Invisible
Cada día, al levantarme, justo cuando abro los ojos, recuerdo la primera vez que me hice invisible.
No le di demasiada importancia, tal vez porque iba tan borracho que apenas podía pronunciar mi nombre. Puede que porque nunca me hubiese molestado en mirarme.
Estaba en la puerta de un bar, en medio del oleaje de fantasmas de un sábado noche.
Primero sentí un gran impacto, por lo que supuse que me había caído y mi cabeza haía ido a golpear el bordillo.
Bueno, pensé. Si no es grave me dejarán en paz, y si lo es, pues menudo alivio.
Pronto comprendí que no era el golpe lo que me producía aquel cosquilleo tan placentero, como tampoco eran las drogas o el alcohol los que sostenían mi cuerpo a dos palmos por encima del suelo, en una levitación muelle y sosegada.
Sentí una gran conmoción cuando alguien atravesó mi cuerpo con la mano para coger otra mano sin inmutarse.
Aquello era imposible. Me había pasado.
Pensé en llamar yo mismo una ambulancia, pero era incapaz de encontrar mis bolsillos, mi ropa, mi sustancia, la opacidad que antes me daba consistencia y me afirmaba como un orangután más en aquella jungla tan absurdamente divertida y plagada de sonrisas, tan asquerosamente predecible como un chiste contado mil veces sin ninguna gracia.
Encogí los hombros (no tengo la certeza absoluta de haberlo hecho, pero esa fue mi intención) y me sumí en un sopor bobo que sí que era culpa del alcohol y menos de las drogas.
Poco a poco esa extraña sensación de transparente realidad dejó de parecerme rara, y a cada instante comenzaba a sentirme más y más relajado y liberado de algo.
No era. O era pero de una forma aséptica. Un observador total, incapaz de ser visto o interaccionar con el entorno. En ambos sentidos, ya que el entorno tampoco podía interaccionar conmigo, lo que probablemente producía esa sensación de liberación total.
De alguna forma, descubrí que podía moverme en aquel limbo de forma parecida a la forma en la que me movía cuando no era invisible, exceptuando las cosquillas de origen indeterminado y la sensación de ser algo más alto, pero ambas cosas no eran demasiado significativas.
Sentí unas ganas irrefrenables de desnudarme. Aparentemente esto no tiene mucha importancia, dado que nadie podía verme, pero creo que el quid de la cuestión reside en eso mismo. Por primera vez podía caminar por el mundo tal y como era, sin añadidos, como los monos, como los animales sin moral, como esos bichos libres. Entonces entendía a los ciervos, a las ratas, a los cuervos y a los valientes.
Tomé una decisión: a pesar de que no podía verme, realicé todo el ritual de quitarme la ropa exactamente como lo habría hecho al llegar a casa (bueno, no del todo, sin estar agarrado a la taza del váter o castañeteando los dientes).
Mi sorpresa fue total cuando al dejar caer la ropa ésta se hizo visible.
Bien, pensé, eso facilita las cosas, soy yo, no una prenda defectuosa.
Totalmente liberado observé.
Miré con libertad los ojos de la gente, de los monos, de las monas, de los locos, de las locas…todos estaban tan borrachos como yo, pero ellos eran visibles, y aquello era como ver una obra de teatro interpretada por los peores actores de la tierra. El guión era tan previsible que deseé tener a mano una bolsa de palomitas y un tío peñazo criticando el espectáculo en plan Juan Manuel de Prada en sus días de ego subido detrás. Nunca pensé que echaría eso de menos, pero al fin y al cabo, todos tenemos nuestras cosas.
Fue entonces cuando me invadió un enorme cansancio. Estaba exhausto, aburrido, cansado de ver gente, cansado de verlos tal y como yo era hasta hacía muy poco.
Si, pensé en meterme en el baño de las tías, en mirar escotes y todo eso, pero tal y como vino el pensamiento, se esfumó en el aire. Había visto demasiado cine, y no estaba preparado para ninguna decepción adicional, tan cansado como me sentía.
Me largué a casa, me tumbé en la cama y me quedé dormido.
Al día siguiente desperté a mediodía, estaba desnudo y tenía una resaca horrorosa.
Aquel domingo no fui capaz de decir dos palabras seguidas, normal por otra parte, pero no era por la borrasca química de siempre, ni siquiera por la marejada de transaminasas trabajando a destajo o por el pecho, en el que no cabía un trocito pequeño de pulmón, entre tanto tabaco.
