Plenitud
Ella siempre había sido feliz. Desde el mismo día en que nació todo fue alegre y dulce. Era la hija del Bosque y el Bosque siempre le amó y le obsequió con todo tipo de presentes. Sus moradores, desde su más tierna infancia, se turnaban para acunarle, para amamantarle y para cantarle las más bellas melodías. Cuando el tiempo pasó y ya no tuvo edad para ser acunada, el Bosque le hizo un nuevo regalo, dormiría cada noche en el gran nenúfar que, desde tiempos inmemoriales, flotaba en el centro del lago de Loth, el llamado lago de las estrellas, pues en él, todas las noches, sin excepción, se reflejaban miríadas de ellas, produciendo un espectáculo de luz y color de tan inmensa belleza que sobrecogía el corazón de todo aquel que tuviera la fortuna de observarlo. Y cada día, los ruiseñores le despertaban con su dulce canto y cepillaban y trenzaban su largo cabello, negro como ala de cuervo. Los conejos y las ardillas le traían las más variadas y exquisitas frutas y el anciano búho le enseñaba, poco a poco todo lo que él sabía. Era tan hermosa, de rasgos tan perfectos y transmitía tanta pureza, que todo aquel que la observaba por vez primera, sentía el corazón tan henchido de gozo y se sentía presa de tal éxtasis que sus ojos se inundaban de lágrimas y lloraba agradecido por haberle sido concedido el don de una visión tan divina.
Ella siempre había sido feliz. El Bosque siempre le había protegido de todo aquello que pudiera causarle daño, de todo aquello que pudiese provocarle dolor.
Pero una mañana ocurrió lo que el Bosque siempre había tratado de evitar.
Esa mañana, ella salió a pasear como tantas otras veces había hecho, acompañada del canto de los ruiseñores y el suave murmullo de las hojas, se perdió en sus ensoñaciones y se alejó más de lo que jamás lo hubiera hecho antes. Cuando volvió a la realidad se dio cuenta de lo lejos que le había llevado su paseo y se dispuso a regresar pero un suave sonido llamó su atención. Pareciera un débil gemido, un leve lamento. Invadida por una irreprimible curiosidad, se dirigió hacia donde creía haberlo oído y, tras caminar unos pocos pasos, se encontró en un claro, en el suelo del cual había tendido un pequeño conejito. Se acercó a él y le tendió su mano acariciándolo suavemente. A su contacto, la criaturita tembló y ella pudo notar el ligerísimo latir de su diminuto corazón.
-Qué te pasa conejito? por qué estás aquí tumbado?- Preguntó, pero no obtuvo respuesta alguna
-Conejito, por qué no hablas conmigo, estás enfadado por algo, he hecho alguna cosa que te pudiera molestar y por eso no me hablas?- Volvió a preguntar, pero siguió sin obtener respuesta
La indefensa criatura abrió entonces sus ojitos vidriosos y le miro sin ver. Tras éste supremo esfuerzo, los ojitos se volvieron a cerrar para no volver a abrir jamás. El corazón del conejito dejó de latir debajo de la delicada mano de la muchacha. Ella no sabía que había ocurrido, pero una sensación de desazón se apoderó de ella y un sentimiento desconocido hasta entonces fue tomando forma en su interior. Sentía como una opresión en el corazón y una especie de nudo en la garganta que no era capaz de identificar y poco a poco, mientras mantenía inmóvil su manita encima de donde minutos antes notara el débil latir con la esperanza de que se reactivase, sus ojos se fueron humedeciendo hasta llegar a un punto en que comenzaron a derramarse cristalinas lágrimas por sus mejillas. Y continuó llorando, por primera vez en su vida, largo rato, perdiendo la noción del tiempo, hasta que una voz le hizo regresar a la realidad.
-Qué te ocurre, pequeña?
Sobresaltada volvió su carita hacia la voz y descubrió, plantado a su lado, a un anciano de larga barba blanca y expresión melancólica que le observaba con curiosidad.
-Yo...no sé...jamás me había sentido así...jamás había llorado. No sé qué me pasa, debo estar enferma.
-Enferma? por qué dices eso pequeña? Acaso te duele algo?
-No...pero...yo...jamás...jamás había llorado y el corazón...es como si alguien me lo estuviera oprimiendo y...no sé...siento en la garganta...como si me costara tragar y...me siento...- La dulce criatura se quedó en silencio, como si no encontrara las palabras para continuar e instantes después estalló en un nuevo llanto interrumpido por irrefrenables sollozos y así siguió hasta que el contacto tranquilizador de la áspera mano del anciano sobre su mejilla, le fue calmando paulatinamente.
-Mi dulce pequeña, pobre criatura. Lo que no eres capaz de identificar, dulce niña, eso de lo que con tanto ahínco te han protegido desde que naciste, no es más que un sentimiento llamado tristeza. Tristeza por ésta criatura que ha perdido su vida. Sí, dulce niña-continuó el anciano al ver cómo la pequeña abría los ojos desmesuradamente- todas las criaturas de los dioses tienen un ciclo finito que han de cumplir. Y cuando éste se cumple, trascienden a otra dimensión de existencia. Lo que quiero decir, dulce niña, es que vida y muerte están unidas de forma inseparable. Así como noche y día, bondad y maldad y, como has podido comprobar, alegría y tristeza. Cada moneda tiene una cara y una cruz. Y así debe ser pequeña, pues si sólo existiera una faceta y no su opuesta, no seríamos más que seres incompletos y no podríamos experimentar la auténtica dimensión de la faceta que se nos diera a conocer. Con todo esto pequeña- continuó explicando el anciano, que había conseguido captar toda la atención de la niña- sólo quiero que entiendas que hoy, te ha sido otorgado el mayor regalo que podrías recibir. Hoy has conseguido ser una criatura plena y a partir de éste día tu felicidad será un sentimiento mucho más poderoso que el que has experimentado hasta ahora y que identificabas como tal. Pues nadie puede ser completamente feliz, si antes no ha conocido los sinsabores de la tristeza.
La pequeña bajo la vista y miró de nuevo al conejito, intentando asimilar todo lo que el anciano le había dicho y, cuando volvió a mirar hacia donde había estado el anciano, éste ya no estaba allí.
La niña nunca supo si el anciano estuvo o no allí alguna vez. Pero esa tarde, mientras regresaba al lago, sintió una felicidad como nunca antes había sentido porque, como había dicho el anciano, ya fuera en su imaginación o no, se sentía completa por primera vez desde que naciera.
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QUE MANERA LINDA TIENES DE ESCRIBIR TE FELICITO BESOS.
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| Enviado por MONICA DENIS el Lun, 06/10/2008 - 18:26.Precioso,tienes un estilo para el cuento de hadas excelente.Conmovedor y que mueve a la reflexión,estaré hoy sentimental,pero la escena del conejo ha hecho que se me saltaran las lágrimas.Un abrazo
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| Enviado por Madelyne Blue el Mar, 04/11/2008 - 12:45.