Aromas
¿Dónde estoy? ¿A dónde me han llevado? Oscuro es el lugar, no hay luz que puedan mis ojos ver, que creo que estoy ciego, salidas no hay. Pues ahora al suelo caigo, consternado estoy, ¿quién tan mal me quiere? ¿Quién tanto me odia? Grito, se pierde mi voz, grito, nadie contesta, y mucho que mi voz los llama, y sigue todo igual, negro es el sitio, ya empiezo a pensar que escapar no podré. Y entonces, algo surge de lo más hondo, que bien lo percibo, que os digo que en este sitio solo no he de estar, pues mi piel lo ha sentido, lo ha olido mi nariz. Este aroma que enloquece, aroma de las mil flores que crecen en los jardines mÃticos, perfume que turba la mente, que me ha hecho levantarme otra vez del suelo, que ahora deseo sólo oler la fragancia más de cerca. Y ya estoy andando por donde creà no hubiera caminos, que la esencia me ha agitado el alma, que parece ya que no quiera nunca morir por deleitarme oliéndola. Y es cada vez más fuerte el perfume, y cuanto más ando, cuanto más me pierdo en las tinieblas, más de este aroma quiero saber, conocer quien porta el bálsamo, dama de alta alcurnia se me antoja. Pues sabed que de golpe el aroma ha cesado, que ya no atormenta dulcemente a mi nariz, pareciera que el viento consigo lo ha llevado, mas cosa asà no puede ser, que viento aquà no hay, que solo la oscuridad y yo estamos. Caigo al suelo otra vez, entonces quedo dormido, sueño con lo etéreo del perfume, me cuenta una voz esta historia.
HabÃa en la colina del fin del mundo una casa con tejado de argento, eran las puertas de oro, rubÃes en las ventanas, el cristal de éstas de diamante dicen que era. Y la madera que dentro habÃa no era de la que todos tengan, ébano mismo, madera de dioses, los muebles joyas misma parecÃan. Quien la contemplara de lejos o de cerca pudiera pensar casa de ángel estar viendo, pero no era asÃ, que aún siendo hermosa, viven los ángeles en las nubes, allà dominan el basto Universo. Pues en la fastuosa morada quien vivÃa era un niño, muchacho que casi joven era, catorce primaveras visto habÃa. Viviendo allà mucho tiempo llevaba, que no recordaba el muchacho otro lugar en el mundo, que en la casa nacido habÃa, y crecido, que tampoco deseaba de allà marchar, quizás muriera en el lugar mismo. Sabed que el niño tenÃa un don, que el don no era la música, tampoco la habilidad con el pincel, ni las letras le habÃan dado célebre nombre, pues que el niño, y supongo que sabréis pues por ello es harto conocido, era jardinero, y no habÃa flor que en su jardÃn no estuviera. Mas no era el niño jardinero de los campos comunes, que su virtud era mucha, que me gustarÃa que el jardÃn hubierais visto. Yo, que bien lo vi, aún sigo creyendo haber estado en vida en el paraÃso.
Era el vergel tan grande como la pradera que llega al horizonte, mas tenÃa fin, que se veÃan a lo lejos el vallado de oro que el jardÃn cercaba. HabÃa al entrar rosas de mil colores, y después orquÃdeas, y grandes lirios de la tierra germinaban, pues vi también claveles y azaleas, y azahares mil, contemplé tan hermosas flores que no podrÃa contaros yo en un año lo que mis ojos pudieron ver. Eran los pétalos cual piedras preciosas, gruesos, brillantes, alguno por caramelo hubiera tomado. Ãrboles también habÃa, y florecidos estaban algunos, de otros pendÃa ya la fruta. Y vi naranjos y su blanca flor, manzanos ver también pude, y cerezos, sus hermanos los madroños, higueras y un enorme peral. Ya os digo que tiempo no hay para que todo lo que en el jardÃn crecÃa os pueda yo contar, pensad sólo que no faltaba nada, planta de la que tengáis conocimiento cierto, planta que en el vergel visto hubierais. Gran fuente de mármol blanco en el medio, de cuatro mujeres de piedra hecha, enorme cántaro de bronce sostenÃan. Pareciera que el cielo anhelara alcanzar la fuente, que muy alto llegaba para verter el agua fresca y pura, jugo cristalino, lágrimas de diosa que fluÃan después entre la tierra cruzando cien canales; asà era como tan bellas plantas crecer magnánimas habÃan podido. ¡Ay de su aroma! No puedo dejar de contaros por ser justo, que era el perfume cosa en palabras indescriptible, que bien pareciera que la esencia de las ninfas estuviera yo oliendo, que caminando por el jardÃn, eran los aromas cosa mÃstica, almÃbar para la boca, se turbaba la conciencia con tal alegorÃa de fragancias. Y el estallido de color era también soberbio, sin ser santo mártir el éxtasis padecÃ, que era el jardÃn lienzo del pintor majestuoso, que tantos tonos y tanta variedad de color habÃa que hasta el arco iris se retorcÃa de envidia. Rojo de rubà y azul del mar sacro, verde de los montes vÃrgenes, naranja resplandeciente como el del mismo Sol. Y amarillo y púrpura, marrón también. Y cada uno mil veces repetido en cada rincón, se asemejaba el jardÃn al tapiz que tejen las diosas. Cientos de abejas en las flores ahora estaban, bebÃan del néctar, de él harÃan la más dulce de las mieles que el hombre puede degustar. Y agitaban las alas los preciosos pájaros que en las ramas del árbol estaban, y allà entonaban sus melodÃas, más precioso hacÃan el lugar, que aquello ya no era jardÃn, casa de los dioses ya era.
