¿Conoces quieroquemeleas.com?



El tren



Estaba yo una noche pendido de una estrella, contemplando el horizonte que lleva al sueño, cuando vino el cometa a verme y ya no estuve solo. Y me contó el cometa que a veces el destino está lejos, que cerca a veces puede estar. Me habló él de las travesías que no tienen regreso, y yo prendado de sus palabras, me parecía estar descubriendo aquella noche el mundo. Pues verdades me dijo el cometa, y bien que lo creí, y hechizado de su voz escuché el relato que quisiera presto contaros.

Pues se dice que una noche como aquella, cuando la lluvia caía del cielo cual si las mil ninfas llorando estuvieran, que un niño se despertó de repente, profundo el niño respiraba. Que sus jadeos decían que a ahogarse el niño fuera, que quien lo hubiera oído pensara que el niño fuera a morir. Caía el sudor por su frente como catarata antártica, las manos heladas como si nieve hubiera estado el niño tocando en sus sueños. Sabed que frías estaban las sábanas, que también lo estaba el colchón, bien parecía que la dama de hielo allí hubiera estado. El niño se acurrucó en el lecho, quiso darse calor cobijándose bajos las mantas, pero tan gélido el cuarto estaba que no pudo el niño ya dormir. Y la casa sumida en un silencio sepulcral, que ni el grifo del baño dejaba caer como siempre las pequeñas gotas. Era aquel un silencio como el que avecina batallas, silencio en el que la Nada puede llegar a oírse si uno presta atención. Miedo, mucho miedo tuvo el niño, que tanto miedo tuvo que salió del lecho y pisaron sus pies el frío suelo, y tembló entonces él.

Vestía el muchacho un pijama de rayas, blanca era su piel, los ojos los tenía negros. Estaba delgaducho, pareciera que días hacía que no probaba bocado, el niño era como esa pluma que agita el aire cuando sopla, frágil, endeble. Había tornado el frío rojas sus mejillas, castañeando estaban los dientes. Y a todo esto el reloj de cuco marcando las doce en la pared de la izquierda, estaba a la derecha la ventana donde se ve la Luna. Temblando cual pequeño animal espantado, fue el niño hasta la puerta, y la puerta quiso abrir, pero sabed que quedó el niño estupefacto, que cerrada la puerta estaba, que ésta abrir no se podía. Pues en esto que empezó el muchacho a dar golpes desesperados en el lomo, que los golpes fuertes eran, que aunque tuviera el niño miedo y frío, más grandes eran sus ganas por salir de allí. Y el eco de los porrazos llegaba lejos, y dicen que fueron tan grandes que hasta un marinero del fin del mundo los pudo que oír, que escuchó éste como el niño sollozaba; eran sus gemidos desesperados, la misma vida pareciera el niño perder si de aquel lugar salir no lograba... Y la lluvia seguía cayendo fuera, y golpeando las gotas contra el cristal, y la casa sumida en el mayor de los silencios.

Pues habiendo dado ya muchos golpes, no vino nadie a buscar al niño, y el niño muy solo, que sus lágrimas se derramaban por el suelo y en el suelo eran agua helada. Cayó el niño, desesperado, y dando golpes que seguía, pero eran éstos cada vez más débiles, perdía el niño la fuerza. Gritaba él los nombres de sus padres, pero parecía que estuvieran éstos en el más profundo de los sueños, que los padres a su llamada no acudían, que los porrazos no podían despertarles. Vino la luz de la Luna a acariciar al niño para consolarlo, y le dio la luz una idea. Abrió el niño la ventana, y apoyado en la repisa, grandes gritos empezó a dar. Y caía la lluvia en su rostro como si bañándose estuviera, pero nada podía impedir aquella noche que el niño gritara. Que chilló el niño que viniera alguien a sacarle de aquel lugar, que llamó el niño otra vez a sus padres, y estando la casa cerca de la calle mayor del pueblo, a todo el mundo quiso avisar. Y llamó al panadero y la señora del gato negro, y ninguno vino; intentó avisar al cura y al pregonero y ninguno lo oyó. Aquella noche nadie hubo que a la llamada del niño atendiera, y no los padres no vinieron, os digo que nadie vino. Pues quedó la ventana abierta, cayendo la lluvia estaba, y entonces, para temor suyo, cruzó un rayo el cielo y fue el resplandor inmenso. Algo sucedió después…

