El pueblito
Hubo una vez un pueblito, rebosante de consuelo, llenaban mañanas pues siempre, el olor del pan caliente. Vivian tres músicos indios, uno decía de Nueva Delhi, uno afirmaba de Arizona y otro llegó de por ahí. Gustaban tocar en el sol, que en el paseo solía estar, solían charlar con la gente, y comer tostadas de aceite. Reían, soñaban y hablaban, sobre la virtud o la poesía. Tocaban, cantaban y se oían, músicas raras pero por todos conocidas. Cuando recogían el sombrero, llevaban monedas al rio, y estas en peces se convertían; peces dorados, peces plateados o peces bronceados como la iglesia que desde arriba bendecía.
No tenían instrumentos, se los encontraban en los huertos, en los árboles de flautas, de bandurrias o de gaitas. Los gatos bailaban el jazz, a la siete de la tarde, y todos los pequeñitos habitantes, cenaban cada noche con el alcalde. Cada noche había verbena, hasta que se hubiera bajado la cena, platicaban unos y otros, platicaban y platicaban. Había un cine sin sillas, pues proyectaban en el cielo, películas antiguas sobre náufragos e islas. A veces las estrellas jugaban a ser protagonistas. Había un astrólogo chiflado, tres borricos y dos tigres, había silencio bien pronto, había un tractor solitario.
Las campanas repicaban cuando les venia en gana, cada reloj del pueblecito, una hora diferente marcaba. En el colegio los niñitos, a los maestros enseñaban los secretos de la cábala. No hablaba, el alquimista era mudo, pero sorprendió a todos cuando a un adoquín le hizo un nudo. Un viejo marino acostumbrado, a mil y un vaivenes, se mareaba cuando en el pueblo, dejaban de soplar los aires. En el bar de cada esquina (esquina sólo existía una), se jugaban los dineros al mus, hasta que una noche aburrida, se inventaron un juego de nombre fasul, y se cambiaron los dineros en todo el pueblo, por garbanzos de color azul.
Picoteaba el avestruz, el sembrado del tío Manuel, ¡que tortillas tan riquísimas! se decía que le salían al hombre aquel. La fuente de la plaza mayor, en vez de agua quiso dar, zumo de tarta de fresas, con azúcar moreno de caña y vainilla en vainas muy, muy frescas. También tenían su zahorí, que buscaba el viejo gañan, el vino dulce y el anís. Cuando se iban a dormir, soñaban que estaban despiertos, y así todito todo el pueblo, nunca paró de sonreír. El domingo de costumbre, el mercado de las ropas y las luces, y aunque no comían perdices, vivían, para no engañarnos, la verdad que bien felices.
Hasta que un día que vino un señor embutido, en un traje que le estaba pequeño, y dijo con aire risueño, este pueblito es pa´ mí. Cogió cinco estrellas del cielo y las demás ni las quiso mirar y plantó una mole gigante, muy gigante y con vistas al mar.
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estuvo re bueno me encanto lo lei dos veces besos.
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| Enviado por MONICA DENIS el Lun, 13/10/2008 - 02:56.muy lindo me super encanto,te dejo un saludo.
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| Enviado por LILIANA MORALES el Lun, 13/10/2008 - 03:14.