Dedicaba el muchacho horas y horas de reloj a la laboriosa tarea de mantener el jardÃn siempre hermoso. Pues labrar la tierra yerma debÃa, cultivarla después con nuevas semillas, crecerÃan asà las flores, parejas a sus hermanas debieran ser. Y para ello las cuidaba el niño cual si humanos fueran, que decÃan que hasta las besaba para contentarlas, que lavaba los tallos uno a uno con paño de seda, que les cantaba de vez en cuando a las árboles y a las flores para que mayor fuera su esplendor y su fuerza, hay quien dice que a las mismas ninfas convidó para que al jardÃn le bailaran una noche. Tan pulcro cuidado merecÃa de un jardÃn como del que os estoy contando, que cuando amanecÃa el Sol y su luz a las flores despertaba, era como oÃr al ángel tocar con su arpa la partitura que despierta a la doncellas del sueño eterno, y el aroma cada dÃa era más intenso, más flores crecÃan, ebrio de olor quedaba el que andaba ligero en el jardÃn. Esencias de una dimensión que no conoce el hombre, olerlas y volar del mundo se pudiera; jardÃn del niño, lugar de ensueños, émulo del paraÃso. Pues tan célebre llegó a ser este páramo de olor y de color que se corrió la voz de que no habÃa en toda la tierra lugar donde el perfume fuera más perfecto, que ni la rosa ártica este aroma tiene, que ni del néctar de las amapolas azules pueden los pastores hacer miel como la que el niño con sus flores hace. Se han atrevido algunos a llevar la fama del jardÃn más lejos: que osan decir que la diosa florida ya no tiene el mejor perfume, que su cuello con fragancia aderezado ya no guarda el formidable bálsamo, ¡ay, que ha dicho uno que el jardÃn huele mejor!
Habiendo llegado tales clamos a orejas de la diosa, sabed cuan enfurecida ahora está, que dicen que ha rasgado sus vestiduras y los ojos los tiene de odio negro, que ha oscurecido el cielo de donde ella está. Ha mandado que se sepa si cierta es la acusación, y ya vuelan los querubines que siempre la acompañan, que los pequeños vuelan presto allà donde el cerco del jardÃn comienza, que lo pasan, que sobre el jardÃn ya agitan las alas. Huelen ahora el aroma, y temen que el rumor sea cierto, mentir no pueden, el olor del jardÃn mejor que el de la diosa es. Vuelven a agitar las alas, regresan prestos donde la diosa yace al borde de la locura, y allà pide ella que la verdad le sea contada, que quien mienta vida perderá. Y habla un querubÃn y se lo cuenta con voz sincera: le ha vencido el perfume del jardÃn, que todos lo han olido, que saben bien que no hay fragancia que más perfecta pueda ser. Piedras a los torrentes cayeron, se agitó el mar y sopló un ciclón, tan fuerte gimió la diosa que negra se torno la natura por un instante, que pareció que el último dÃa habÃa llegado, se rezagaron los querubines detrás de los árboles. Fuego de la tierra salÃa, se heló el arroyo y la laguna, seguÃa gritando la diosa. Y ahora parece que le vuelve la cordura poco a poco, bien parece que ya la natura vuelve a la paz, pero en los ojos de la laureada ahora verse puede un halo de venganza fatal; que se asusten los que no conocen de las diosas la desidia. Al querubÃn más pequeño llama la diosa, y el pequeño sale volando de detrás del roble, delante de ella temoroso se persona. Y le pide la diosa tarea sencilla, destino perverso se acometerá al ejecutarla. Pues le da al querubÃn semilla que en el bolsillo guardaba, y es la semilla oscura, y en la mano del niño alado la deja diciendo lo que ahora sigue: semilla deberá plantar en el jardÃn, que bien metida en la tierra quedé, que huya cuanto antes habiendo eso hecho.
