AVANZANDO
AVANZANDO.
Aquella tarde habÃa estado viendo como los álamos de la avenida se doblaban a un lado y a otro vencidos por el viento, parecÃa que se fueran a romper, pero no, se tumbaban hacia la derecha y volvÃan a su posición vertical, después se doblaban hacia la izquierda para volver por un instante a señalar el cielo, aquella tarde el viento movÃa todo lo que se dejaba mover, arrastraba todo lo que se dejaba arrastrar de modo que por el bulevar corrÃan papeles, bolsas y hojas, flotando por momentos y arrastrándose como pequeños seres vivos.
Estaba mirando aún por la ventana cuando le oà entrar, estaba embarazada de seis meses pero no pensaba demasiado en ello, le oà entrar y acercarse a nosotros por la espalda al tiempo que decÃa, qué! ¿no tienes nada mejor que hacer?, no me dio tiempo a contestar, el primer golpe me derrumbó, la verdad es que mientras seguÃa dándome hostias sobre el suelo, me di cuenta de que no sentÃa ningún dolor, hacÃa ya tiempo que no sentÃa ningún dolor, hacÃa ya mucho tiempo que no sentÃa nada, vivÃa envuelta en una enorme confusión por la que me dejaba envolver, sólo pensaba en aguantar, en no pensar en lo que me estaba sucediendo y casi conseguÃa sentirme ajena a todo lo que pasaba, sentÃa como si lo estuviera viendo todo desde una esquina, escondida, temerosa tal vez de hacer el menor ruido, pero ajena, como si no fuera a mi a quien estaban pegando de una forma salvaje sobre el suelo, no tenÃa miedo, como ya he dicho, no sentÃa dolor, pensaba sin embargo en el hijo que llevaba dentro, fue lo único que pregunté en urgencias al recobrar el sentido, ¿cómo está mi hijo?, bien, me contestaron, pero ahora tienes que preocuparte de ti, y eso es lo que vas a hacer.
No alcanzaba a entender por qué hacÃa aquello, por qué ese empeño en anular a los demás, ahora sé que sólo desde la mas terrible inseguridad se pueden hacer esas cosas, que envidiaba incluso mi vida, esa vida que a mi me parecÃa una mierda, la envidiaba igual que a sus amigos, igual que a todo lo que le rodeaba, y esta envidia se convertÃa en algo parecido al odio,
al odio de no comprender su frustración, su eterno descontento cuando miraba alrededor y todo le parecÃa mejor que sà mismo, porque nunca pudo mirarse a sà mismo, no podÃa envidiarse pero tampoco odiarse, era algo que
nacÃa de su propia inseguridad, esa inseguridad que él sabÃa perfectamente convertir en la seguridad que aparentaba, la que mostraba a todos, sospecho que incluso a si mismo, y en la que curiosamente, todos creÃan, menos él, aunque no lo supiera, cada vez que me levantaba una mano, veÃa en sus ojos esa incapacidad de creerse alguien y de ningunear a los demás por ello, y a mÃ, además de eso, me pegaba, me pegaba hasta cansarse, hasta que le dolÃan las manos y los puños, entonces me llevaba al hospital y me dejaba allÃ, era un extraño rito al que yo ni siquiera sentÃa haberme acostumbrado, la confusión en la que mi cabeza latÃa, no me dejaba, sabÃa lo que estaba ocurriendo, sabÃa que me estaba ocurriendo a mi, pero la necesidad de evadirme, de huir de aquello que a mi cerebro le resultaba tan atroz me llevaba a soportarlo con algo que se podrÃa entender como resignación pero que para mi no tenÃa nada que ver en aquellos momentos con la resignación, ahora si, ahora si estoy resignada a entender que hay gente capaz de cometer atrocidades y que esta gente a su vez se creen atrocidades ellos mismos y probablemente lo son, pero ¿qué son un puñado de pensamientos al lado de una buena paliza? ¿qué son ese manojo de ideas al lado de la sangre en mi vestido, de aquellos moratones que me duraban meses?.
Nada.
Un dÃa en el hospital coincidà con la vecina de abajo, habÃa oÃdo los gritos, los golpes de los muebles contra el suelo, pero nunca pensé que le estuviera ocurriendo lo mismo que a mÃ, pero allà estaba, molida, tumbada en la camilla de al lado, me miró un momento y me dijo: sÃ, a mà también me pega, después nos separaron y no volvà a saber nada de ella hasta que me enteré por el periódico que habÃa muerto, habÃa muerto asesinada por su marido, esto me derrumbó totalmente, al tiempo que pensaba que podrÃa haber sido yo, sentÃa una extraña euforia cuando pensaba que habÃa tenido más suerte que ella, o quizás no, ¿no era mejor morirse de una vez?, ¿acabar con todo esto cortando por lo sano?. Mi confusión asÃ, seguÃa creciendo, hasta llegar a ser más grande que yo misma, hasta llegar a superarme y lograr volverme casi loca, habÃa veces, cuando él no aparecÃa por casa sin dar ninguna explicación, que casi esperaba que llegara y me pegara, ¿acaso esa era su forma de querer? y en cualquier caso, ¿necesitaba yo que me quisiera?, ¿al menos de ese modo?.
