Ahora
Parece mentira. Después de tantos años. ¿Cuántos? No sé, perdí la cuenta. Fueron muchos encuentros espaciados, que se sucedían año tras año, sin fecha fija, sin marca en el calendario, simplemente guiados por casualidades que nos acercaban y nos alejaban de igual manera. La casualidad te trajo aquí, el azar te hizo trabajar cerca de mí. Ahí comenzó todo. O tal vez comenzó antes. O nos conocimos antes y sólo en ese instante nos reconocimos. Reconocimos el alma gemela que tanto ansiábamos, pero era pronto, o inapropiado, o extraño simplemente. Supimos que éramos uno, que todo a nuestro alrededor sobraba, pero nos pareció extraño y sorprendente, y por mirar las cosas a través de los ojos de los demás no hicimos nada. Siempre supimos que había algo especial, siempre supimos que éramos especiales. Tú para mí, yo para ti, los dos juntos éramos especiales, aunque no estuviéramos juntos. Pero te alejaste y la rutina diaria se convirtió en fugaces encuentros semanales, que se fueron distanciando hasta ser tan lejanos uno del otro que ni siquiera podía contar los días. No te alejaste por voluntad propia, tu trabajo cambiaba de lugar constantemente. No puedo culparte por no venir más a menudo por aquí, yo tampoco iba a verte. Nos alejábamos lo suficiente como para pensar que todo eran imaginaciones, ilusiones, pero nos acercábamos justo cuando empezábamos a olvidarnos. Y he de agradecerte que siempre fueras tú el que viniera. Yo nunca fui. Nunca busqué tu sitio, no me acerqué a ti. Tenía miedo, el miedo de siempre, de no saber qué me detenía, de pensar que podía equivocarme y que tú no eras el dueño de mi alma, como yo de la tuya. Estaba tan, tan segura de que éramos uno, que me aterraba equivocarme.
Siempre supe que tu mirada era especial. Profunda, oscura, intensa, mostrando tu alma y mostrándome a mí reflejada. Yo estaba en ti como tú estabas en mí. Pero sólo eran miradas, sólo eran intercambios visuales del alma. Cada vez que nos veíamos, un trozo de tu alma se incrustaba en la mía y de mí salía hacia ti parte de mi alma. Encuentro a encuentro, mirada a mirada, llegué a poseer tu alma por completo, y toda mi alma llegó a depositarse en todo tu ser. Éramos dueños el uno del otro, pero sólo en instantes fugaces. Nadie supo nunca el intercambio de almas que manteníamos. Parecía un simple juego, un coqueteo, una forma de simpatía, pero había más. Jugábamos con el alma, nos intercambiábamos pedacitos de vida, tocábamos el cielo durante apenas un segundo cada vez que nuestras almas, a través de nuestros ojos, llegaban a conectar. Era un instante fugaz, pero que quedaba grabado en el corazón. Así ocurría día tras día, así fue ocurriendo hasta hoy.
Acabo de morir y descubro que tú eras mi alma gemela, la persona con la que debía haber compartido la vida. Ahora. Ahora. Si no estuviera muerta, me quitaba la vida. Ahora que sé con seguridad que todo lo que sentía era verdad, que tú también lo sentías, ya no estoy. Ya no puedo ver tus ojos, ya no puedo jugar con tu alma, ya no puedo prestarte mi alma. Ahora sé que debía haberme acercado, debía haberte hablado, debía haberte buscado, debía, debía, debía,… Ahora. Ahora lo sé. Demasiado tarde. Perdí la vida soñando contigo, malgasté mi tiempo intentando sacarte de mi mente ya que no podía sacarte de mi corazón. Busqué nuevas almas con las que jugar, pero nadie era como tú. Aparecías cuando ya no pensaba en volver a verte, y comenzaba el juego durante un instante, y acababa en ese instante. Encendías mi alma, alborotabas mi mundo y desaparecías. Y en lugar de buscarte, de continuar con el juego, de avivar las llamas del alma, me ocultaba en lugares oscuros y fríos para apagar el más mínimo recuerdo tuyo. Pero era imposible, porque cuando lo conseguía tú volvías de nuevo, volvías con tu fuego y yo seguía impasible, quemándome sin reaccionar. Y ahora sé que si te hubiera seguido, si hubiera dicho tan sólo una palabra, mis sueños hubieran dejado de serlo y se hubieran convertido en una realidad aún mejor de la que creó mi mente. Siempre me dio miedo que la realidad no se pareciera a lo que había soñado, y llevaba razón, pero no tenía por qué ser peor, porque mi realidad contigo hubiera sido mucho mejor que en mis sueños. Pero no di el paso que me faltaba para alcanzar la felicidad, estuve cerca, pero le di para atrás. Tú estabas como yo. No fue sólo culpa mía. Pero eso tú aún no lo sabes. Algún día lo sabrás, sabrás que éramos almas gemelas y que no llegamos a serlo porque ninguno de los dos se atrevió a hacer algo más que saludar. Algún día comprenderás, como yo acabo de comprender, que lo que sentías era real, que ese fuego que te consumía cada vez que nos encontrábamos era el mismo fuego que consumía mi alma. Y cuando lo comprendas será ya tarde, porque ya habrás muerto, y estarás como yo, perdido en un lugar en el que eres capaz de ver el pasado, el presente, el futuro, lo que es, lo que fue y lo que pudo haber sido, pero que no puedes hacer nada para cambiarlo, sólo puedes observar, comprender, entender y lamentar. Ahora ya comprendo, ahora lo lamento. Ahora, ya es tarde. Muy, muy tarde.
Valoración










Valoración, Votos
Sigue leyendo otros escritos de este autor!
- Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios
- 105 lecturas





ahora ya es tarde muy tarde....muy bueno tu relato te felicito besos.
- Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios
| Enviado por MONICA DENIS el Mar, 14/10/2008 - 21:07.Es agradable compartir los escritos y ver que son apreciados.
La soledad del escritor se vuelve menos solitaria.
Besos
- Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios
| Enviado por ausencias el Mié, 15/10/2008 - 19:58.