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A la deriva tras un destello

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A la deriva
El sol dibujaba su silueta oscura y alargada sobre el suelo y al mirarla no se reconocía en ella. Una vez más, observó con detenimiento la negra imagen que proyectaba su cuerpo sobre la superficie de madera. El murmullo del viento concentraba su mente en el examen detenido de su sombra, hasta que de repente oyó toser a su compañero, un sonido doloroso, seco y crujiente que disipó sus obcecados pensamientos. Hizo acopio de fuerzas para levantarse y se acercó tambaleándose hacia él. Le puso una mano sobre el hombro en un gesto de compañerismo y aprovechó el apoyo para volver a sentarse a su lado. El dolor de cabeza le obligaba a entrecerrar los ojos y hacía que el constante ondular que se producía bajo sus pies resultara aún más incómodo y mareante. Miró a su compañero que tenía los labios cuarteados y la mirada perdida. Las arrugas que desde hacía más de veinte años habían caracterizado las comisuras de sus párpados eran ahora profundas grietas y la piel seca que rodeaba estos cortes parecía estar a punto de empezar a sangrar
Se preguntó si tendría el mismo aspecto deplorable que su amigo. Llevaban demasiados días perdidos y sentía como su cuerpo quería arder bajo los crueles rayos del sol. Su esperanza iba a la deriva en un infierno de calor y sed y los persistentes mareos no le permitían más que permanecer sentado aguardando la tregua del ocaso. Aún así, parecía encontrarse mejor que su compañero.
Era agosto, hacía dos semanas que habían partido y diez días que la radio se había roto. Una y otra vez retumbaban en su mente los últimos y metálicos gruñidos que el aparato, ahora estropeado, había emitido. Recordaba un murmurar arábigo, pero no podía segurar con certeza que hubiese escuchado una lengua árabe. Dudaba, dudaba de todo, e incluso, sus esperanzas de sobrevivir, al principio firmes, empezaban a vacilar.
Las aguas habían permanecido en calma todo el tiempo y no se habían revelado contra su poca suerte. No se habían levantado olas, sin embargo el sol se mostraba poderoso la mayor parte del día y les exprimía el sudor.
Miró de nuevo a su amigo que permanecía absorto en algo que no veía. Se preguntó por qué le habría hecho caso y habían dejado de arreglar la cubierta antes de salir a probar el barco. Intentaba culparle, pero sabía que reparar la techumbre no hubiera cambiado mucho la situación. Además, él tenía tantas ganas de navegar como su compañero cuando partieron del puerto de Barbate.
Un golpe de mar agitó la nave y la botella de agua rodó hasta chocar con sus pies. No sabía cuanto tiempo había pasado desde la última vez que bebieron. Recordaba que su compañero había cogido el recipiente para dar un pequeño trago, tal y como habían acordado hacer cada vez que la necesidad de beber fuera imperiosa. En aquel momento, mientras su amigo echaba la cabeza hacia atrás y levantaba el brazo para llevarse la botella a la boca, las piernas le traicionaron y le hicieron caer de espaldas. El golpe fue tremendo. Él se había apresurado hacia su compañero para ver cómo se encontraba y mientras le sujetaba la cabeza había visto escurrirse por el cuello de plástico de la botella el último hilo de agua que huía por el extremo de la proa hacia el mar. Recordaba todo aquello, pero no sabía cuánto tiempo había pasado desde que sucedió.
Los días transcurrían sin saber qué esperar. Llegaba la noche y otra vez la mañana abrasadora, sin amanecer de luz tenue que avisase del nacimiento de otro día más.