Lo que me faltaba, pensé, estar en las nubes, y encima sobrio.
Seguía sin poder preguntar a nadie si aquello de hacía unas horas había sido tal y como yo recordaba o por el contrario una de mis grandes noches.
Cuando me largaba a casa, la respuesta se me plantó en las narices sin haber escupido la pregunta. Me di con un colega de bruces:
-¿Pero tío, dónde mierdas te has metido?
Me quedé mirándole a los ojos con expresión de: tengo pintas de acordarme, no es la primera vez y tú lo sabes.
- Ayer estábamos en la puerta del Cocktail los dos juntos, me volví para gritarle algo a una pava y ya no estabas…no sé qué cojones hiciste, pero es que intenté ver dónde te habías metido y tropecé con toda tu ropa….te has salido, menos mal que me la eché al maletero y te guardo la pasta, el móvil, la cartera….la droga no.
- No tenía ganas de seguir por ahí, y me largué a casa, lo de la ropa te lo cuento cuando yo lo tenga claro…¿tienes el coche cerca?
- Jajajajajajaja, qué tío….si, claro, anda, que…
Nada más coger mis cosas me despedí con un gruñido mientras mi amigo hablaba por teléfono a voces y me dirigí lentamente a casa. Traté de evitar calles principales, aquello lo tenía que masticar despacio.
Cuando llegué a la puerta y me dispuse a sacar las llaves del bolsillo me quedé estupefacto: había vuelto a suceder, era invisible de nuevo.
Esta vez estaba borracho, al menos no demasiado. Y estaba solo.
De nuevo me invadió esa liberación extrema que había sentido la noche anterior.
Justo después pensé que no sería capaz de abrir la puerta. Y no me equivocaba, así que decidí caminar por las calles indolentes a media luz de un domingo como otro cualquiera.
A aquella hora todo la humanidad se batía en una retirada más o menos pactada, y hasta los monstruos como yo mutaban parcialmente en seres humanos antes de abrir la entrada al portal y encender la luz de la escalera, que permanecía allí con su zumbido tenso y eléctrico casi hasta que sonaba una puerta en un más allá de escaleras y rellanos y un golpe seco. Otro náufrago a salvo.
Me sorprendió descubrir cualidades inesperadas en auténticos bastardos y dosis infinitas de vileza en querubines cotidianos. Comprendí que ahora que no me veía había descubierto que no me conocía. Más bien que no quería verme. Ya se sabe, la salud se echa en falta en la enfermedad, no sabes lo que tienes hasta que no lo pierdes…y bla bla bla, una interminable retahíla de frases hechas del mismo perfil.
Estaba sólo, en medio de una pasarela que cruzaba un río agonizando en otro de sus raquíticos estíos cuando de nuevo vi mis manos y decidí volver rápidamente a mi casa. Ahora podía abrir la puerta y al día siguiente tenía cosas que hacer.
Tardé mucho en dormirme.
Al día siguiente intenté volverme invisible, primero cuando sonó el despertador, después cuando volvió a sonar, más tarde cuando llegué a la oficina, cuando tuve que dar los buenos días y así unas cuatro mil veces solo en la primera hora y media de lunes. Nada, no funcionó, lo único que conseguí fue una carrera al baño y un suspiro de alivio aureolado por la misma banda sonora de siempre.
Entonces no lo sabía, pero no podía hacerme invisible cuando quería hacer trampa. No podía hacerme invisible para desaparecer. Suena extraño, pero con el tiempo he sabido que soy invisible cuando quiero descubrir algo, cuando quiero verme.
Es un lujo, porque ahora no tengo problemas para estar solo cuando quiero.
Al menos mi hígado lo agradece, porque no me emborracho tanto como antes, ahora basta con ser yo.
A las pocas semanas controlaba aquel fenómeno con cierta maestría y en relativamente poco tiempo mi carácter se volvió más sereno y apacible.
Como es natural, satisfice ciertas perversiones de tres al cuarto, pero me aburrí enseguida. Son mucho mejores cuando te las imaginas. De todo aquello sólo merecieron la pena dos o tres cosas, y ninguna fue lúbrica en la medida que me esperaba. Ni mucho menos.
Eso me hizo, sin querer, perder el interés por el sexo. Sin secretos ni cuartos oscuros, las cosas, como he dicho, pierden su atractivo, y el cosquilleo de la invisibilidad me sacia de alguna forma incluso en ese aspecto.
