El encantador de serpientes
El Encantador de Serpientes
El hombre apoya una mano en el mostrador y levanta la cabeza. Los ojos nublos acarician el vaso largo perlado de rocío, aún medio lleno, y una triste sonrisa se pierde en el vacío.
Todo está dicho, el tiempo que pasó, pasó, poco queda ya de él... tan sólo el recuerdo, siquiera el suficiente para asirse a él y seguir adelante.
Toma el vaso y lo balancea, despacio, sin prisa, escuchando el entrechocar de los cubos de cristal de agua, bebe un sorbo y mira, a lo lejos.
Es curioso que alguien tan sibarita se enganche a un whisky nacional, pienso, y él parece adivinarlo. No sé por qué, pero el DYC me gusta. Vuelve a beber, esta vez lo acaba de un trago y lo deja sobre el mostrador, con un gesto que el barman ya conoce, pues sin decir nada le prepara otro.
Se enciende un cigarro y me lo ofrece. Ya sabe que no fumo, pero la cortesía le puede. Sujeta el cigarro con esos dedos en garfio que no puede doblar de tantas mordeduras de serpientes y lo enciende, ocultando el cigarro entre las manos, como los hombres acostumbrados a vivir al aire libre. Aspira una bocanada, mantiene el aliento y lo suelta con lentitud. Una tos le rompe la escena, una pequeña maldición por lo bajo, y un trago para olvidarlo. Mis pulmones, dice, que ya protestan. Se calla y sé que recuerda su primer cigarro. Si no hubiera empezado... pero ya no hay remedio. Las primeras cajetillas compartidas, la ventana abierta en enero, los tiritones y lo rico que sabía el Fortuna. Los chicles de menta y las tardes de Lavapiés. El almacén de bebidas de su padre, las mañanas de verano, descargando pesadas cajas de licor, las botellas que sacaba a escondidas para beberlas con los amigos.
En la calle creíamos ser libres, a pesar de las abuelas y el Nodo, la hora de vuelta y las notas falsificadas. Si volviésemos a la juventud, con lo que ahora sabemos, ríe, tosiendo de nuevo. Sí, éramos los reyes, allí crecimos juntos, Paquito, y el Pirri, Couto, el guaperas, Jerónimo, el más alto, que nunca se peleaba, y yo, el más bajito, pero el más chulo, también.
Se acaricia una antigua cicatriz en el mentón. No te imaginas lo que son los amigos del barrio, son tus hermanos, tu propia sombra, son parte de ti. Por ellos puedes llegar a hacer cualquier cosa... a los amigos siempre les eres fiel.
Apoya el codo en la barra y la barbilla en el hueco de la mano, recordando. Hicimos locuras, cosas de las que debería arrepentirme, pero cuando ves a un amigo sangrando, tu alma te pide venganza. Los nudillos le blanquean apretando el vaso. Lo bebe todo de un trago. A veces me despierto por la noche, y lo veo. Los recuerdos duelen, siempre. Sí son malos es evidente, pero si son buenos también, porque ya han pasado y sabes que no los podrás recuperar. Y yo, por venganza, hice cosas muy fuertes. Si se pudiera volver y rectificar los errores del pasado... Pero ese ya no soy yo, aquel muchacho perdido y cruel. No, nada queda de él. Abre la mano y se mira la palma. Yo le siento, de las yemas de sus dedos brota profundo dolor.
Le invito a la última y me devuelve su sonrisa cansada. Gracias.
Se marcha solo, con su tristeza y sus fantasmas.
La noche reposa serena y yo me vuelvo a casa con amargura y cansancio ¿Porqué duelen tanto las historias verdaderas? Será porque falla la esperanza.
Otros días, nuevas rutinas, y nos alcanza la noche, de nuevo, la misma escena, el mismo lugar.
Escucho la música entre brumas de humo. Las luces esconden historias y sueños, Bailan dos parejas, enlazados, descansando las frentes en los hombros. Otros les miran en silencio. En un rincón los de siempre, la eterna soltera y su compañero de soledades. Nunca se han amado. Un día, años ha, él se propuso pedírselo, pero no se atrevió, y ella ya no lo espera. Sentado en la butaca el joven héroe que, sabiéndose amado, nunca dio pié. No podía quererla, ni quiso condenarla. El conoce su destino.
El hombre menudo que fue abandonado, ridículo, ebrio, riendo de su mismo mal fario.
El camarero que coloca el posavasos con dulzura y te pregunta, amable, por tu sed. Los vasos brillan por su atención y por el amor de su esposa.
El hombre solo que se abraza a la máquina tragaperras, y la mima, y la alimenta, cuando ella se lleva siempre más de lo que él recupera. Pienso en su mujer, en su hijo, en las facturas sin pagar, en la amargura de volver con las manos vacías y ver sus caras, tristes, ni siquiera acusadoras.
La entrada se abre con trabajo y el encantador de serpientes entra, acompañado. Ella le deja enseguida para bailar y él me ofrece un cigarro.
El mundo es una pena, murmura y yo le escucho, esperando su tristeza. Ella baila feliz sin mirarle. Ha llegado de un largo viaje. Ha visto demasiado.
