El Inmortal
El Inmortal
¿Por qué busco la muerte después de tener en mis manos el poder de prolongar la vida? ¿Acaso no he vivido bastante como para saber que no se ha de querer buscar a quien, tarde o temprano, llega a cada ser vivo? ¿Cómo ha de alcanzarme a mí, pobre loco, que descubrí un secreto para alejarla de los cuerpos animados?
Confío en que nunca nadie podrá leer este libro de notas que, desde hace más de un siglo y medio, abro una vez a la semana para plasmar en él los cambios que han sucedido en mi cuerpo durante estos largos días.
De joven me había sentido atraído por la medicina y mi vocación juvenil fue animada por el exitoso doctor Alexis Carrel quien consiguió, con gran habilidad, mantener vivo durante décadas un trozo de tejido embrionario, gracias a técnicas de su propia invención. Animado con este éxito y con el dinero de diferentes facultades francesas proseguí allí donde mi maestro tuvo que dejarlo a su muerte. Partí de hechos bien comprobados: el mamífero más pequeño, la musaraña, logra vivir un año y medio en tanto que la rata alcanza a cinco años; el conejo vive quince años; el perro, dieciocho; el cerdo hasta veinte; el caballo unos cuarenta mientras que el elefante alcanza a veces los setenta años.
Ciertamente era razonable pensar que cuanto más pequeño se es más "rápido" se vive: mientras que el corazón de la musaraña late a mil pulsaciones por minuto el del elefante sólo lo hace a veinte. Con estos datos no me era difícil, en la década de los años cuarenta, saber que la vida del hombre estaba limitada biológicamente a sólo 110-120 años como máximo.
¿Cuál es el origen del envejecimiento? Esta era la pregunta que los más eminentes bioquímicos nos hacíamos tras el descubrimiento de la estructura del A.D.N.: si era posible encontrar el origen del mismo, podríamos aventajarlo o, al menos, refrenarlo un poco. Desgraciadamente, la complejidad de los diferentes factores que influyen en el envejecimiento es tan frondosa que sólo una poda paciente y meticulosa puede separar las hojas del fruto. Y eso fue lo que me propuse.
Con un laboratorio particular dedicado a la bioquímica y medios financieros abundantes dedicados a la ingeniería genética, no me costó trabajo desarrollar mi propia línea de investigaciones, sin que mis ayudantes supiesen que los tejidos que teníamos para experimentar, que alimentábamos y que parecían vivir eternamente eran parte de mi cuerpo. Había cultivos de células cerebrales, de tejido epitelial e incluso plasma sanguíneo, con el cual hacíamos experimentos de fusión de genes y alteraciones genéticas. Nadie supo nunca que esos tejidos eran parte de mi propio cuerpo, que yo había suministrado en secreto y que en secreto alimentaba con substancias químicas para mantenerlos vivos para siempre.
Las investigaciones nuestras se centraban principalmente en resistencia de las células al cáncer y de respuesta a diferentes agresiones bioquímicas, pero las décadas pasaban y el trabajo daba abundantes frutos, aunque no los que yo deseaba: encontrar una cura a la vejez.
Mi edad aumentaba peligrosamente; a partir de los treinta años la vejez comienza a hacer mella en el organismo y así la capacidad pulmonar declina con enorme rapidez entre los cuarenta y los sesenta años. Si deseaba encontrar un remedio que detuviese mi envejecimiento y me otorgase más tiempo tenía que hacer algo rápidamente.
Gracias al desarrollo del ordenador estaba en condiciones de calcular, o de simular más bien, cómo podían influir en mi cuerpo injertos de tejidos míos que estaban siendo cultivados, así que una vez hube reunido suficiente información me decidí a actuar. Sometí a los tejidos más resistentes al envejecimiento y a las agresiones microbianas y químicas a una serie de manipulaciones que los convirtió en un concentrado líquido con células vivas en suspensión en suero. Lo inyecté en ratones de laboratorio y, bajo condiciones sumamente controladas, comprobé que no había ningún peligro para sus vidas.