Fue mientras una tarde empezaba su agonía anaranjada cuando la tierra de la esperanza apareció ante sus ojos. Un arenal blanco, salpicado de cactus, que las olas lamían con ternura. Junto a la orilla divisó una embarcación de tamaño medio rodeada de figuras oscuras. La corriente llevaba el barco hacia un pequeño acantilado que les apartaba del campo de visión de los habitantes de aquella playa salvadora. Conforme más se acercaban a tierra, las voces se imponían sobre el eterno y monótono silbido del viento, y por primera vez en muchos días, dejó de escuchar el crujido de las maderas del barco. No comprendía lo que oía ahora. El llanto de un bebé fue lo primero que entendió. Una mujer grande y negra arrullaba entre sus brazos a un pequeño bulto, que parecía ser el emisor de los gritos, mientras un hombre aún más corpulento acariciaba al pequeño y le besaba en la frente.
Tras girar el acantilado, los padres del bebé divisaron a los náufragos y avisaron al resto. Había unos veinte hombres y algunas mujeres con niños.
Apenas les separaban cincuenta metros de aquella gente que les observaba con curiosidad y precaución desde la arena. Se apoyó en la barandilla del barco y les hizo señales para pedirles auxilio. Al rato, una pequeña lancha, en la que ni siquiera había reparado, salió de la orilla y se acercó despacio hasta su nave. Tras el rescate, que sucedió sin mediar palabra con el viejo de piel gastada y morena que pilotaba la barca, llegaron a tierra.
Una mujer bonita con el rostro color azabache y la mirada nítida, les acercó un cuenco con agua. Mientras la joven les atendía con cortesía pero sin mimo, los hombres, en su mayoría delgados y atléticos, se habían reunido y discutían, junto a lo que más de cerca resultaba una enorme gabarra. Al momento, cesó el debate, que le resultó ininteligible, y se disolvió el grupo.
La circunferencia solar se hundía en el horizonte que por momentos se convertía en una línea de luz lejana y ambarina, al mismo tiempo, una brisa fría eliminó de un zarpazo doce horas de intenso calor. Se oyó una risa que tintineaba como un cascabel, era el bebé que les había recibido llorando. El fornido padre del niño acariciaba con una mano a su hijo y con la otra rozaba la mejilla de su mujer. Algunos hombres aguardaban subidos en la barcaza con la mirada dirigida hacia el mar, mientras otros, con rostros serios, abrazaban a sus mujeres que sin lágrimas en los ojos les decían adiós. Cuando en el cielo ya reinaba la luna con su séquito de estrellas, la barcaza marchó navegando en la oscuridad, y él supuso que partían en busca de alguna luz, siguiendo un destello de esperanza.

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Imagen de tumusa2007
Jacinta

Muy bello tu relato,felicidades y bienvenida.Un saludo.

Enviado por tumusa2007 el Vie, 03/10/2008 - 13:10.
Imagen de LILIANA MORALES
Jacinta

lindo relato....
un saludo..

Enviado por LILIANA MORALES el Lun, 29/09/2008 - 21:35.
Imagen de Jacinta
Gracias, supongo que tú ya

Gracias, supongo que tú ya leíste mi comentario sobre Las Furias, me atrapó. Yo también espero que Al la deriva sea el primero de muchos relatos...en esta web he encontrado con quién compartir, a gente que le interesa.

Enviado por Jacinta el Lun, 29/09/2008 - 21:31.
Imagen de Lamonjamellada
Sutil

Me ha encantado la sutileza de tu relato. Gracias por compartilo con nosotros, espero que sea el primero de una larga lista.

Enviado por Lamonjamellada el Lun, 29/09/2008 - 18:31.
Imagen de Buzzle
A la deriva tras un destello

jacinta...bonito escrito...saludos

Enviado por Buzzle el Vie, 26/09/2008 - 20:55.
Imagen de mikewarz42
me ha gustado

me ha gustado mucho...felicidades y bienvenido

Enviado por mikewarz42 el Vie, 26/09/2008 - 20:49.
Imagen de Jacinta
Gracias por esta primera

Gracias por esta primera oportunidad!

Enviado por Jacinta el Jue, 25/09/2008 - 10:00.
Imagen de MONICA DENIS
bienvenido y me agrado tu

bienvenido y me agrado tu relato besos.

Enviado por MONICA DENIS el Jue, 25/09/2008 - 04:58.
Imagen de 3301
A la deriva...

Un buen relato.
Un saludo
Ana

Enviado por 3301 el Jue, 25/09/2008 - 01:05.

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