Tose y pide una copa. Se enciende el pitillo que le rechacé. Es para la tos, y se ríe él mismo la gracia.
¿Sabes? No sabes cuanto he amado. A las mujeres más hermosas. Y ellas me quisieron también a mí. Tengo una hija en Londres a la que nunca he visto. Nieta de... lo siento, no te lo puedo decir, firmé un contrato de renuncia.
Hace un mes me enviaron una foto, es una jovencita moderna, de pelo negro y liso ¿Qué pensará sobre su padre? ¿Se lo habrán dicho, sabrá quien soy?
Tengo otro hijo en Canadá, creo, y el que tengo aquí, el de mi ex, un chaval estupendo, de él sí me he podido ocupar.
Y ahora, estoy con mi compañera. Sí, también la quiero, y ella a mí, a su manera, libre, sin cadenas. No es fácil, no es fácil cuando has dejado atrás lo que yo dejé.
¿Mi máxima? No tendrás éxito en la vida hasta que tu trabajo te permita vivir sin levantarte antes de las doce ¿Dices que no te lo crees? Puede que yo tampoco.
Su cinismo es una fachada. Y tras ella sólo quedan recuerdos.
Tú me entiendes, eres diferente de todos los demás.
Creo que es por eso, porque le entiendo, y, como amiga, le aprecio. Me duele su tristeza.
Ha visto tanto, y ahora está aquí, escondido en un mundo que no entiende, dejándose quemar, dando todo, sin esperar nada.
Ella vuelve, riendo, y me abraza. Otra alma atormentada, dos cuerpos enlazados, dos sueños perdidos.
Hay un sabor a ceniza en sus miradas. Y yo les miro y quisiera regalarles la luz.
Él sujeta la serpiente entre sus manos. Es un amor no correspondido, las serpientes no te conocen, no te aman.
Es hermosa, mira, que brillo, que colores, es fría como todas las reinas bellas.
Apenas come, pero habla como un entendido de restaurantes y cartas exclusivas. Presume ante los compañeros de barra de comprar ropas caras, aunque siempre va de caqui. ¿Ropa de trabajo, hábito, o pauta de identidad? Se burla de ellos, les llama ignorantes, pueblerinos. Y, sin embargo, no ofende. Ellos saben que todo es fachada, que en el fondo tienen su aprecio.
Se ríen de él y de sus manías. Y él se deja y se enciende otro cigarrillo, o se pide otra copa.
Al final de la noche ella está bailando con otro, y él, solo en la barra, vencido por el cansancio, entre brumas de alcohol, paga y se va.
La noche es fría, la tos es la única que no le abandona. Llega a su casa y se desviste, tambaleante. Orina y se mete en la cama, temblando. Las sábanas están frías, y la habitación silenciosa.
Cierra los ojos y el mareo del alcohol se transmuta en la danza de las olas en la lancha por el lago Chad. El rugir de los leones, el misterio y la claustrofobia de las aguas cenagosas del Nilo. Los porteadores africanos a los que presume de aborrecer, aunque no sea verdad. Las mujeres de piel de ébano, de largas piernas. Las pitones de potentes músculos que se le enroscan al torso mientras él las aprieta la cabeza. La falta de aire, la lucha titánica entre él y la bestia. La mano que consigue, al fin, levantarle la cola, desestabilizándola.
Las noches de miles de estrellas y cantos infernales. Las cajas con su pesada carga viva de fuerza reptante. Los tambores callados en la madrugada.
El cansancio le nubla los sueños y duerme al fin, sin darse cuenta de que ella llega y se acuesta a su lado.
Días de rutina, noches de vapor y pasado perdido. El pelo que cae, manchas de café en la camisa y en las manos. Días de soledad y otros de gritos y llantos. El cuchillo de lo que fue que aún rasga su piel envejecida.
Yo amé a las mujeres más hermosas... y ellas me amaron a mí.
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Un buen escrito.
Un saludo
Ana
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| Enviado por 3301 el Vie, 10/10/2008 - 11:25.Tu encantador de serpientes me hipnotizó, valla facha de tipo ah, un lectura riquísima, casi puedo decirte que estube en el bar... un beso enorme... Priscilla...
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| Enviado por ALONDRA el Vie, 10/10/2008 - 13:49.Priscila, he leído algunas de tus poesías. Me encantan. Estamos estudiando en las tertulias literarias en Villa del Prado a escritoras mejicana(mexicanas en tu país, creo) Mujeres de ojos grandes, de Mastretta. Nos habla de la lucha de la mujer por su propia dignidad. Tienes un gran país. Enhorabuena.
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| Enviado por alada el Sáb, 08/11/2008 - 00:24.unescrito que me hipnotizó....felicidades desde barcelona...
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| Enviado por mikewarz42 el Sáb, 11/10/2008 - 14:12.Alada
Gracias. Es un personaje real, un amigo, pero no quisiera que él lo leyera, es demasiado triste.
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| Enviado por alada el Sáb, 08/11/2008 - 00:19.yo ame a las mujeres mas hermosas y ellas me amaron mi...muy buen escrito alada te felicito besos.
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| Enviado por MONICA DENIS el Sáb, 08/11/2008 - 00:27.