La verdadera historia: Dumbledore VS Grindelwald.
La luna llevaba ya unas horas suspendida en lo alto del firmamento y las estrellas brillaban en la oscuridad.
Un anciano de largo pelo plateado y barba de igual tamaño y color, ataviado con una capa de viaje encima de una larga túnica turquesa caminaba por un oscuro camino, al parecer buscando algo. Sobre él, aleteando felizmente se veía un exuberante Fénix de color rojo fuego.
-Fawkes, creo que nos observan. Un mago tenebroso como él no puede permitirse tener visitas inesperadas de una persona como yo –dijo Albus Dumbledore-. Pronto nos encontrarán.
Acto seguido, tres hombres vestidos con capas negras aparecieron en la oscuridad. Dumbledore sacó una varita de debajo de la túnica y la sacudió unas cuantas veces. Los tres tipos quedaron al instante atados por unas cuerdas que los apretaban cada vez que intentaban moverse.
El viejo sacó de nuevo de la capa un bote que contenía un líquido transparente y se lo dio a beber a uno de los tres.
- ¿Dónde está Grindelwald?- le preguntó el anciano.
El apresado, presa del encantamiento del Veritaserum, le contestó.
-Lo encontrarás en el pico más alto de este bosque, está esperando a Albus Dumbledore.
Cuando oyó esto, Dumbledore volvió a agitar su varita, y los atados cayeron inconscientes en un profundo sueño.
- ¿Vamos, Fawkes? –le dijo al Fénix. Este asintió con la cabeza y Albus, apuntándolo con la varita, gritó- ¡Engorgio!
Segundos después, la criatura había crecido lo suficiente como para poder llevar en su espalda a una persona, y el mago se subió al animal con mucha elegancia, procurando no hacerle daño.
Cuando Fawkes emprendió el vuelo, una súbita corriente de aire se levantó, casi impidiendo respirar.
El encantamiento ocultador que Dumbledore había hecho sobre los dos hacía que no pudiesen verlos, pero daba la impresión de que Grindelwald los estuviese mirando. Volaron sobre el bosque durante un rato y buscaron sin cesar el pico más alto que hubiese, y cuando lo encontraron, descendieron y se posaron en el suelo rocoso.
Allí les esperaba el mago cuyo enfrentamiento Dumbledore había estado intentando posponer, pero eso ya no se debía volver a hacer.
Gellert Grindelwald estaba en aquel lugar, esperando a aquel hombre al que alguna vez consideró su amigo, esperando al que hombre al que iba a matar, esperando al director de Hogwarts, esperando a Albus Dumbledore.
Grindelwald observó como su enemigo descendía del Fénix (que al bajarse su amo había vuelto a su forma original), ya sin el encantamiento ocultador y blandía su varita mágica.
El mago oscuro llevaba una túnica negra, su pelo era corto y canoso y también tenía una varita en las manos.
Era alto y sus demacradas facciones hacían ver sus terribles ganas de matar.
-Albus, viejo amigo… Creo ver en tu cara que esos alumnos tuyos son un tanto cansinos- dijo, y soltó una carcajada- ¿No?
-Hace mucho tiempo que no te tengo como a un amigo, Gellert, pero admito que mis alumnos son un tanto cansinos- contestó el otro con total tranquilidad.
La sonrisa se desdibujó de la cara de Grindelwald igual de rápido que había venido, pero continuó hablando.
-Hoy has venido a derrotarme, pero creo que ya sabes que tengo en mi poder la Varita de Saúco. Seguramente recordarás lo que son las reliquias de la muerte, si no me equivoco. Por cierto, ¿cómo está tu hermana, Albus? Ah, ya me acuerdo, está muerta. ¿Sabes quién la mató, Albus?
-No, Gellert, no lo se, pero tampoco quiero saberlo, ya es hora de que tu reinado de oscuridad toque a su fin, no recuerdes hechos del pasado.
-Si no te interesa saberlo, ¿por qué has venido esta noche aquí, sabiendo que no puedes ganar el duelo que llevas aplazando años y años?
-Gellert Grindelwald, no me importa lo que pienses, pero deja ya de hablar y atrévete a luchar contra mí, cómo un hombre. ¡Expelliarmus!
Un rayo de luz roja salió despedido de la varita de Dumbledore, y cuando llegó al lugar donde estaba el otro, Grindelwald reaccionó.
-¡Protego! -gritó el mago, y un escudo invisible hizo que el hechizo rebotase contra Dumbledore, que con una sacudida de su varita apagó el relámpago de luz- ¿quieres quitarme la varita? Sabes que no lo conseguirás, nunca lograrás vencerme, Albus. ¡Únete a mí! ¡Gobernaremos el mundo nosotros solos, los muggles tendrán el lugar que les corresponde en este mundo, seremos invencibles!
-¡Nunca!- Dumbledore hizo otro movimiento con la varita, y un guijarro que había en el suelo se convirtió en una gran roca a la que salieron patas y brazos y se puso a correr par atrapar y golpear al enemigo- ¡Fawkes, vamos al ataque!
El Fénix se lanzó en picado hacia el otro, al que le atacaban por dos lados.
-¡Expelliarmus! – Volvió a chillar el anciano profesor- ¿Cómo aguantaras eso?
