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Últimas palabras

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Todo el mundo espera expectante su discurso. Sin embargo deberé ser yo quien pronuncie antes una breve alocución. Es la costumbre; así viene establecido por el protocolo. Improvisaré unas palabras corteses, cómo no, donde no faltarán los buenos deseos para el futuro, por supuesto. Mil veces he hecho mil cosas parecidas y no me preocupa en absoluto; pura rutina. Y a pesar de todo no acabo de entender el porqué de mi perplejidad y la razón de que se acentúe más y más a medida que se acerca el momento. Esto es lo desconcertante, porque a lo largo de mi carrera he pasado por un sinfín de situaciones verdaderamente comprometidas con la más absoluta de las tranquilidades. Solo espero que no me tiemble la voz; me avergonzaría… Más de una hora por delante aún…, una hora eterna, cruel…

Voy a echar de menos esta vista. Sobre todo en invierno. Desde que llegué siempre he sentido una debilidad difícil de explicar por la naturaleza gris y desolada de este parque. Han sido tantos, los momentos de reflexión ante esta ventana, observando allá, a lo lejos, el torrente vaporoso e incesante de coches en su empeño inútil de llegar antes de las ocho a su destino. Viendo a la gente ir de un lado para otro todas las mañanas, con esa prisa aplicada y ordenada que sólo tienen las hormigas. Echaré en falta muchas cosas desde luego, aunque no serán las cosas que todo el mundo imagina. Añoraré las cosas simples. Este despacho, por ejemplo. Creo que con los años nos hemos ido haciendo el uno al otro. No puedo evitar sonreír al recordar cómo me costo adaptarme durante las primeras semanas. No podía concentrarme y el asunto se convirtió en un verdadero problema. Y esto a pesar de las reformas que se hicieron para acomodar el espacio a mis gustos y necesidades… Son muchas, las horas que he pasado entre estas paredes… Y es curioso, hasta hoy nunca había pensado en ello bajo este punto de vista.

Cualquier cambio supone abrir una puerta al miedo y a la incertidumbre. Siempre. Y también significa tener que afrontar una pérdida…, y poco importa que en mi caso se trate de una pérdida a plazo fijo, porque no por esperada resultará menos dolorosa. Mis ojos no podrán engañar a nadie; lo presiento. Casi lo deseo en realidad. Es verdad que nunca fui uno de esos meapilas de lágrima fácil, pero mis ojos van a ser el espejo del alma; no tengo la menor duda. El cruce de sentimientos que experimento es algo nuevo para mí y me sorprende sentir algo así después de tantos años, de tantas guerras. Pues ya ves, a pesar de los pesares me siento conmovido. Y la edad… creo que el paso del tiempo no me ha hecho más sabio sino más listo. Sólo más listo. Y lo voy a acabar pagando. De hecho creo que empecé a pagarlo hace tiempo. Sin ir más lejos este último año ha sido un infierno; sobre todo los tres o cuatro meses últimos. Se me ha faltado al respeto de una manera casi obscena y nadie de entre los míos ha movido un mísero dedo en mi defensa. Últimamente he sido un mero convidado de piedra a mi propio festín. Esos hipócritas insolentes y sus sonrisas tan reverenciales como falsas; es algo odioso, que no le deseo a nadie. Pero ahora no siento rencor. Ya no. Sólo pienso en marcharme rápida y discretamente y desaparecer al menos por unos meses. Alejarme de todo y de todos y recuperar la soledad. Volver a saber qué significa estar solo. Hablo de un tipo de soledad muy distinta a la que he vivido encerrado en esta torre de marfil, donde me he sentido solo muchas, muchas veces. La que yo ansío es una soledad expansiva, comprensiva…, propia. Elegida por mí entre el infinito de posibilidades que ofrece este mundo tan complejo y al mismo tan tiempo vacío… Pero no; no debería engañarme. Será mejor que no me pregunte siquiera si esa idílica expectativa, tan añorada, puede existir en realidad. ¿Lo era, aquella de mis años de juventud? ¿Aquella soledad de feliz ignorancia, de irresponsabilidad?… Claro que no; la que yo anhelo no es esa clase de soledad sino la del observador distante, la del lector relativo, intemporal… La de aquel cuya presencia resulta imperceptible porque su hábitat está en la periferia de los deseos, de las envidias, en el punto más remoto y al margen de cualquier asunto mundano… Una soledad blanca y sorda es la que yo quisiera.

Me siento aliviado, sin tensión, pero también me invade la melancolía. No puedo evitarlo. Y no es abatimiento, es… creo que es cansancio. Estoy muy cansado. Y harto, muy harto además. El ejercicio del poder produce una atracción magnética, casi irracional, y abandonarlo para dejar los resortes en manos de otro me produce una sensación de liberación y de tristeza al mismo tiempo. Y de rabia contenida. Es algo que jamás hubiera podido imaginar cuando llegué, hace ocho años. Cuando echas a andar por este camino nunca piensas en que tendrás que pararte algún día y ceder el paso a otro. Cuando empiezas lo sabes, claro que sí, pero es algo que percibes muy distante y que ignoras despreocupadamente. Interesadamente. Pero el paso del tiempo es inexorable y todo acaba llegando. Todo el mundo sabe que abandonar algo que amas o saberse abandonado supone morir un poco. Sentirse abandonado por el poder no tiene parangón alguno porque implica morir del todo, completamente. Es la muerte social, civil; la peor de las muertes. Ahora, mi único rastro por estas dependencias será mi retrato. Un retrato vulgar y anodino confundido entre decenas de retratos vulgares y anodinos olvidados hasta por el tiempo. Expuesto para no ser visto. Colgado en algún lugar invisible, como los demás. Inerte. Acartonado. Mi único consuelo es que a este hijo de puta le pasará lo mismo dentro de unos años… Un cuadro… Ni siquiera el eco de un fantasma…

Bueno…, creo ya es la hora…

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