Otro final made in Holiwood
OTRO FINAL MADE IN HOLLIWOOD Marta, al salir del edificio donde trabajaba, sintió el cansancio acumulado de toda la semana. Hasta el lunes, dijo al guardia de seguridad; éste, devolvió el saludo levantando la vista del libro y tomando nota mental de que ya no quedaba nadie.Entre las hojas de cristal de la puerta, abiertas por su presencia, contempló el paisaje diario de la calle iluminada en tonos amarillentos. Los segundos que permaneció en el umbral, con el aire fresco en la cara, le hicieron romper la rutina; no iba a cruzar para coger el autobús, caminaría un rato. Se subió el cuello del abrigo, se colgó el bolso del hombro y con las manos en los bolsillos se puso a caminar en dirección contraria a su casa.Hacia más frío de lo que pensaba; con seis grados que marcaba el termómetro de la esquina y a las ocho de la tarde, no era extraño que hubiese tan poca gente por la calle; los comercios estaban cerrando. Aminoró la marcha, quería pasear, no tenía porqué ir tan rápido si no iba a ninguna parte. Al llegar al final de la alameda, se detuvo delante del semáforo. Cruzaré a la avenida de la Libertad y me meteré entre calles, se dijo.Al poco tiempo se encontró delante de unos jardines, se detuvo junto al parque infantil, recordaba que, allí enfrente, estaba la logopeda de Elena, su hija ¿Cuántos años hace? se preguntó, ¿Veinte? Daba igual más o menos toda una vida.Suspiró, sacó el mp3 y se puso los auriculares. Ésta era la fórmula que había encontrado para estar acompañada. Haendel con su “Música Acuática” irrumpió en sus oídos y ya estaba todo controlado, la música ocupaba su mente y no dejaba espacio a nostalgias o tristezas.Entró en una calle estrecha, peor iluminada, miró a lo lejos con precaución; no había casi transeúntes, algunos comercios estaban aún abiertos: una frutería, un locutorio, un bazar chino, “La Casa de las Zapatillas”.Se quedó mirando el escaparate de esta tienda, había algo amoroso en aquella vitrina, que sin embargo habría espantado a cualquier escaparatista amante del diseño.Zapatillas, babuchas, botas y pantuflas; lisas, de cuadros, rayadas, con dibujos de abetos, bordeadas de borreguito, con lazos, con pompones… cualquier zapatilla en que se pensase parecía estar allí.Se alejó del cristal para mirar el conjunto, era el bajo de un antiguo edificio y la tienda parecía tener tantos años como el inmueble.Se pegó de nuevo al escaparate, la visión de las zapatillas le habían hecho evocar la casa de sus abuelos, la de sus padres, la suya de antes; la agradable sensación del calor y confortabilidad que siempre tuvo su hogar.Allí estaban las zapatillas grises del abuelo, las de cuadros de su padre, “Marta, trae las zapatillas a tu padre”; las rojas, sus favoritas, “Marta, tienes los pies helados, ponte rápido las zapatillas”; las botitas rosas con las que Elena, de repente, una noche anduvo por primera vez.Sobresaltada sintió un roce en las piernas, un caniche negro con un jersey rojo de cuadros se levantaba sobre sus patas traseras arañando su abrigo.¡Trosky! Disculpe por favor señora, no lo hace nunca. Por la puerta de la tienda salió un hombre pidiendo disculpas a la vez que se agachaba para coger al perro en brazos.Marta se quitó los auriculares y le miró: No importa, me gustan los perros, ¿te llamas Trosky? ¿Qué pasa TrosKy, tienes ganas de jugar? dijo acariciándole entre las orejas mientras su amo le tenía en brazos.Le ha caído usted bien, disculpe el susto, añadió tímidamente el hombre. He visto que miraba el escaparate ¿Quiere que le enseñe algo?, tengo más en el interior.Marta se sacudió el abrigo: No gracias, me había quedado pensando; hace tiempo que no compro zapatillas pero tuve unas rojas como esas, y un perro como Trosky. Tuvo dos segundos de duda pero se despidió. Gracias, quizás pase otro día. Adiós, adiós Trosky. El hombre permaneció inmóvil, sin sentir el frío mirándola, o eso le pareció a ella mientras se colocaba de nuevo los auriculares. La música intentó envolverla de nuevo, pero no la estaba prestando atención; Marta fantaseaba sobre el hombre de la zapatería, su mirada que parecía decir algo, su invitación a entrar, la posibilidad de pasear en su compañía.Hacía tres años que paseaba sola, en este periodo no necesitaba a nadie, lo decía todo el mundo y lo ratificaba ella. El trabajo lo llenaba todo, se dedicaba plenamente a ello y ya no tenía ni amigos, nunca sacaba tiempo para nadie.Así vivía desde que Elena se fue a Brasil con su novio y Luis , su marido se marchó a algún sitio sin ella; fue casi a la vez. Le dolió más lo de Elena, le cogió por sorpresa, lo de Luís, en el fondo, lo esperaba.Subió el volumen del mp3, necesitaba la música para parar los pensamientos, Haendel parecía esforzarse en vano. Se detuvo frente al semáforo, tenía que cruzar para ir a buscar un autobús; se cambió de rojo a verde, no cruzó; dio la vuelta y retomó la calle que acababa de abandonar. Se quitó los auriculares, quería escucharse a si misma. Mientras, Andrés, el hombre de la tienda, había cerrado sin recoger. Se puso su abrigo verde, se colocó cuidadosamente la bufanda y el sombrero, apagó las luces y cerró la verja; un impulso le hacía tener prisa por salir a la calle. En la mano llevaba la correa recogida de Trosky y una bolsa. Esto es una tontería, dijo. Marta se paró en la puerta de un bar. “Se permite fumar” leyó; Tomaría algo caliente y fumaría un cigarro, no quería salir de esa calle.Iba a empujar la puerta cuando vio a Trosky llegar corriendo y pararse en seco junto a ella con un alegre movimiento del rabo.Andrés aceleró el paso y se acercó a ellos: Perdone otra vez señora, lo tenía que llevar con correa.Marta se confesó porqué seguía allí. No se preocupe, me gustan los perros y éste es muy cariñoso, añadió, acariciando de nuevo los rizos de Trosky. Me llamo Andrés, dijo el hombre, le parecerá una tontería pero esto es para usted; pensé que a lo mejor, estaba por aquí. Son las zapatillas rojas, dijo mientras le entregaba la bolsa.Marta no sabía si era verdad o estaba fantaseando; había soñado alguna vez una cosa muy parecida. Probó a seguir en el sueño: Son las nueve ¿Quiere cenar?Andrés escuchó las palabras que hacía veinte minutos había estado a punto de pronunciar. Hay un Mesón en la esquina, donde me dejan entrar con el perro, respondió.Puso la correa a Trosky y empezaron a caminar; Marta abrazando el paquete de las zapatillas no se dio cuenta de que La Cenerentola de Rossini sonaba en los auriculares que colgaban sobre su abrigo.
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Me encantó, muy urbanamente excepcional
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| Enviado por mayalena el Jue, 28/02/2008 - 03:39.