AMIGAS
AMIGAS Me agradó que encontrases mi diario; te vi acercarte y sacar con cuidado todos los libros del baúl, recordé las emociones terrenales. Me había sobresaltado al sentir como quitaban la pared que me había incomunicado del exterior. Te conocí al asomar por el hueco y observé como mirabas todo; te fuiste acercando y levantaste la tapa. Cogías cada libro con delicadeza, parecía que supieras que alguno se había convertido casi en polvo en aquella olvidada habitación. Me impresionó cuando exclamaste: pobres libros, condenados a morir emparedados.Dos ratones salieron de un montón de legajos. Mira Javier, señalaste a tu hijo que te acompañaba asustado, estos ratones deben de ser muy listos, se alimentan de palabras. Cuando asomó el hombre, presentí que no sería igual. Saca al niño de ahí y aprovecha la chimenea para quemar todo; no me gustó desde el principio. Saca al niño, no ves que puede coger cualquier cosa.Reconocí aquel tono de mando, lo había escuchado muchas veces, seguía sonando igual.Me alegré al ver como defendías mis libros, no tienen ningún valor, te dijo, solo servirán para que cojas alguna infección, a saber la de ratas que habrán pasado y de quién eran.Creo que son de quien escribió este diario, dijiste enseñando mis viejas cuartillas guardadas en la carpeta forrada de tela descolorida y amarrada con un lazo azul. Cuando el hombre volvió y metió todos mis libros y pertenencias en sacos me asusté como antaño; a ti te percibí temerosa, reconocí tu temblor y los latidos de tu corazón al esconder mi diario bajo tu jersey mientras, sumisa, echabas el resto al fuego.Me metiste en un cajón entre tu ropa, olía a lavanda y espliego, mis aromas favoritos. Me costó adaptarme a este ambiente nuevo, no reconocí ninguna estancia de mi antigua vivienda, nada me pertenecía, solo estaba atrapada en el diario; tu parecías saber algo. Pasaron dos días, vuestro ritmo me hizo recordar la sucesión de días con que os movéis. La casa estaba en silencio y me sacaste esta vez, de entre tu suave ropa, soltaste el lazo y esparciste sobre la colcha de raso de la cama mis notas; supe que estabas sola, también me resultó familiar la tranquilidad que respirabas, aquel hombre estaba lejos. Lloraste por mí mientras leías, mas tarde llorabas por ti; no sé cuanto espacio de tiempo nos separaba pero sentíamos lo mismo en vida, sentías pena por mí y yo sin embargo estaba asustada por ti. Volvió el hombre, se le notaba airado, no le viste llegar. Le molestó que hubieses guardado “esa inmundicia”. Te quise avisar de que no importaba, recogiste las cuartillas y le hablaste de ti y de mí. Se enfadó, te dijo que estabas loca, que eras una estúpida, que no servías para nada, que su hijo era un débil por tu culpa; querías decir muchas cosas, pero no te salía nada; guardabas las cuartillas entre tus brazos, te las quiso arrancar y tropezaste. Entonces me viste, no te asustes, susurré; te recogí en el aire y te puse en pie. Tomaste mi valor, el que yo había aprehendido muy tarde. Basta, exclamaste. Me gusta cómo disfrutas de tu nueva vida; no me has vuelto a ver pero yo si he visto la hoja nueva que has añadido a mi diario. Gracias amiga, escribiste al final.
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SE NOTA K TIENES TALENTO Y ENCADENAS MUY BIEN LA HISTORIA, ESPERO K TU TB T PASES A LEER MIS ESCRITOS (D MOMENTO 2) Y ME DES TU OPINION, FELICIDADES X LO TUYO!
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| Enviado por metal el Mar, 19/02/2008 - 15:54.