Deseaba sentirme viva y sin embargo estaba viva. Esta certeza me atormentaba.
¿Cómo podÃa nadie hacerse de ese modo con la vida de alguien?.
Todo eran preguntas, en aquellos tres primeros años todo fueron preguntas, preguntas sin respuesta, preguntas que me sumÃan en la más absoluta confusión.
Los siguientes tres años los pasé, sin casi darme cuenta hasta hoy, intentando recomponerme, sin olvidar, no por decisión propia sino mas bien por la imposibilidad misma de olvidar, trataba de no distorsionar las cosas y procurar no pensar en ello todo el tiempo, la vida debÃa seguir, mi vida seguÃa, de hecho, y con ella la de mis hijos, y al cabo de otros tres años logré sentirme casi feliz, una mañana paseando por la playa me sentà bien, crucé la carretera y entré en una especie de quiosco, compré un cuaderno de dibujo y un lápiz.
Sentada en una duna de la playa recordé la mesa de la cocina de la casa de mis padres, yo debÃa tener cuatro o cinco años, sobre la mesa de la cocina habÃa dos enormes cestas llenas de patatas, en una estaban las patatas para comer, en la otra, las patatas estaban germinadas, llenas de brotes verdes, éstas se sembrarÃan y de ese modo continuarÃan cada año allà sobre la mesa, bajo ella habÃa unos botes de pintura medio vacÃos, yo arañaba la pintura que quedaba y pintaba sobre ellas, sobre todas ellas, siempre acababa en una buena regañina y algún castigo, ya olvidado, o tal vez jamás tomado en serio. Abrà el cuaderno y comencé a dibujar lo que veÃa, o al menos, eso me parecÃa a mÃ. Al momento estaba rodeada por un gran número de niños que me preguntaban cosas, les cité a la mañana siguiente en el mismo sitio y les pedà que trajeran papel y lápiz a aquellos que quisieran pintar conmigo, que esa era la única forma que tenÃa de contestar a sus preguntas, que pintar, en definitiva les ayudarÃa a entender, eso fue lo que les dije y a la mañana siguiente sin saber por qué, cogà el cuaderno y algunos lápices y volvà a aquella duna donde encontré a un puñado de chavales esperándome con un bloc entre las manos, molesto, difÃcil de ocultar, algunos lo enrollaban, otros lo mantenÃan bien estirado, sin importarles que se viera lo que era, al contrario, yo dirÃa que parecÃan orgullosos de estar allà con su cuaderno, me senté entre ellos y sin hablar abrà el bloc y comencé a dibujar, los niños se acercaban a mirar por encima de mi hombro pero no me preguntaban nada, al cabo, estaba cada uno enfrascado en su cuaderno, levantando la vista hacÃa algún rincón de la playa y volviendo a la hoja una y otra vez, cuando dejé de dibujar les pedà que no me enseñaran nada, que siguieran haciendo lo que quisieran, que mañana nos volverÃamos a ver en el mismo lugar y a la misma hora, mas o menos.
Me levanté orgullosa y comencé a andar sobre las dunas, no me volvà a mirarlos, oà a algunos que me decÃan adiós pero no me volvÃ, me sentÃa bien, era fatigoso caminar entre aquella arena pero no me importaba, por primera vez desde hacÃa mucho tiempo tuve la sensación de estar pisando el terreno más firme que me pudiera imaginar, a pesar de que se me hundieran las piernas hasta los tobillos y que llegara resoplando hasta el
paseo, donde me senté para ponerme las zapatillas y continuar, continuar, con la torpe sensación de que la vida, y por lo tanto mi vida, tenÃa sentido, algún sentido, tal vez desconocido aún para mÃ, pero suficiente para mantenerme en pÃe y avanzar.
Fue asÃ, supongo, que comencé a pintar cada vez de forma más seria, es verdad que al principio me encontré con el problema de que lo que querÃa lograr a través de la pintura eran las cosas que no habÃa podido solucionar en mi vida, por eso, tal vez, me resultaba una pintura falsa, una pintura que no existÃa por sà misma si no en función de lo que me habÃa pasado, era como una especie de venganza, cada cuadro era, como una venganza de alguien o de algo, a veces de mà misma y eso no beneficiaba para nada la obra y yo pretendÃa que aquello aunque me ayudara, o me sirviera de alguna forma a seguir, también y sobre todo fuera algo que tuviera vida propia, porque de ese modo habÃa pensado siempre que debÃa ser la pintura y eso era precisamente lo que deseaba hacer y por primera vez desde hacÃa mucho tiempo me di cuenta de que creÃa saber lo que querÃa hacer, de que realmente sabÃa lo que querÃa hacer y lo mas sorprendente era el sencillo hecho de que querÃa hacer algo. Caramba¡ cómo me habÃa costado llegar a querer hacer algo¡ y me habÃa llegado asÃ, como todo en esta vida, por sorpresa, y yo, como siempre, me dejaba llevar....