Empezó a temblar todo, la casa entera se sacudió, os digo que tembló la ventana abierta, que tembló la puerta y hasta la lámpara del techo se tambaleó de un lado a otro. Y parecía que fueran las paredes a venirse abajo como los libros del estante ahora hacían, que bien hizo el niño de creer que pudiera despedazarse el suelo y caer él a lo más hondo. Y seguía la casa temblando, y el niño con un pavor en la sangre que no os podría yo explicar con certeza plena. Llorando el muchacho estaba, recogido en un rincón, grandes eran sus gritos de pánico. Y nadie a rescatarlo venía, que muy solo estaba el niño mientras todo se desmoronaba. Y entonces el temblor cesó tan rápido como vino. Ya no tembló la puerta, ni la ventana, ni tampoco tembló la lámpara, mas seguía el niño en un rincón, solo ya no estaba. Un hombre en el cuarto había, el hombre al niño del brazo cogió. Sabed que el muchacho dio tal chillido que se precipitó el intruso al suelo, tanto o más asustado que el niño estaba; fue al ver que era el hombre inofensivo, cuando pudo el pequeño al fin calmarse. A la luz de la Luna, vio que era el hombre un viejo de barba blanca, que un uniforme azul vestía. Se levantó éste del suelo y al niño volvió a acercarse, y entonces ya el niño no le gritó. Fue el gesto del hombre muy dulce, un gran sonrisa bajo su espeso bigote vio el muchacho, y sabiendo, pues, que bueno era el hombre, se levantó el niño y le alargó la mano para que pudiera el señor tomarla. Fue ahí cuando vio el pequeño algo que no pudo creer. Que habiendo fijado su atención sólo en el visitante, no había mirado a la ventana, que estaba en la ventana, y creed esto pues es cierto, un tren. Y era el tren muy largo, y caía la lluvia sobre él. No podía creer el niño lo que sus ojos estaban viendo. Pues no iba el tren sobre vías, que en el cielo vías no hay, que os digo que la ventana bien apartada del suelo seguía estando, un tren en el aire suspendido había.

Le acompañó el hombre hasta la ventana cogiéndole la mano con ternura, con la otra el pelo le iba acariciando. Y ya en la ventana subieron los dos a la repisa, y de un pequeño salto entraron al tren. Eran los vagones largos, muy largos que eran, muy antiguos también, vacíos los asientos de madera estaban. La lluvia golpeaba las ventanas y caía el agua después dibujando fantasías. El niño seguía sin poder creer lo que viendo estaba. En esto que le habló el hombre de la barba blanca. Ahora, a la luz de las lámparas que del techo del tren pendían, vio el niño más claro su rostro. Era el hombre viejo, muy viejo era, arrugas en su cara tenía, blanco el pelo, hollín en la nariz y las mejillas. Habló el hombre con su ronca voz y le contó el niño que era el maquinista, que le dijo que ir a la sala de máquinas debía, que mucho y muy lejos tenían aquella noche que andar. Le pidió entonces con gentil semblante que por favor se sentara donde él quisiera, y el niño asintió, más quiso saber antes a donde el tren iba, si volverían a casa antes del alba. Pues antes de llegar a preguntar aquello, ya había el maquinista desaparecido, que el hombre delante suya no estaba, todo vacío, el niño allí solo, solo en el vagón de los asientos vacíos. Dio el tren entonces una enorme sacudida, se cerraron las puertas de golpe, empezó el tren a correr después de un gran silbido. No queriendo el niño caer el suelo, fue a sentarse junto a la ventana.

