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Tuvimos la luna por testigo

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Tuvimos la luna por testigo

En la penumbra de la noche calmada,
cuando el silencio se acerca a visitar nuestras casas,
cuando la paz de las cosas invita al encuentro,
cuando las manos, inconscientemente, buscan el camino del cuerpo,
te acercaste a mĂ­. Y mi vida te esperaba.

Con gesto despreocupado me serenabas la frente
acariciándome levemente desde la nuca a las entrañas.
Las manos, las sonrisas, las pupilas entrelazadas…
Y un impulso sereno cargado de dulzura acercando la piel a la piel,
exaltando los sentidos, descubriendo la desnudez.

La expresiĂłn de tu rostro, la luz en tu mirada
-que habĂ­an despertado en mĂ­ una nueva esperanza-,
eran ahora paz y gozo, invitaciĂłn a la entrega,
ofrecimiento en totalidad, despertar a la libertad…
TĂş y yo. En la noche. Hasta el alba.

Tuvimos la luna por testigo
y las aguas que su luz reflejaban.
Ellas presenciaron nuestro juego.
Ellas guardarán el secreto de nuestros labios fundidos,
del abrazo de nuestros cuerpos,
del gozoso encuentro.
Ellas sintieron nuestro vibrar al unĂ­sono,
oyeron nuestros gemidos y arroparon nuestra piel.

Y cuando ahora recibo su luz blanca y plateada
sueño en aquella noche. Y tu presencia me invade
a oleadas.

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