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Aquellos sueños suyos en la carabela

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Lucrecia estaba muy ocupada soñando que sus piernas se llenaban de escamas y sus pies se transformaban en una enorme cola de un pargo rojo, y asustada miraba como su cuerpo se llenaba de un raro color rosado y sus ojos se volvían azules y su larga cabellera brillaba como el sol. Cuando trato de nadar sintió que algo le impedía moverse. Era una enorme cadena que llevada como pulseras en sus muñecas, pero la cola de pargo rojo la ayudo a nadar convertida en una sirena triste y abandonada.

En su sueño aparecía sentada mirando asombrada la larga cola de pescado y las enormes cadenas que la aprisionaban a la orilla de una isla donde un triton se transformaba en un viejo jardinero que tenía colgada una tela que abrigaba su vergüenza. El viejo jardinero aparecía llorando sobre una rosa seca. La imagen del viejo jardinero se desvanecía sobre el horizonte cuando se apagaban las estrellas fugaces en la boca del cielo, mientras las nubes se arropaban con una lúgubre sabana. Se despertaba inquieta.

La otra noche volvió a ocuparse de sus extraños sueños Las olas inquietas la envolvían con las espumas para provocar en ella el clímax al acariciar unos caracoles extraños y excitados. A lado de ella los umbrales de las enormes conchas se abrían y se cerraban una y otra vez para que los enormes tiburones bailaran horizontalmente con ella sobre un lecho marino de algas. Ella convertida en una sirena caía en las aletas de un tiburón que se desvanecía bajo un manto de burbujas para transformarse en un conquistador de ojos rojos. Lucrecia tenía que cumplir una vez más con los sueños eróticos de sus amores improvisados. Una vez más sentía que fallecía ahogada sobre el lecho mojado de las algas.

Para Lucrecia sus amaneceres tenían aromas de un “hasta la vista”. En las noches ella como de costumbre escondía tras el humo del cigarrillo una tristeza lejana y misteriosa. La chicha de caña a las pocas horas volvía a endulzar sus sentidos para ofrecer su sonrisa mágica en otra noche de candilejas y amores alquilados a los conquistadores impacientes. A pesar de la cumplida bienvenida de su rostro, un silencio lúgubre largo y frió otorgaba a los rostros provocados que en pocas horas buscarían un dialogo con ella. Para Lucrecia los sueños siempre regresaban. El sueño que colgaba en silencio en sus noches de fantasías era regresar a su lejana y conquistada tierra. Esta noche volverá a soñar sobre su almohada húmeda llena de besos e historias extrañas. Afuera el viento otorgaba un silencio porque el sueño de Lucrecia tiene aromas de una tristeza solitaria y de caricias que lastiman sus recuerdos. De pronto se siente liviana porque el vientre ajeno en el amanecer se iba y se fue sin ella, sin Lucrecia, dejándola sola, arropada con el aroma de los cigarrillos y con el aliento de la chicha de caña.

Augusto Burgos la veía abrir y cerrar tantas veces la puerta con sus ojos abatidos y llorosos. La nativa llego con su rostro de luna asustada en “La Niña” que navego sobre un océano enojado por el rapto diplomático. Cuando la nativa llego a la “madre tierra” de Augusto Burgos no tenía ese nombre de Lucrecia. Augusto Burgos sabía que Lucrecia (él la bautizo con ese nombre) ocultaba un secreto, pero a él sólo le interesaba que ella cumpliera con el contrato y por eso como un proxeneta la vigilaba todas las noches para que cumpliera con sus amores alquilados y así obtener una ganancia con su desgastado aliento de muchacha.

Lucrecia se acostumbro en las noches de candilejas a escuchar las historias de hombres frustrados y picantes, que terminaban murmurando sobre su tímpano sus deseos ocultos. De un golpe de caricias lograban alterar sus sentidos para entregarse sin ningún esfuerzo alguno al desfile de conquistadores clandestinos de amores alquilados y se quedaba callada para mirar navegando en el infinito sus pequeños recuerdos que la lastimaban. Lucrecia se despertada con su cuerpo hecho trizas como una tarde de sol ardiente que brillaba en jirones por una improvisaba lluvia, como una mariposa desteñida buscando fenecer sobre el suave pétalo de su imposible deseo: la libertad.

Augusto Burgos trajo a la india que todavía tenía un cuerpo de chiquilla con engaños y la bautizo con el nombre de Lucrecia dizque para casarse y darle una vida llena de amor que recibiría de parte suya como un amante esposo. Pero lo primero que hizo cuando piso tierra el hijo de su padre y madre fue hacer un trato con el dueño de la taberna “La Carabela” para que Lucrecia trabajara alquilando su frágil cuerpo de adolescente.

La vio abrir y cerrar tantas veces aquella puerta con sus ojos tristes y llorosos, pero nunca pensó que una noche Lucrecia abriría la puerta y la cerraría para siempre, que ese deseo oculto de su libertad definitiva la cumpliría de pronto con su suicidio. Aquella noche hizo realidad aquel sueño suyo dejando “La Carabela” Dejó colgada su cuerpo mientras de forma etérea nadaba como una sirena buscando su libertad.

Masmala

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