Una noche, cuando ninguno de mis ayudantes estaba en el laboratorio, me inyecté una pequeña dosis de suero y esperé a la reacción de mi cuerpo. A las veinticuatro horas no había notado ningún cambio y cuando transcurrieron setenta y dos horas sin ninguna variación sospeché que había sido un fracaso.
Guardé el concentrado en la cámara refrigerada, con una etiqueta falsa que nadie tuviese curiosidad por utilizar y me olvidé del experimento. Sólo cuando al cabo de dos meses comprobé asombrado que las dolorosas varices de mis piernas comenzaban a mejorar, y que me era posible volver a dar los largos paseos de antaño, asocié la ligera mejoría con mi experimento.
Antes de un año las células cultivadas que introduje en mi cuerpo habían emigrado hacia los órganos nobles y habían formado parte de estos órganos. Un chequeo médico completo que me realicé fuera del país, para evitar suspicacias o curiosidades, reveló que a mi edad tenía un corazón, pulmones y sistema circulatorio de un joven de treinta y pocos años: precisamente con esa edad obtuve las primeras muestras de mis células cultivadas.
No podía creer lo que me estaba pasando: mi cuerpo había comenzado a rejuvenecer, al menos los órganos internos. Después de dos años de continua observación comprobé entusiasmado que el proceso de envejecimiento se había estabilizado, para dejar mi cuerpo con una apariencia externa de la treintena de años, pese a tener cincuenta y cinco.
El futuro era todo mío. Compré con mi modesto sueldo cuantas propiedades rústicas y urbanas pude, sabiendo de antemano que a muy largo plazo (quizá decenas de años) subirían de precio y yo me encontraría con una fortuna. Así sucedió. Todo el metal precioso que adquirí a costa de sacrificios, así como las pocas fincas que logré comprar, me reportaron al cabo de quince años una cuantiosa fortuna que se incrementó con los intereses de las inversiones en obligaciones del estado. Con todo este dinero conseguí más dinero aún, en otras inversiones menos limpias, que me permitieron retirarme de la vida pública y desaparecer para mis conocidos.
Vino la década de los años 60 y con la misma rapidez se marchó; sucedió lo mismo con la del 70 y la de los 80. Cuando todos mis conocidos hacían tiempo que se habían jubilado y mis alumnos conseguían progresos que yo había obtenido hacía ya tiempo mientras permanecía trabajando en el más completo anonimato.
Vi llegar al hombre a la Luna, descubrirse los pulsares, llegar sondas automáticas a Urano y Neptuno o incluso sobrevolar el pequeño y helado Plutón. Poco antes de finalizar el milenio ya estaba en proyecto una expedición a Marte, mientras los zoólogos del mundo entero luchaban por la conservación de los últimos especímenes en el Amazonas y la selva brasileña.
Con pasmosa rapidez pasaban los años y yo me sentía como mero espectador de los sucesos: fallecieron mis alumnos, así como las últimas personas que me habían conocido directa o indirectamente. Con la muerte de todos ellos pude iniciar una nueva vida y tomar nueva personalidad.
Ahora me pregunto para qué. Yo que veía un futuro prometedor delante de mi no veo ahora más que vacío. ¿Para qué tenía dinero?, ¿qué podía desear que no tuviese ya?
Mi primera esposa, que tomé poco después de alcanzar la inmortalidad, había fallecido, así como la segunda. Yo no tuve valor para quitarme la vida entonces.
Veía a los demás ciudadanos que me rodeaban sufrir y morir a causa de las enfermedades: familias que perdían un miembro querido, personas muy útiles a la sociedad que fallecían, plagas, enfermedades y miseria que seguían barriendo los continentes.
Puedo enorgullecerme de haber sido el primer mortal que tuvo hijos inmortales, como pude comprobar con mis dos vástagos, una encantadora pareja de chico y chica. Crecieron normalmente hasta llegar a la treintena, momento en el cual dejaron de envejecer. Como es natural, sólo ellos y yo conocemos el secreto.