Sabed que largo rato quedó solo el niño, que nadie en el vagón estaba, y bien que buscó el muchacho por todos los rincones, y hasta debajo de los asientos miró. Nadie había. Nadie. Volvió entonces junto a la ventana, allí quedó sentado el niño, y miraba él el bello firmamento, caía eternamente la lluvia fuera. Vio el niño muchas estrellas, y de muy cerca que las vio, y hasta creyó atisbar aquella noche un ángel y un cometa. Y el tren seguía atravesando la noche sin detenerse, y muy rápido el tren iba, y de vez en cuando el silbato rompía el silencio. Se preguntaba el niño como no había sabido antes de ese mágico tren, como podía ser que ninguno de sus amigos de él le hubiera hablado. ¿Y cómo había llegado el tren a la ventana? ¿Y por qué sólo a él el maquinista había recogido? Tantas dudas tuvo el niño aquella noche, y tanto pensó, que acabó por quedar dormido, su cabeza en cristal, seguían las estrellas y la Luna brillando fuera, cayendo las gotas como lágrimas. Y mientras el niño dormía, se detuvo otra vez el tren. Tan grande fue la sacudida, que se tambaleó el niño en su asiento, se despertó. Vio por la ventana que ya el cielo no se veía, que parecía la máquina estar en lugar cerrado, un telón rojo contempló el niño a lo lejos.

Se abrieron otra vez las puertas y subió entonces una bailarina vestida de azul hermoso. Vio el niño al maquinista con ella hablando, y a ella sonreír muy educada, y entonces desapareció otra vez el maquinista, se percató la bailarina de que en el vagón el niño estaba. Vista más de cerca, debo deciros que era la bailarina preciosa. Os diré que tenía una melena de color castaño, os diré que ojos de miel tenía, no puedo dejar de deciros que era preciosa su piel, blanca como la Luna que fuera brillaba ahora de nuevo, labios del color de la rosa más roja tenía. Llevaba la bailarina en sus pies unas bonitas zapatillas de ballet, se ataban éstas a sus largas piernas. La joven saludó al niño y le besó en las mejillas, muy gentil la bailarina era. El niño se sonrojó, y se rió ella de que tan rojas por un beso el niño las mejillas pudiera tener.

Pasaron largo rato juntos, y le contó ella su apasionante vida. Que había bailado desde niña, que era la danza para ella como el comer, que no había día que no pudiera la joven danzar. Y había amado tanto el baile, que solo a él se había consagrado, y célebre llegó a ser su nombre, que hasta para el rey la joven bailó en palacio. Y cierto era, cierto era que bello era su arte, bien lo vio el niño cuando para él la chica danzó. Estiraba sus brazos y sus piernas como ninfa de los bosques, el vestido dibujaba bellas formas cuando lo hacía mover. Y era precioso ver como ella danzaba, y pareciera haber visto como nace una flor. Al término del baile, quiso saber el niño si aquel tren solía coger ella, mas sorprendido quedó al saber que tampoco la bailarina del tren sabía nada, que era la primera vez que lo veía. Le contó la bailarina que aquella noche en el gran teatro bailando estaba, que mucha gente a verla había venido, que hasta estuvo el mismo rey mirándola. Mas dijo la bailarina que cuando muy alto su pierna en el aire alzaba, empezó el teatro entero a temblar, que abrió los ojos y vio que vacío el teatro estaba, que allí no había nadie, que nadie respondió al gritar. Dejando de temblar el teatro, había aparecido un tren en el patio de butacas; entendió entonces el niño lo que había visto al despertar. Cuando terminó la bailarina de contar su historia, quiso el niño que supiera ella la suya, quedó la bailarina también fascinada cuando acabó el muchacho de contar lo que en fría noche sucedido le había. Pues sabiendo ya que nunca los dos el tren habían visto y que tras un temblor el tren delante suya había aparecido, no quisieron preocuparse demasiado, creyeron que pronto el tren les dejaría en casa. Siguieron los dos largo rato hablando, y de muchas cosas hablaron, pero quedaron al fin exhaustos, los dos dormidos, el niño sobre el hombro de la bailarina, el pelo de ella acariciaba el rostro del pequeño.