Marcha el pequeño ángel a prisa, mirad la diosa, miradla ahora que sabe que ganará la afrenta, que en los labios parecen gestarse las culebras. El querubÃn cruza nubes y se confunde con las bandadas de pájaros, y ya está cerca otra vez del vergel, allà ve al niño jardinero. Y está éste a las flores acariciando, que con el paño de seda las limpia, huele el querubÃn otra vez el aroma, cuan bella es su obra, cuanta hermosura al mundo ofrece. Y siente el querubÃn en su pecho compasión, que no deberÃa plantar la negra semilla, que funesto será el destino, ¡ay niño jardinero, cuanto sufrir padecerás! Mas acometer la palabra de la diosa debe si vida no quiere perder, y ya está la semilla plantando a escondidas, y ya está en la tierra, que el querubÃn ya ha huido, que se pierde en la lejanÃa. Y al punto deja la semilla de serlo y se quiebra y crece poco a poco un tallo, y el tallo ve la luz, verde esmeralda es su color. Pues sigue creciendo la planta con Ãmpetu soberbio, que nada detenerla pudiera, y tiene ahora el tallo púas, y ahora crece la flor. Y es ésta una rosa, bien que se ve que lo es, más rojos no son los pétalos, el negro de la noche tienen por color. Deciros que es la flor hermosa, que de diosa es esta flor, más mirándola de cerca, siente uno miedo, algo siniestro se le antoja, que no osa la abeja de su néctar tomar, que habiendo rápido crecido, muerto han los claveles que a su lado estaban. Ve el jardinero el grave suceso y le palpita el corazón, le tiemblan las manos, cae el paño de seda al suelo. Mustios sus claveles, de un gris horrible están, que parecen ceniza, que sabe el niño que están muertos. Y en esto que contempla el muchacho por vez primera a la negra rosa, que de su presencia percatado no se habÃa, que no puede dejar de mirarla. ¿Quién habÃa plantado esa flor? El niño jardinero sabe que de esas semillas él no tenÃa, que rosas de mil colores en el vergel pueden verse, más negras, no, nunca. Y el niño a la rosa se acerca, y el niño cortarla ha intentado, pero antes le ha llegado el aroma, se ha colado en su nariz, perfume emponzoñado. Ojos blancos, piel de muerto, caes tendido, estás en el suelo. ¿Has perecido o es que sueñas? Una diosa de ti se ha reÃdo.
Niño jardinero de catorce primaveras, ahora estás a los pies de una larga escalera, todo está oscuro, solo una tibia luz blanca los peldaños de piedra ilumina. Y ves sorprendido que de la escalera cae un rÃo de miel, que va saltando cual catarata, que llega la miel a donde tu estás tendido, que te cubre todo, que de la melaza no puedes escapar. Y entonces te hierve la sangre y quieres subir los peldaños del primero al último, y llegar a lo más alto, ver allà a donde lleva la escalera. Pues estás ya subiendo, luchas contra esa miel que se te agarra a las piernas cual serpiente, pero mayor es tu fuerza, y te ayudas de tus manos, a la piedra te sostienes. Subes cada peldaño como si te fuera la vida en ello, ya te queda poco, cubierto de miel estás. Has llegado a lo más alto y contra la miel ya no has tenido que seguir enfrentándote, ahora estás al comienzo de un camino, en el camino hay zarzas, ¿ves lo que hay al final? Puede verse una mujer en una silla sentada, de espaldas al niño está, su melena es roja, muy roja, que parece fuego, arderán los dedos al tocarla. Pero sientes deseos de llegar allà donde esa mujer reposa, el camino de zarzales no es para ti obstáculo alguno. Y ya veis al niño corriendo por la senda, y las zarzas que se le toman las piernas y los brazos, y los desgarran, y fluye la sangre como la miel hizo, pero el niño corre, y corre, y sigue avanzando por la senda. Ya queda poco, ya muy poco queda, estás cerca de la dama, ves la luenga cabellera cobriza. Extiendes tu mano, quieres acariciarla, los zarzales te cortan ahora la piel más hondo, ¡pero estás tan cerca! Y cuando has acariciado la melena con sólo uno de tus dedos, la mujer desaparece, ya no hay mujer, ni tampoco silla donde sentada estaba. Y ahora está el niño consternado, que a la mujer no ha podido verle la cara, que no hay mujer. Mirad ahora al niño que triste, en las zarzas ha caÃdo, se le clavan las púas, sangre, mucha sangre. Y en esto que se lleva las manos a la nariz, y el niño se huele el dedo que el cabello ha tocado. El niño no cree lo que está oliendo, que se le ha abierto el corazón y cerrado las heridas, que muerto han las zarzas, que al niño le brilla el cuerpo. Parece el perfume mezcla de toda flor, fruto de la alquimia. El niño sigue oliéndose el dedo, el niño enloquece, el niño… despierta.
