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Alegoría de un encuentro

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Les unió la palabra, la metamorfosis de la tinta en pensamiento, el sueño escrito. Pintores fueron los dos de un mundo de fantasía, pincel fue la pluma y el lienzo fue el papel, fue el mundo. Despertaron los dos a las musas y las besaron dulcemente, les dieron ellas el saber eterno, la elocuencia de los sátiros. Boca fue la suya como fuente de dulce jugo, nacían de entre los labios hiedras de blanca flor, venían las mariposas a tomar del néctar. Hijos fueron estos de la luminaria que ennoblece el intelecto, don les fue dado, semilla en la testa plantada, gran árbol del verbo lustroso creció. Amantes de las letras, vosotros que llenabais este universo de la filosofía multiforme, cuan hermoso vuestro cuento les contaré hoy a los poetas que quieren que se les lea. Les hablaré de la doncella y del galán, leyenda esta de un amor perfecto. Haré sonar flauta para dar cuenta de lo bello de vuestro ser y vuestra gracia, harta gloria con la que ornasteis este espacio del hablar cambiante, de la idea voluble. Llegasteis los dos al paraíso del manuscrito etéreo, allí donde intentan los bohemios ser sentidos, ser amados. Largo tiempo pasó ya, vino el recuerdo y quiso llevárselo todo. No pudo, duro fue el golpe de las lenguas de cristal, sigue el perfume de los vocablos suspendido en el aire, lo huele este juglar del inconsciente. Fragancia de rosa y de lluvia…

Amigos, era ella como Luna, y gastaba las tardes cantándole al riachuelo, a la montaña, al Sol que en lo alto gobierna con soberbia. Era la melodía suya nombre, adjetivo que ilustraba belleza. Componía la oración cual partitura de músico virtuoso, cuadraba las notas de su sinfonía de mil expresiones. Zurcía con hilo de oro la gramática, mudaba lo escrito en dogma de ángel, proverbio de un santo dios. Bien parecía que no era su arte el de la literatura, os digo que se me antojaba dibujo mismo, delicia a los ojos, arpa en el oído. Princesa de los relatos campestres, reina de la poesía, llevaba puesta la corona del pensamiento ilustre, alta gentileza yo le prestaba. Y era tan hermoso que no creí serla mujer, ved que pensé serla ninfa o dama del mito. Tanta hermosura en el discurso suyo que creí yo cosa absurda; mirad que llegué a creer que le dictaba del firmamento un profeta, qué digo, la corte celeste entera le ungía con su santa virtud. Pero era yo único testigo de esta dádiva del cuello suyo, del seso suyo. Navegando por los mares metafísicos, ved que arribó al fin al castillo de las tres mil tribunas, cada orador en una, contaban tres mil. Y eran todos distintos, de lejos habían venido, otros de más cerca. En la piedra grabados sus nombres, sus sueños, la tierra que nacer les vio, el inventario de sus quimeras, los anhelos que azotaban sus almas. Pues viendo esto, sabed que tomó ella tribuna y escindió el pseudónimo con martillo y clavo, sangre suya manchó la roca.

Compañeros, era él soldado del término abstracto, lo puro de la escritura ambicionaba. Cerrábase el muchacho en su cuarto del fin del mundo, las manos danzando en las teclas del piano insonoro, pulsaban los dedos esta máquina nuestra del conocimiento intangible. Cuan majestuosa la libertad con que volaba el adverbio suyo, destreza en la doma del predicado. Mas no fue el azar quien te obsequió con la dialéctica, mucho rodaron las agujas hasta que se hendió el bolígrafo en el corazón mismo. Fue en noviembre, tarde lluviosa aquella, leías las metáforas de los poetas anónimos, de humo son sus cuerpos, es su voz cual aroma. Abriste entonces los párpados y fue el despertar jubiloso, tomaste lápiz, entonaste, por vez primera, música que se escribe sólo con letras. Devoto del concepto onírico y la ensoñación endeble, cuantos amaneceres dedicaste a buscar las esencias, alquimista de la grafía, arqueólogo de la matemática alfabética. Y siendo todo esto, albergando gran maestría en estos avatares, no sabía nadie del honor de que gozaba la dicción tuya, solitario peregrino en las llanuras retóricas eras. Cada día era tu labor más noble, luz misma de entre tus dientes brotaba. Cobijabas con recelo las joyas tuyas, tu cuaderno de utopías cerrado con llave. Poco después fuiste sensato. Necia había sido la tozudez tuya, la firmeza con que defendías al trovador de tu propio yo. Te acercaste de nuevo al castillo que en noviembre alumbró tu conciencia, abriste el portón, en las tribunas viste a los poetas, estrado tomaste tú.

Abril de rosas de y lluvia, sublime tu presencia, sembraste en los pechos de los poetas ideas de mil colores. Fue mientras tú reinabas cuando se lanzó la flecha, y llegó muy hondo, prendados quedaron los dos. Os digo que fue así: ya la doncella había hablado en el castillo cientos de horas, consumido se había el reloj mientras seguía ella componiendo la lírica formidable. Bajose de su tribuna y quiso saber como se admira el mundo cavilando de otros modos, como se estima la natura y el hombre, qué instrumento tocaban los otros poetas que esperan ser leídos. Caminaba entre mujeres que hablan de los eclipses cambiantes, jóvenes enamorados de chiquillas de la más alta torre. Y también varones sabios que relataban lo trágico, otros atendían a la maravilla del mañana. Anduviste, seguiste andando entre poetas, llegó entonces el milagro. Porque en la tribuna estaba él, y oíste tú su palabra, y lo puro de su verso te elevó al éxtasis, le dejaste una carta. Porque leíste tú la carta y fuiste a verla, y allí disfrutaste de la magia de su cantar, cientos de cartas le dejaste, ellas las leyó y releyó. Crecía la corte del castillo y vosotros cada vez más cerca, bien parecía que érais sólo uno. Un ansia, un afán, anatomía de la entelequia sólo una. Tú, hombre quedaste prendado. Tú, mujer, enamorada. Os dijisteis esto, yo lo oí: quiero leas mi alma, quiero que me ames.

Relato presentado al I Concurso de Relatos quieroquemeleas.com

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hutopia

MEJOR INGENIO QUE FUERZA!!!mi diez de corazon te dejo eres un genio escribienod besos.los tiempos verbales que uzas me encantan .


| Enviado por MONICA DENIS el Lun, 24/11/2008 - 00:40.

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