Xaver y la Máquina del Tiempo
–Este es el prototipo de la primera máquina del tiempo –explicó el doctor Nicolás Morales al grupo de estudiantes que realizaba la visita guiada a su laboratorio. La gira, que duraba ya quince minutos, se estaba desarrollando sin incidentes dignos de mención: unos tomaban apuntes, otros charlaban entre sí ajenos a la visita, otros asentían en silencio y algunos, los pocos, se aburrían de las explicaciones teóricas.
–Parece muy sencilla –dijo una voz anónima desde la parte posterior del grupo, seguramente algún gracioso que se tomaba la situación en broma despreciando el tiempo y la dedicación que estaba recibiendo por su cara bonita.
–No crean, no crean –respondió Morales tomándose muy en serio su trabajo y la visita que estaba guiando. –Aunque no lo parezca este dispositivo, que parece una simple silla de oficina con algunos cables y lucecitas, es capaz de desplazar un objeto al pasado.
El dispositivo al que se refería era una simple silla de oficina en la cual, fruto de muchos años, se había instalado la primera unidad de desplazamiento temporal: como todo el mundo la solía llamar, una máquina del Tiempo. Una simple silla metálica con ruedas, cuerpo metálico recubierto de plástico negro y dos brazos: en uno de ellos aparecía una pantalla de plasma con una botonera en la cual era posible introducir las fechas (instantes temporales) a las cuales se deseaba viajar. Bastaba con introducir estas coordenadas temporales, aceptar la orden pulsando el botón Enter y listo, uno estaba al instante en esa época.
–¿Puedo probarla? –preguntó de nuevo la misma voz graciosa de antes. Morales dudó unos instantes antes de contestar, pero enseguida le respondió con suma amabilidad.
–¿Por qué no? Adelante, adelante, pase a probarla.
Xaver, un rubio en la veintena de grandes ojos azules, cara sonriente con sonrisa traviesa y camisa corta desteñida se abrió paso entre el grupo de alumnos; al instante se sentó en la silla, se ajustó el cinturón de seguridad como si supiese lo que hacía y así ataviado, listo para partir, volvió hacia los presentes su sonrisa burlona.
–¡Listo! –se atrevió a desafiar al profesor. Éste, ocultando su fastidio por su molesta presencia con toda su fuerza de voluntad, tecleó en la botonera una serie de números: 2007 primero, 12 después y 28 más tarde. Tras esto pulsó dos veces el uno y a continuación Enter.
Los presentes apenas pudieron darse cuenta de lo que sucedía: primero notaron que Morales se apartaba dos pasos hacia atrás, después comprobaron que la silla comenzaba a emitir luz rojiza (la típica luz residual del Efecto Doppler que indicaba claramente un rápido alejamiento de la fuente emisora de luz) y fue cuanto todos, al unísono, se alejaron dos pasos hacia atrás retrocediendo de manera bastante organizada.
La silla quedó envuelta en una luz irreal una docena de segundos, el burlón Xaver les dijo adiós con un simple movimiento de su mano y bruscamente, emitiendo un fuerte “pop” originado por el vacío del cuerpo que se ha desmaterializado, el conjunto silla + viajero desapareció de la vista.
Los presenten emitieron un “ah” sincero fruto del asombro. Todos, excepto Morales, ignoraban lo que sucedería a continuación.
Antes de que nadie pudiese reaccionar el lugar ocupado por la silla volvió a emitir luz, se apreció un brillo que comenzaba a hacerse azulado (el típico efecto residual del Efecto Doppler de aquellos cuerpos emisores de luz que se aproximan rápidamente al observador) y emitiendo otro sonoro “pop”, una pequeña bocanada de aire que apenas movió el cabello de las chicas, apareció nuevamente la silla viajera con el joven Xaver.
Todos aplaudieron, silbaron, rieron entusiasmados y entre numerosos aplausos desacompasados felicitaron al profesor Morales por el éxito.
Xaver se levantó, hizo un intento de sonreír a los demás y se incorporó al grupo; unos instantes más tarde el joven, en compañía de los demás alumnos, era conducido el resto de la visita guiada por un ayudante del profesor. Antes de desaparecer por la puerta volvió una última vez la vista hacia Morales mostrando sincero agradecimiento y respeto en ella.
Nadie reparó en que la camisa del recién llegado no era negra ni desteñida. Tampoco en que su mirada no era ya burlona sino inteligente y fría. Como era el más torpe del grupo nadie se fijó en que el resto del viaje asimiló, con verdadero interés, todas y cada una de las explicaciones que recibió con puro y secreto deleite.
Morales, en venganza por el mal comportamiento del díscolo alumno durante dos años, le había enviado el “Universo Paralelo 11”: se había intercambiado por un Xaver alternativo que, sin duda alguna, no podía ser peor que el que les había remitido y regalado. El verdadero Xaver había intercambiado su existencia sin saberlo, burlándose de todos y de todo. Jamás regresó, naturalmente.
Como de allí no se podía volver sin la máquina (y Morales no volvería a utilizarla con Xaver) el joven tendría que aprender en ese nuevo universo: un lugar en el que los jóvenes eran militarizados desde pequeños bajo un régimen paternal, pero firme, dedicado por entero a la Ciencia, los modales y los conocimientos que le faltaban.
¡Adiós, burlón Xaver! ¡Bienvenido, Xaver alternativo!...
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Me gustan este tipo de relatos de viajes en el tiempo. Enhorabuena, me acerco a tu perfil a leer más!
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| Enviado por jferraz el Mar, 23/09/2008 - 15:48.Hola.
Tengo varios relatos más sobre el tema... en Wikipedia puedes encontrar la "Paradoja del lingote de plata", que ideé en 1985, sobre la imposibilidad física del viaje en el tiempo. (Recientemente he publicado un trabajo ampliando dicha paradoja: puedes encontrarlo en la web Casanchi)
Confío en publicar más relatos: ¡por desgracia son demasiado largos!
Un saludo,
Francisco
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| Enviado por Francisco Viola... el Mié, 24/09/2008 - 19:06.