Grindelwald, para la sorpresa de Albus, sonrió. El viejo hechicero levantó la Vara Letal y, con otra leve sacudida, Dumbledore pudo ver como la roca encantada era destruida, el Fénix estallaba en llamas y su hechizo desaparecía.
-Mi varita no puede ser derrotada, creí que tú y yo lo sabíamos desde hace mucho tiempo, pero veo que tu memoria es bastante frágil. Ahora, disfruta de tu final, mira como mueres, observa como caes en la oscuridad… ¡Avada Kedavra!
La maldición iba directa hacia el corazón de Dumbledore, pero él era uno de los magos más habilidosos que existían a pesar de su edad, y eso le permitió agacharse a la velocidad del rayo con una agilidad digna de un felino. Se levantó casi más rápido y, con la varita en ristre, vio como su antiguo amigo movía el objeto hecho con Saúco que tenía en las manos, y como cinco Inferius salían de debajo de la tierra, conjurados por Grindelwald, para matarlo.
-Yo también pudo atacar por varios sitios, Albus – los Inferi avanzaban en la oscuridad hacia él-. ¡Líbrate de esto si puedes! ¡Avada Kedavra! – gritó de nuevo mientras los Inferius se abalanzaban sobre el contrario.
El otro, que ya había pensado su movimiento, movió su varita rápidamente, y un haya cercana a los dos combatientes se cruzó en la trayectoria de los cadáveres, sumida en fuego (que Dumbledore había conjurado), que hacía alejarse a los Inferi y, al chocar, rebotó la maldición.
Los muertos cayeron al duro suelo, ya sin el hechizo que los convertía en esclavos de Grindelwald. Este, incansable, volvió a hacer aparecer de la tierra a uno de aquellos seres.
-¡Ahora un dos contra uno, a ver si puedes contra nosotros! Sabes que este duelo está perdido, ¡abandona! – vociferó Gellert.
-Hacer tal cosa es de cobardes. El duelo no está aún acabado, así que es pronto para cantar victoria. – dijo Dumbledore, aunque sabía que todo estaba perdido contra la Varita de Saúco. Segundos después, volvió a agitar su varita y de ella salieron disparadas un montón de dagas directas hacia Grindelwald, que las fundió con un chorro de fuego salido de la punta de la rama de Saúco.
- Tú no eres el único que sabe manejar el fuego, viejo…
Te lo diré por última vez… Únete a mí… Conseguiremos gobernar a los muggles, a todos los magos, las Reliquias de la Muerte pueden ser nuestras, solo di que sí…
-No, Gellert, tiempos atrás eran en los que tú y yo andábamos con esas fechorías, hoy debe de ser tu final, tu caída, no la mía.
- Si lo pones así, no me queda más remedio que ir a por todas... ¡Imperio!
Dumbledore sintió como si todo se apagase, todo estaba oscuro, Grindelwald poseía su mente… Poco a poco, sin que él quisiera, fue andando hasta él, y cuando estaba a su lado, se le arrodilló y se puso la varita apuntando a la sien.
Todos sus músculos eran ahora de él, no podía resistirse.
- Tú decides, únete a mí o aré que tu mismo te suicides. Tienes un minuto para pensar…
Albus notó como su boca se relajaba y su mente le permitía de nuevo pensar, y entonces, cuando todo parecía perdido… Aquella idea podía llevarlo a la victoria o al fracaso, pero ya no había nada que perder.
- Ya ha pasado el minuto, tú decides…
- ¡Imperio! – Vociferó Albus.
En aquel momento, habiéndose lanzado una maldición imperdonable a la sien, Albus Dumbledore sintió que su plan había funcionado. Se notó dentro de su propia mente, recuerdos de su vida pasaban sobre sus ojos, pero no había tiempo para eso, había que terminar el trabajo… Y de pronto, para su alegría, encontró lo que buscaba. Allí estaba, Grindelwald, de pie, con la varita en alto, al parecer, extrañado.
Y entonces se dio cuenta de que él también llevaba su varita, y actuó rápido.
- ¡Expelliarmus!
La Varita de Saúco salió despedida por los aires, y todo volvió a la normalidad.
Dumbledore dejó inconsciente a su enemigo, y antes de llevarlo a la prisión de Nurmengard, le susurró al oído:
- Por el bien de todos, Gellert…
Sigue leyendo otros escritos de este autor!
- Inicie sesión o regÃstrese para enviar comentarios
- 952 lecturas


Harry Potter...Dumbledore...Como no ibas a captar mi atencion? Aqui tienes una fiel Fanatica de esta serie. Quedo magnifico, pues del relato de esta batalla no se dan muchos detalles en el libro.
Me gusto. Saludos!
- Inicie sesión o regÃstrese para enviar comentarios
Enviado por Lorelei el Mar, 15/06/2010 - 03:36.me gustó mucho! para los amantes de Harry Potter este relato es muy importante... ¿de donde lo has sacado? me atrapó mucho, no pude evitar leerlo de principio a fin... besos!
- Inicie sesión o regÃstrese para enviar comentarios
Enviado por Semilla planetaria el Sáb, 26/04/2008 - 19:03.me gustó mucho! para los amantes de Harry Potter este relato es muy importante... ¿de donde lo has sacado? me atrapó mucho, no pude evitar leerlo de principio a fin... besos!
- Inicie sesión o regÃstrese para enviar comentarios
Enviado por Semilla planetaria el Sáb, 26/04/2008 - 19:03.