El trabajo dejó de saturarme, si bien no perdió ni ganó interés, solo que a partir de entonces desarrollé la capacidad de hacerlo en mis horas tangibles, en una extraña balsa de aceite que me hacía inmune a la fricción y las desavenencias que el ser un esclavo remunerado con la sonrisa pintada en la cara y la esperanza en la vida de un deportista genera. En una carrera todo el mundo acaba pisando cabezas, supongo, sobre todo si ésta discurre en un terreno abrupto, sin señalizar, abarrotado y totalmente enfangado.
Claro que pensé antes de llegar a este punto en devolver dos o tres faenas que guarda en el cajón de los rencores, venganzas de esas sublimes que todos hemos pensado realizar si tuviésemos la oportunidad: frases sin réplica y con aplausos de lata al otro lado de la pantalla, juegos de espías o asesinos que acaban con el malhechor descubierto ante los atónitos ojos de los compañeros, que asombrados descubren la iniquidad de González y la valía de uno, en fin, cosas de críos….
Me conformé con cambiar dos o tres cosas de sitio, solo por joder, y con aguantar lo que fuese, al fin y al cabo, tenía un don.
Lo curioso del asunto es que en mi vida opaca, por así decirlo, debido al apaciguamiento de mi carácter, iba dejando de tener peso en el entorno, de importar. Dejé de estar en medio de controversias y disputas, de líos de pareja, de negociaciones con ases en la manga…en fin, que casi era como si no estuviese, hasta que me convertí, al menos aparentemente en un hombre de mediana edad, trabajo de oficina, vida sedentaria y grises ilusiones. Paradójico, ¿no?
Aún así, mantuve mi doble vida, la opaca y la invisible, hasta que poco a poco nadie en mi vida opaca me prestaba la menor atención, poco a poco, dejé de interesarle o importarle al mundo, me convertí en un perfecto desconocido.
Pero yo aprendí, lo sabía todo, de todos.
Cada noche, después de cenar, dejaba que ese cosquilleo invadiese mi cuerpo, desaparecía y salía a la calle a pasear, a observar, a entender, a tratar de buscarme en las vidas de otros, en mi pasado, a través de aquellos furtivos paseos sin esencia.
Hoy estoy en la cama, acabo de abrir los ojos y recuerdo aquello.
Recuerdo cómo me maravillaba con cada detalle, con cada insignificancia que descubría en mi situación de observador perfecto, recuerdo cómo albergué esperanza, cómo sentí odio, cómo derramé lágrimas y cómo sentía que en mi interior, mi propio yo era algo cada vez más denso y consistente.
Sentía que no era nadie y a al mismo tiempo yo mismo era la humanidad entera.
Llené el saco con un apetito fáustico como nunca nadie ha conocido, ni siquiera el mismo Fausto. Lo vi todo.
Me sentí como un dios, como el único dios, como el superhombre de Nietzsche, como el único hombre libre, como el puto oráculo de Delfos, como Jesucristo haciendo trampa.
Me revuelvo en mi cama, me escondo entre las sábanas.
Al final acabé hastiado de todo aquello, y después de hacer el camino a la divinidad comprendí que no era muy diferente. Supiera lo que supiese.
Igual que me interesé por aquello, fui perdiendo poco a poco interés, paseaba cada vez menos, me conformaba con una versión pobre en la tele de todo aquello que sabía, al fin y al cabo, nada contenía sorpresas, y aunque uno sea invisible y levite, también se cansa de ir de aquí para allá.
Dejé que las mil banalidades de las que me había liberado me atraparan de nuevo, casi como un entretenimiento, como quien hace un solitario para tratar de matar el tiempo y no sentirse solo, como quien tira piedras a un lago con la mirada perdida.
En ocasiones me olvidaba de mi don, y tenía que recordarlo a la fuerza, desapareciendo para mí solo, tirado en el sofá, cagando, masturbándome en un silencio triste…
Volví a beber. Más que antes. Mucho más.
Perdí el sentido del ridículo, y a la vez que dejaban de interesarme los secretos del corazón humano, dejé de interesarme por mí mismo.
Vi cómo todos aquellos a los que había considerado cobayas sin alma conservaban la capacidad de sorpresa, el vértigo de la vida que aún guarda secretos, vi cómo formaban familias, cómo eran felices, lloré sus muertes en accidentes, olvidé la fecha de sus cumpleaños. Los vi enamorarse y separarse, los vi engañar y ser engañados.
