El pueblo incierto (XII)
Muy claro, haré todo lo que me digan, respondí, no soy ningún delincuente, y por supuesto no voy armado –aunque seguramente no me creyeron, reconozco que les habría expuesto los mismos argumentos aunque fuese el mismísimo Clyde Barrow – Elevé aún más la voz para anunciar claramente mi pacífica salida: voy a salir despacio, con las manos por delante. El hueco que habían abierto era suficiente para que una persona media pasara de perfil, así que tuve que colocar los brazos en una posición algo absurda, uno delante del otro a lo largo de las clavículas. Más que una rendición parecía que estaba bailando el Hula hawaiano. –Pues sí, esto es una cruz como otra cualquiera, tener que soportar que se me ocurran estas ridículas comparaciones en situaciones tan comprometidas, genéticamente debería ser, cuanto menos, incompatible con nuestro instinto de supervivencia – En cuanto asomé la cabeza los ví, allí estaba una pareja de policías apuntándome con tanta disciplina que podía sentir la inestable tensión acumulada en los dedos índices de sus diestras manos. No había acabado de salir completamente cuando me ordenaron enérgicamente que me pusiera de rodillas en el suelo, y que colocase las manos en la nuca. Así lo hice, quise demostrar con tanta sumisión que mi colaboración no iba a tener límites, que incluso ahora, cuando cambia bruscamente la temperatura, mi rodilla derecha se lamenta profusamente de aquel desmedido y violento aterrizaje. Uno de los agentes se enfundó la pistola y se acerco raudo para colocarme las esposas. Me empujó hacía arriba por los codos mostrándome claramente su deseo de que me levantase, una vez de pie me cacheó como si buscase una veta de diamantes…
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