El pueblo incierto (XI)
Poco tiempo después me pareció oír la sirena de la policía avanzando hacia mi lamentable situación. Espero que no utilicen ningún método violento para intentar detenerme, no hay nada que falte más a la verdad que pensar que hace falta algún tipo de fuerza para convencerme de que salga al fin de esta ratonera en la que se había convertido mi refugio nocturno contra unos supuestos Nosferatus sanguinarios.
Me coloqué al fondo del cuarto, en el mismo ángulo que ya había utilizado, para que me permitiese ver algo si la puerta se abría de nuevo lo más mínimo. Dispuesto a colaborar en todo, incluso a olvidar que esto estaba sucediendo y despertar en mi cama sudando a mares de fuego. Por el murmullo parece que los trabajadores del banco están informando a los agentes de la situación en la que nos encontramos.
Un silencio absoluto me anegó el alma, sabía que esta quietud era el preámbulo a la táctica policial que estaban a punto de emplear conmigo. Esperé con tanta expectación que retuve la respiración para poder oír cualquier iniciativa a favor de reducirme.
Pom, pom, pom, llamaron breve pero contundentemente mediante tres secos golpes a la puerta, si hubiese tenido que jugarme la vida en adivinar el número de golpes que darían, la habría conservado. No sé, llamar dos veces puede albergar arrepentimiento, cuatro, indecisión. Tres golpes implica la determinación justa que requiere el acto en si.
Le habla la policía, no tiene escapatoria, abriremos la puerta lo suficiente para que pueda entregarse, salga con las manos por delante, que sea lo primero que le veamos, ¿está claro?...
Valoración










Valoración, Votos
Sigue leyendo otros escritos de este autor!
- Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios
- 31 lecturas




