratuitos sobre química que ofrecía una fundación de la universidad. Tuvo un novio italiano. Llevaba en el país cinco años y lo conoció a través de unos compañeros comunes de unos de esos cursos. Pensó en un par de ocasiones hacer un viaje junto a él a Bulgaria, para que lo conocieran sus padres, pero la falta de dinero y la cada vez peor situación del país no lo hicieron posible. El noviazgo se alargó.

Con los años el número de inmigrantes búlgaros que llegaba a Italia aumentaba, y entre la primitiva comunidad inicial se empezó a generar un ambiente de inquietud. Por el mismo trabajo, los sueldos eran cada vez más bajos. A A. el sueldo de limpiadora ya casi no la permitía ayudar a sus padres, y escuchó los consejos que le dieron sobre que viajara a España, sobre que allí habían llegado hacía poco compatriotas que hablaban de trabajos mejor pagados.

Con esa idea se despidió de su novio, creyendo que podría regresar al cabo de unos meses. Era la primavera de 2005.

Unos conocidos que tenía en la ciudad italiana le pusieron en contacto con un matrimonio que trabajaba en la costa del Mediterráneo en España. Cuando llegó la ofrecieron un trabajo de camarera en un restaurante cerca de una playa. Pero ella ya no era tan joven, ni tan ágil como requería el trabajo. Aguantó unas cuantas semanas, ganó el dinero que esperaba, pero su jefe no lamentó su marcha; prefería una muchacha de mejor presencia física.

Encadenó un par de trabajos similares en lo que duró muy poco tiempo, de cualquier modo al acabar el verano este tipo de ofertas desaparecieron. Entonces siguió hasta una ciudad del interior a el matrimonio que la había conseguido el primer trabajo como camarera. Ellos hacían eso todos los años, el verano en la costa ahorrando dinero, y el resto del año en el interior, donde el trabajo no era tan bueno pero la vida era más barata.

A. consiguió un trabajo de limpiadora nuevamente. Su vida era sencilla. Compartía un apartamento con el matrimonio, se relacionaba con los pocos búlgaros que había en la ciudad y se pasaba las mañanas limpiando. Más por curiosidad que por otra cosa empezó a aprender el castellano veía programas para niños en la televisión y compraba revistas con muchas fotos, de las que solo leía los pies. El resto de búlgaros se apañaba añadiendo alguna palabra nueva a lo que sabía de italiano.

Cuando limpiaba colegios A. trataba de hablar con los profesores. Lo hacía para avivar las ascuas de su orgullo, no en vano había ido a la universidad hasta hacía unos años. Con algunos profesores era más fácil hablar, con otros no tanto. No obstante hizo amistad con un profesor, ya mayor, de química y física. Era educado con ella y al hablar la obligaba a recordar conceptos de la química que se le iban olvidando. La animó para que diese algunas clases de apoyo a alguno de sus alumnos, pero A. no se sentía muy segura hablando castellano. Lo que sí logró el profesor fue conseguirla una beca para que ayudase como auxiliar en un laboratorio de la facultad de química. Era algo muy sencillo para ella, y el poco dinero de la beca viajaba integró hasta Bulgaria, pero para ella era suficiente superar la rutina mecánica del trabajo de limpiadora.

El verano del 2007 siguió otra vez más al matrimonio hasta la costa para trabajar como camarera. Pero le fue muy dificil encontrar trabajo, ya era bastante mayor y solo logró un sueldo más inferior de lo que esperaba. Ese fue el último año que lo hizo, en adelante prefirió quedarse en el interior, limpiando y ayudando en el laboratorio durante el verano.

El verano de 2008 algunos de sus amigos se acercaron a la casa que compartía con el matrimonio, que estaba trabajando en la costa. Hacía un par de días que no la veían por un bar en el que coincidían después del trabajo. Llamaron a la puerta a pesar de que no se oían ruidos desde el interior. Asustados, al fin, llamaron a la policía. Dentro la encontraron muerta dentro de la cama. Un infarto cerebral la sorprendió mientras dormía, con toda probabilidad no llegó a darse cuenta.

A. no tenía ahorros, el dinero que la sobraba lo enviaba sus padres, ya ancianos. No había medio para repatriar el cadáver, ni tampoco para enterrarlo en esa ciudad.

La comunidad búlgara hizo una colecta para reunir el dinero, la mayoría llevados por un sentimiento de que ellos podrían, perfectamente, ser los próximos en regresar a su país dentro de un ataúd. El dinero reunido no fue suficiente y se buscó entre las amistades españolas de A. El profesor de química fue uno de los que colaboraron, aunque aún no había el necesario para la repatriación. Pasó el tiempo y no llegó a saber que había pasado con A.

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arcac

hola me gusto linda historia pero yo quiero saber que paso con A BESOS.


| Enviado por MONICA DENIS el Mar, 04/11/2008 - 17:37.

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