Cuando ya cerca de la Luna el tren estaba, hizo un movimiento brusco y descendió hasta el mar que crecía immenso bajo la máquina. Fue tal la sacudida, que entenderéis que el niño y la bailarina despertaran, que al suelo los dos cayeron, que no sabían que estaba sucediendo. Entonces volvió el tren a detenerse como ya antes lo había hecho y pudo verse desde la ventana el basto mar, en calma estaban sus aguas. Se abrieron entonces las puertas, y subió un joven marinero, de blanco impoluto vestía, morena era su piel, negro el cabello. Vieron el niño y la bailarina que hablaba otra vez el maquinista con el joven, que el joven asentía, que desaparecía el maquinista antes de que él pudiera preguntarle lo que el niño también había querido saber, lo mismo que la bailarina. Quedó el joven marinero contrariado, mas al ver que en el vagón un niño y bella joven estaban fue corriendo a verlos. Un gran beso dio a la bailarina en la mejilla, y mucho entonces ella se sonrojó, dio al niño un abrazo y se sentó el marinero frente a ellos. Era el joven muy gracioso, no paraba de bromas hacer, y se reían el niño y la bailarina, bien que disfrutaron el viaje. Quisieron saber, claro, quien el marinero era, como al tren había llegado. Pues les dijo él que estaba aquella noche intentando pescar al famoso pez de plata, ese del que las leyendas hablan, el que sólo se pesca en las noches de lluvia, del que cuentan que da la suerte eterna al quien lo atrapa. Y dijo el marinero que creyó por fin haberlo visto después de buscarlo muchos años, pero que entonces había empezado el mar a temblar, que se tambaleó la barca, que a punto estuvo ésta de volcar, y las olas iban y venían enloquecidas. Dijo el marinero que cerró los ojos asustado, que entonces cesó de temblar el mar, que al abrirlos había visto el tren y el viejo maquinista le había invitado a subir, sonriente. Y el marinero había querido saber cuando volverían del viaje, cómo un tren tan grande hasta allí había llegado volando, pero antes de todo eso poder saber, había desaparecido el viejo hombre de la barba blanca.

Y siguió el tren surcando el cielo, y más cerca estaba la Luna, y la lluvia golpeando las ventanas con su incesante rumor. Hablando estuvieron el niño, la bailarina y el marinero largo rato, y mucho que hablaron, no les quedó nada por contar. La larga travesía los acabó sumiendo en un sueño profundo, y siguió el tren su camino, más cerca de su destino estaba. Pues habiendo cruzado los astros y las estrellas, y hasta habiendo pasado el cometa que todo esto me contó, llegó el tren a la última parada, se detuvo la máquina. Despertaron todos, bien abiertos tenían ahora los párpados, una luz blanca cegadora entraba por las ventanas, todo el vagón resplandecía. Se abrieron las puertas y hasta una de ellas los tres se acercaron, y vieron el inmenso blanco que todo lo cubría. Os digo que todo allí albo era, que en la inmensidad nívea solo había el tren, sus tres viajeros en la puerta apostados. Y estaba el niño absorto mirando aquel lugar, y la bailarina no podía creer lo que veía, pensó el marinero que quizás fuera aquel el presente por haber visto al pez de plata. No vino el maquinista a encontrarlos, nadie vino. En aquella inmensidad blanca sólo se escuchó un canto que parecía el de las sirenas. Y venía el canto de lo más lejano del lugar, pareciera que cantara alguien en lo más recóndito. Quedaron los tres prendados de la voz, nada hubo en el mundo que ahora más les importara. De lo más hondo de sus corazones nació un deseo, ¿quien el bello cántico entonar podía? Y bajaron los tres del tren, y se cogieron los tres las manos, y ahora me dijo el cometa que caminan hacía la Nada buscando esa dulce voz.

Valoración

----------
Valoración, Votos

Sigue leyendo otros escritos de este autor!

Compartir en Facebook | Enviar a Meneame.net Enviar a meneame.net
Recomendados quieroquemeleas.com!

Visita nuestros recomendados!

Regístrate ahora!

Acceso

En línea

En este momento hay 2 usuarios y 4 invitados en línea.

Usuarios en línea

quieroquemeleas.com en Internet