Aventuras con Clara
Llevaba tres horas y ventisiete minutos sin parar de caminar.
Ya me dolÃan la mayorÃa de los músculos conocidos.
Gotas de sudor sobre mis ojos, me impedÃan ver a Clara, que caminaba cerca de mi. Sólo la oÃa quejarse cada ocho o diez minutos.
¿MerecÃa la pena tal esfuerzo?
Nos costó la decisión de comenzar, pero allÃa estábamos. Con perseverancia.
Cuando oi su decimoventitresava queja, supe reconocer el error.
La miré nuevamente. Esta vez sin la humedad ocular.
Tomamos, casi intuitivamente, la decisión terrible:
A una señal, apagámos la cinta andadora del gimnasio y, con una alegrÃa sarcástica, nos dirigimos a las duchas.
De camino a casa, nos besamos sin parar.
Clara era toda una aventura.
Un dÃa entrañable nos esperaba por delante.
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