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Ausencia

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Hermosas nostalgias encontré en sus desolados ojos, su desesperación era notable en sus agresivas y sádicas miradas.
Como extraño la ternura y pasión que vivían con ella, en aquellas épocas, cuando él todavía vivía y daba vida a todos los que lo rodeábamos. Fue una gran desgracia la que se sobrepuso sobre todos nosotros al saber que no escucharíamos nunca más su apasionada voz, así fuera con sus cantos, o dándonos consejos para sobrevivir a los momentos donde nos abrazaba la desesperanza.
Mi querida Sabrina lloraba, cerca al cadáver de nuestro querido amigo, y su cara, que aunque sin vida, permanecía iluminada, como si sus pasiones aun animaran su piel. Muchos recuerdos fueron nublando mi vista, aquella fría y cruel noche de lamentos fue una ventana para escuchar viejas voces, memorias de un pasado olvidado.
Recuerdo todas aquellas tardes cálidas donde nos reuníamos, Sabrina, Alexandra, Enrique y yo. Éramos inseparables, cada día Alexandra endulzaba las primeras horas con las sinfonías de su viola, y con sus pensamientos, tan tiernos, que me resultaban irresistibles de escuchar.
Enrique cantaba con toda su alma mientras que Sabrina amando la voz de su compañero, devotamente lo acompañaba con su adorada guitarra.
Eran un dúo increíble, Enrique parecía dominado por su propio canto, y Sabrina hechizada por su cantor, tocaba con un cariño y amor que solo se le notaba al lado de Enrique. Ellos dos eran la representación de la pasión en su forma más inocente. Yo solo admiraba el espectáculo mientras escribía acompañado de la música de mis queridos amigos.
Pero aquella tarde, , nublada y fría, con destellos de belleza en el aire ,un día después de la muerte de nuestro cantor, todo fue diferente, al encontrarme a Alexandra, su cara mostraba rastros de llanto, nuestro silencio era dominante, pero la conocía demasiado, estaba preocupada por Sabrina, que tan duro había sido para ella la partida de su ilusión, fuimos a verla, pero no quiso abrirnos, entonces, partimos a mi habitación, donde por tanto tiempo nos habíamos reunido cuatro amigos, donde ahora solo quedaba soledad, disgusto y ausencia.

Alexandra estuvo en silencio, y yo no deseaba decir nada, ella tomo su asiento preferido y empezó a tocar.
Su viola me contaba la nostalgia que le traía la ausencia de la voz de nuestro compañero, y la ausencia de toda la alegría y felicidad de Sabrina, que se habrían ido con él.
Todos mostrábamos mucha desesperanza, tristeza, y nostalgia…. y no podría negarlo:
Esos momentos de desesperación, me fueron cruel y dolorosamente bellos, la soledad mostraba que su defecto era lo que la hacía eternamente hermosa.
Tal vez yo era el más enfermo, seguía siendo el mismo de antes, seguía como siempre, como en los tiempos pasados, cuando mis acompañantes hacían arte, arte tan joven y apasionada, arte tan amada por todos nosotros, yo escribía sobre aquella música, sobre la hermosura de Alexandra y Sabrina al tocar, escribía sobre la pasión de Enrique al cantar, Escribía sobre las memorias que he tenido junto a ellos, en el tiempo que los observaba, siempre observando la ternura y cariño por su música.
Y ahora que todas estas pasiones se habían hundido en dolorosas pero dulces tristezas, no podría dejar de admirar y amar aquella música, que con la esencia de la ausencia, me resultaba trágicamente hermosa.
Y era en estos momentos, escenarios de tristeza y dolor por la falta de nuestro cantor, era cuando más lo llegue a querer, y creo que esta decepción, era parte de la belleza que encontraba en las caras de mis hermosas compañeras…
Ya han pasado semanas desde la muerte de Enrique, nos reunimos como antes, Sabrina con su miserable y aun tierna mirada nos preguntaba si sabíamos algo de la muerte de Enrique, que fue la causa, porque nunca nos lo dijo, ellas no sabían nada, pero yo preferí guardar en secreto el escrito que mi compañero me había enviado, aun estaban muy débiles como para darles a conocer aquella carta.
Decidí guardar silencio, negando que supiera algo.
Alexandra se encontraba más silenciosa que nunca. No me hablo de sus pensamientos, ni de sus sentimientos, como lo hizo antes, solo se dedico a su viola, Tocó música que más me desconcertaba, la música más angustiosa que antes le hubiera escuchado.
Sabrina no miro su guitarra, tal vez solo pensaba en él, en su difunto cantor. El silencio que emitía la abandonada guitarra demostraba la falta del calor de Enrique en el corazón de Sabrina.
Qué extraña era aquella escena, el silencio de Sabrina, mientras yo escribía con la angustiosa música de Alexandra como mi apoyo. En sus caras solo se veía tristeza, desesperación y ternura que me partían el alma, esa tristeza que las hacían tan perfectamente bellas pero aun tan tristemente miserables.

Note que Sabrina leía mis escritos, cosa que pocas veces ocurría. Había olvidado que deje el mensaje de Enrique entre mis escritos, y lo recordé justamente en el momento que la lectora estallo en llanto.
“Amigo mío, me han dictado una muerte segura, tengo una o dos semanas según los doctores. Cuida de Sabrina y Alexandra, no estaré con ustedes por mucho más tiempo. Mis únicas esperanzas dependían de una operación riesgosa, pero decidí no hacerlo, preferí pasar mis últimos días con todos, con las hermosa música de mi amada Sabrina, no dejes que la tome el dolor, quiero que siga adelante y que nunca deje de tocar su guitarra, dale gracias a Alexandra por su hermosa música, y su tan valiosa amistad, y a vos, os agradezco la admiración silenciosa que tuviste por mi música, la cual encontré en tus escritos, Agradezco a mis tres compañeros por todos los recuerdos con los que voy a morir, que me han dado tanta felicidad, agradezco por haber conocido a las mejores personas con las que se pudiera estar, gracias por todo lo que le han dado a mi memoria, en mi corta pero alegre vida…”
Al lado de este mensaje, se encontraba una carta para Sabrina, que nunca me atreví a leer.
Ella tomo la carta, la leyó con detenimiento y sufrimiento en su mirada, al terminar, sus lágrimas rozaban su bella piel como oro resplandeciente, guardó la carta, y se fue de allí.
Alexandra, con su mirada al vacío, me preguntó, por la carta, por lo que me había dicho Enrique antes de morir, le leí el mensaje, mientras ella perdía su serenidad en llanto silencioso y tristeza en su mirada.
No pude más aguantar ese momento, salí desesperado, necesitaba huir, encontrarme con el cielo estrellado, nunca antes vi las estrellas con tanto fulgor, y en cada una de ellas escuche el cantico de mi amigo inolvidable.
Al otro día, muy temprano, me visitaron las dos, silenciosas y hermosas, me saludaron dulcemente, y empezaron a tocar, y con cada nota, y cada melodía, encontré el recuerdo más intenso de nuestro amigo cantor, esa pasión que rodeaba el momento, me mostro que Enrique vivía en nuestra música adorada, aquella que ya no solo era un arte amado, ahora era un recuerdo nunca olvidado.

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amjad

MEJOR INGENIO QUE FUERZA!!!hola esta el nuevo concurso te puedes anotar pues escribes muy bueno besos.


| Enviado por MONICA DENIS el Lun, 17/11/2008 - 15:21.

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