Vi cómo estaban vivos. Y como poco a poco todos dejábamos de estarlo, antes o después.
El hecho de conocerlos más allá de lo que ellos suponían me hizo desgarrarme por dentro, no por pasión o sensibilidad, sino por envidia. Envidiaba todo lo que ellos desconocían, la mediocridad que cubierta por un velo es sublime y asquerosamente humana.
Todo aquello me hizo enfermar. Eso y el hígado.
Aprieto con fuerza al almohadón, mientras siento cómo esta es la primera vez que desde hace mucho tiempo me siento humano, me siento avanzar hacia un terreno desconocido, mientras siento un cosquilleo que me sube por las piernas y un bote vacío cae al suelo.
Por fin, aunque sea por un instante, estoy vivo.
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Imcreible! me gusto bastante!
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Enviado por Lecka el Lun, 10/08/2009 - 16:42.Eres como mi Old Bull Lee. Un abrazo y que no cese tu escritura en la vida, eres un paisano demasiado real de los que ya no quedan.
Terry.
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Enviado por Terry el Sáb, 01/08/2009 - 04:24.Recien hoy pude ver tu mensaje.Me figuraba como correo no deseado por eso no lo leí antes.Para que te quede claro:mi comentario anterior fue serio,desde el comienzo hasta el final.Recuerdo,que al leerlo me atrapo tu narrativa y por eso lo leí con gusto;pero a mitad de mi comentario me olvide del tema que tocabas(para colmo tuve que hacer un intervalo de 3 minutos porque tenia agua en el fuego para el mate).Tendre mala memoria,no lo sé.Te puse estrellas para caerte simpatico,pero si eso no funciona,pensare en otra cosa.
¡Te mando un abrazo,escribes de puta madre!
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Enviado por Marcos. el Dom, 19/07/2009 - 20:59.Gran texto. Eso si es meterse dentro de alguien.
Siempre me fascinó este tema y en varias ocasiones pensé en hacer algo al respecto. Algún día será.
Lo llevaste de una manera brillante, como una pirámide. "El único hombre libre", decía en su punto álgido. Me gustó, y quizás tuviera razón.
Sin más amigo E. Un gran abrazo.
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Enviado por Tilos el Sáb, 11/07/2009 - 09:35.Es un texto realmente brillante. Paseas por la vida y cuantas veces por esos callejones y túneles nos hemos querido convertir en invisibles.
Mis más sinceras felicitaciones.
Un saludo de Pili.
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Enviado por Pili el Sáb, 11/07/2009 - 07:22.Me a gustado tu escritura,fue un ir y venir por callejones mentales...
...(¿?)disculpa que no pueda terminar el comentario,pero me servi un mate caliente y luego me olvide el sentido principal de tu relato,pero te aseguro que si llegue hasta el final es porque tu cuento estaba de mutísima madre.
Pd:Te dejo estrellas para caerte simpatico.
Saludos desde mi Córdoba
Marcos.
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Enviado por Marcos. el Sáb, 11/07/2009 - 07:15.Fantástico recorrido por tu escrito, es como adentrarse en un túnel e ir descubriendo poco a poco las sorpresas. Algunas veces a gritos, otras a carcajadas y otras tapándonos los ojos. Todos deseamos sentirnos asi en alguna ocasión, desnudos, invisibles y con poder de controlarlo todo. Maravilla de narración!
Un abrazo
Ana
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Enviado por 3301 el Lun, 06/07/2009 - 18:56.Buen revés a la mediocridad, a la parálisis vital y al autoconformismo personal.
Excelente tu forma de narrar desde cosas triviales hasta lo más insolito de la mente, lo haces fantástico de cualquier forma.
Un día para probar...no estaría mal desaparecer...pero sólo un día!!
Muy bien maño...muy bien,
un abrazo,
Candela
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Enviado por canmad el Dom, 05/07/2009 - 18:45.MEJOR INGENIO QUE FUERZA!!!tienes una mente muy priivlegiada y se ve en tus escritos besoso.
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Enviado por MONICA DENIS el Sáb, 04/07/2009 - 00:22.Me ha gustado, el lenguaje es muy claro, es algo que agradezco mucho al leer cosas cortitas, y me recuerda bastante a bukoswki.
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Enviado por Freelanze el Vie, 03/07/2009 - 23:34.