Niño que estás otra vez el jardÃn, has abierto los párpados, ¿en qué estás pensando? Solo viene una cosa a tu cabeza, que es ese aroma que la melena de una mujer de sueños te ha dejado, que te hueles el dedo donde crees que hallarás el perfume y no lo hueles, que sigues desesperado oliéndote la mano entera, del bálsamo rastro no hay. Te levantas, te giras, quieres volver al sueño, la rosa negra deseas volver a oler, pero esa flor ya no está, ha perecido como los claveles, al sueño no puedes volver. Te has vuelto loco, gritas como si te faltara ese perfume para vivir, has verdaderamente enloquecido, das golpes, necesitas del aroma para respirar. La diosa sabe que ha sido vencedora, que ahora viene el desenlace de su venganza, volverá ella a ser la que mejor perfume ostenta. Pues intentando rescatar el olor de la mujer que al final del camino de zarzal estaba, veis al niño arrancando las flores del jardÃn, que sabe él, o eso cree, que la mujer del sueño olÃa a mezcla de todos los pétalos. Muerte ha dado el niño a los crisantemos, a las rosas rojas, al azahar y la azalea, el narciso, el geranio, hasta la flor del naranjo arranca, y las hojas también quiere, y el jugo de la fruta. Sigue el niño cortando, deja al jardÃn de flores vacÃo, veis que ya color no hay, que el aroma se va perdiendo. Y ahora despedaza a las buganvillas que crecÃan por la piedra de la fuente, y las grandes flores del hibisco, el niño deja sin vida a todo. Y lo hace con tanta furia, que flor no solo se lleva, que se lleva el tallo entero, las raÃces mismas arranca. Al caer la noche ya no queda jardÃn, ya no hay flores, ni árboles tampoco, que la locura los ha matado, que lo que antes olÃa a gloria no huele a nada. Y el niño no se da cuenta del desastre, el niño en el sótano de la casa está, allà en la caldera lo ha vertido todo, en el agua hierven las flores, de las flores cree que tendrá perfume con el que recuperar el olor de la mujer. Destilará el jugo que de la caldera salga, tendrá la esencia de una dama de sueño. Pues a la medianoche deja ya el agua de hervir, está el agua de mil colores. Y el vapor lleva en si la esencia, y cae ésta en un pequeño tarro, apartas el agua, te quedas sólo con lo que crees que te devolverá a la mujer. De un mar de pétalos te quedan unas gotas, y las gotas en el frasco, lo cierras, te da miedo oler, no quisieras haberte equivocado. Y al fin lo abres, y lo hueles y estás a los pies de la escalera por donde cae la miel, la subes enloquecido, cerca crees estar de la dama, has llegado al camino de zarzas, y a lo lejos dama no has visto, dama no hay.
¡Que funesta diosa has sido! ¡Que malvado tu plan! El niño ha vuelto a despertar del sueño, pero ahora lo veis que esta llorando. El niño corre como si fuera a morir, da muchos gritos, sale a fuera, el firmamento estrellado, el niño chillando como jinete por la flecha herido. Va corriendo al jardÃn y desea coger más flores para que sea la esencia más fuerte aún, quiere el niño volver al sueño, ver a la mujer de cobriza melena al término, oler su pelo otra vez. Pero triste niño, ¿no ves el desastre? Que en tu jardÃn ya no hay flores, que a todas muerte has dado, está la tierra yerma, ya ni de la fuente brota agua. La diosa se está riendo de ti a carcajadas, vuelve su cuello a albergar el mejor perfume, cuanto más lágrimas dejas ir, más se mofa ella. Está el frasco en tu mano, estás tan débil que cae el frasco al suelo, y el perfume se mezcla con el charco de lágrimas, ya se traga la tierra esta nueva esencia. Y entonces sucede algo. Que una luz roja del suelo emana, que la luz parece que de lo más profundo del jardÃn viene, y entonces quedas tu asustado, detrás de la fuente ahora estás. La diosa ha parado de reÃrse. Y entonces estalla la tierra y sale de ella mujer de luenga melena rojiza, blanca es la piel, se agita su pelo con tan gran estallido. Y la mujer se te acerca y te toma la mano. Enloquece la diosa, le parte la ira el corazón, ha muerto. La mujer de la tierra nacida besa tu jardÃn y en la noche vuelve éste a nacer. Brotan flores y se abren los pétalos, crecen árboles, fruta te dan al momento. Y no puedes dejar de mirar a la mujer, y su aroma es el del sueño. Duerme niño, duerme…
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