Siguió pasando el tiempo. Mi trabajo ya no me satisfacía; estaba hastiado, lleno, aburrido de todo y de todos. La ciencia nos había dotado de todas las comodidades: no había nada que una máquina no hiciese por uno. Limpiaban, cocinaban, ordenaban y limpiaban la casa; en cada familia había al menos un robot-mayordomo, y todos estábamos satisfechos con ellos.
Mi hija fue la primera en quitarse la vida. Sencillamente estaba harta de seguir viviendo, después de haber enterrado a su marido (que falleció a la respetable edad de 87 años) y haberle dado cuatro hijos, en una época en que tener sólo dos estaba mal visto. Mi hijo fue más sensato, y después de enviudar (ella falleció con 92 años) volvió a casarse, no sin haber tenido tres hijos con ella y otros dos con la segunda esposa.
El aburrimiento más mortal me dominaba: no había ninguna actividad que me llenase los días y las largas noches: lectura, pintura, cine, teatro e incluso obras de caridad social. El tiempo era mi mayor enemigo, mi único enemigo, mi mortal enemigo... Y sin embargo ni siquiera él podía terminar con mi vida.
En los cumpleaños de mis nietos siempre había momentos en los que mis hijos y nietos (los mayores de edad ya iniciados en el terrible secreto familiar) nos mirábamos poco antes de apagar las velas y deseábamos seguir viviendo más y más. El primer cuarto de siglo del segundo milenio pasó y nuevos miembros se añadían a la ya larga familia: los nietos tomaron esposa, sus hijos hicieron lo mismo e incluso los parientes lejanos de nuestra familia comenzaron a contraer matrimonio. De este modo se inició una raza de inmortales que crecía más y más de generación en generación.
Se tomó la costumbre de iniciar a los hijos en el secreto por medio de un ceremonial; mis descendientes, que no compartían mi opinión de abandonar la vida cuando hubiésemos vivido bastante y de no procrear inmortales, me dieron de lado y obligaron a callar. A finales del siglo XXI había ya varios centenares de inmortales, algunos en América o Australia y casi todos en Europa. Los inmortales controlaban fábricas, instituciones financieras (era normal: el tiempo estaba de nuestro lado) y políticas, centros militares o científicos. Un verdadero clan empeñado en conseguir más y más poder pero manteniendo en secreto su cualidad de inmortales. En poco tiempo, y una vez controlado el poder de cambiar de identidad con facilidad, no había modo alguno de detener el clan.
Ahora, después de haber asistido al final de dos siglos y con la triste perspectiva de seguir asistiendo a más, de ver como cada día hay más inmortales en los principales puestos de nuestra sociedad tecnificada, de ver cómo controlan todo el destino de los demás mortales sin que ellos sepan cómo los manipulan, siento ganas de acabar con todo y sólo deseo morir, aunque sé que no es el mejor modo de atajar este cáncer que va a corroer nuestra sociedad.
Las últimas noticias que tengo del clan me indican que son mayoría en Estados Unidos y Europa, que empiezan a colonizar los países ricos de Asia y mantienen núcleos en África y Australia. El tiempo está de su lado. Aún teniendo un par de hijos por matrimonio emplearán decenas de miles de años en reemplazar a los mortales del planeta. Y luego, ¿qué? ¿Qué sucederá cuando todos sean inmortales? No quiero saberlo.
El sabor amargo del veneno que acabo de ingerir desciende por mi garganta mientras termino estas notas.
Dentro de poco descansaré para siempre. Por fin.
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Un relato intrigante. Un buen escrito, de mucha calidad.
Un saludo
Ana
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| Enviado por 3301 el Mié, 17/09/2008 - 11:23.Hola.
¡Gracias! La verdad es que es un relato que prácticamente "se escribió solo"...
¡Saludos!
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| Enviado por Francisco Viola... el Mié, 24/09/2008 - 19:07.