A partir de ese dÃa comencé a pintar, preparé una habitación para ello y compré telas y colores, poco a poco se fue llenando de pinceles, latas, trapos, cartones, revistas, fotos, todo tipo de cosas, todo lo que encontraba y me resultaba sugerente acababa en esa habitación, me gustaba entrar allà aunque no fuera para pintar, me sentaba, miraba alrededor, fumaba, ojeaba alguna revista, algún catálogo.....después habitualmente, comenzaba a pintar, colocaba el lienzo blanco sobre la mesa y yo de pÃe trazaba un primer esbozo que nunca perduraba, al cabo de un tiempo el cuadro habÃa tomado las riendas y me arrastraba febrilmente procurándome un trabajo tan placentero como doloroso, o mejor serÃa decir que me introducÃa en un mundo donde el gozo o el dolor no existÃan, donde no tenÃan sentido, ni lugar, ni futuro, porque la sensación que sà tenÃa era que todo aquello simplemente estaba sucediendo en aquél preciso momento, que lo que quedara después, es decir después del tiempo, era ya otra cosa, en fin que mientras estaba trabajando la sensación que me envolvÃa era la de que el tiempo se paraba, o mas bien la de que en un momento dado, no sabÃa nunca cual, ni como, ni por qué, el tiempo se paraba y era entonces cuando el cuadro funcionaba, cuando la obra se hacÃa, ante mi atónita mirada.
Al abandonar el taller me llevaba la confusa sensación de no saber muy bien lo que habÃa pasado, era al otro dÃa normalmente, cuando con los
colores ya secos y las manchas tan diferentes a como las recordaba, cuando veÃa un cuadro, un cuadro que aún sabiendo que lo habÃa hecho yo, de algún modo, era como si se hubiera hecho solo.
Me encantaba sentir que yo tenÃa poco que ver con lo que estaba allÃ, que sólo habÃa sido una especie de médium, una médium de mà misma tal vez, era cierto que por mucho que intentara distanciarme, por mucho que me empeñara en verlo del modo mas objetivo, es decir, como si yo no hubiese intervenido para nada, veÃa cosas en él que me forzaban a cambiar algo, a retocar aquà y allá y a veces a cambiarlo todo radicalmente, incluso dándole una nueva capa blanca de imprimación y comenzando de nuevo, a veces aún sin dejar secar el fondo, ese era pues mi modo de trabajar y me gustaba, no me sentÃa especial, ni podÃa decir nunca que habÃa conseguido lo que querÃa, no conseguÃa nunca lo que querÃa porque no pretendÃa conseguir nada en especial, aquello debÃa sorprenderme o no valÃa, el taller era para mà el mundo donde las sensaciones campaban a sus anchas, donde yo me encontraba a gusto, el resultado, aunque me preocupara, no era lo primordial, era mas importante el hecho de estar allà y conseguir entrar y salir sin alterarme, al contrario, era un sedante, aunque hubiera momentos de excitación extrema, aunque tuviera que parar a ratos y alejarme un poco para intentar adivinar de qué iba la cosa, lo más curioso es que sabÃa que la cosa no iba de nada, que a lo más llegarÃa a tocar la sensibilidad de otra persona que lo pudiera ver, para mÃ, aquello ya estaba acabado, estaba muerto, ¿y no era eso, llegar con la pintura a donde las palabras no llegaban?, crear un lugar, ya fuera sobre una tela o un cartón, ya fuera con volúmenes o con colores, un lugar donde los sentimientos no necesitaban ser entendidos, donde sólo necesitaban expresarse.
Interpretar el cuadro no era algo que me interesara en absoluto, oÃa gente que hacÃa interpretaciones muy variadas sobre aquellas pinturas, pero me resultaba un despropósito, la interpretación aquà consistÃa en la acción, en la acción de pintar, de hacer aparecer algo, después sólo querÃa palabras que oscurecieran la obra, nunca creà en la critica como un elemento esclarecedor, oscuridad, eso sÃ, cualquier juicio, pensamiento, reflexión o impulso que provocara, deseaba que proporcionara oscuridad, oscuridad sobre esa misma necesidad de explicar, porque entre otras cosas por no saber explicarme de otra manera habÃa llegado a hacer esto y me valÃa, era suficiente, todo lo demás, sobraba.
Sigue leyendo otros escritos de este autor!
- Inicie sesión o regÃstrese para enviar comentarios
- 43 lecturas



presentarte otra vez mis respetos, Celi. Sobra cualquier tipo de comentario. Un abrazo y salud.
- Inicie sesión o regÃstrese para enviar comentarios
Enviado por Canopius el Mar, 09/02/2010 - 07:18.un beso! sin mas!
( a tus relatos no hay nada que añadir ni interpretar... son!... están...! pintados, esculpidos a sangre y fuego...)
(¿sigue mi cuadro en su sitio...?
- Inicie sesión o regÃstrese para enviar comentarios
Enviado por ágora el Mar, 09/02/2010 - 00:18.