Al trote cochinero
Sin prisa, al paso,
a fuego lento y al baño maría,
a la menière, incluso.
Con la cadencia de un sueño,
de nubes de algodón quebrado,
movido por una leve, levísima brisa
con olor a limoncello lombardo.
Con la suavidad de la seda
que roza tus brazos, inquietos,
y la solemnidad de un minuto
que te mira, casi eterno.
El tiempo se desliza
por tu cabello, por la pestaña frontal
de tus ojos acaramelados
y siempre insuficientemente vivos.
Y ralentiza los días, las horas
las milésimas de segundo vacias
que habitan entre nosotros.
Veo luces azules que brillan
y fados tristes y acompasados
entre los dedos juguetones de tus pies
siempre fríos.
Y se alejan, se separan,
como continentes enfrentados
hace millones de años,
tan a poco a poco,
tan a poco a poco,
que puedo escuchar la hierba crecer
mientras espero tu dolorosa marcha.
Y sé que hoy no dormirás conmigo,
pero he pasado 10769 noches sin ti
y no me vendrá de una más.
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